Sábado 01 de Agosto de 2009
Dicen que la literatura no le importa a nadie.
Y en realidad, para ser sinceros, no le importa a casi nadie.
Pero la literatura no sólo se ocupa de nosotros, de todos nosotros, como hombres o mujeres
que somos y que transitamos esta difícil Argentina: también se ocupa de las palabras.
Y las palabras, justamente, son las que nos hacen ser lo que somos.
El gran poeta estadounidense Ezra Pound escribió que poesía es “lenguaje cargado al
máximo de sentido”.
Y otro gran poeta, el francés Stepháne Mallarmé, hablaba de darles un sentido más puro a las
palabras de la tribu.
Eso hacen por nosotros los verdaderos escritores: de manera silenciosa pero concreta,
imperceptibles pero incansables, afinan nuestro instrumento, refinan nuestro arsenal de palabras,
esas que nos permiten no ya describir, sino crear el mundo. Y sobre todo, estar en él con un
sentido.
En este momento, las palabras sufren ataques constantes. No sólo desde la precariedad
instalada desde los nuevos modos de comunicación generados por la tecnología –chat, mensajes
de texto–, sino también por la abrupta caída en el nivel educativo y la influencia cada vez
más negativa de los medios, a los cuales únicamente parecen importarles la recaudación y el
ranking. Sobre todo, la televisión.
(Tampoco ayudan muchos escritores, que sólo persiguen los premios, el éxito y la venta. No
hay en ellos ninguna pureza. Apelan a cualquier recurso con tal de conseguir su pobre objetivo. Los
escritores verdaderos no traicionan a las palabras. Y si tienen que estar solos, saben cómo
hacerlo).
No quiero ser conservador, escéptico ni mucho menos reaccionario: soy un fanático de la
informática y creo que es un instrumento que abre infinitas posibilidades de conocimiento, placer y
belleza.
Pero cuando leo el contenido de muchos intercambios virtuales, o espío mensajes de texto,
literalmente me agarro la cabeza.
Como también me agarro la cabeza al constatar que muchos jóvenes carecen del universo de
referencias básico para pensar su país y el mundo. Cuando veo que son capaces de manipular
cualquier aparato, pero simplemente no saben entrar en un libro.
Y para qué negarlo, entonces me asusto.
Tengo miedo de que se produzca un tajo fatal entre el pasado y el presente, y que el futuro
se vuelva un desierto donde apenas contados individuos comprendan y valoren la obra de los grandes
narradores, poetas y pensadores.
Me acuerdo de “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, y pienso que tal vez no sea
necesario quemar los libros (como ocurría en esa novela, y como hicieron el nazismo y la última
dictadura militar) para impedir que la gente lea.
Estoy hablando de un abismo que en este momento se está abriendo a nuestros pies.
Es responsabilidad nuestra, de todos, enfrentar el desafío y luchar a brazo partido por las
palabras.
Ellas han costado mucho. Han llegado hasta nosotros porque a través de los siglos pueblos
enteros y hombres y mujeres maravillosos trabajaron duro para engendrarlas, para pulirlas, para
dárnoslas.
Nosotros somos los herederos de esos pueblos, de esos hombres y esas mujeres. Somos la
continuación de su sangre. Somos su porvenir.
Es tarea nuestra abrazar su obra generosa y sembrarla entre quienes recién llegan, cuidarla
como a una semilla única, regarla cada día, hacerla crecer.
Nosotros debemos ser el amoroso sol que ilumina la tierra, la que nos fue dada por los
muertos para construir en ella el reino de la fraternidad, la primavera compartida.
Sin las palabras, no podremos hacerlo.
Sin las palabras no habrá reino.