Martes 10 de Junio de 2014
Somos seis mil millones de almas en convulsión constante. Nuestra existencia gira inmersa en una espiral cósmica, rotando a 810.000 kilómetros por hora, en un planeta que es un punto en el espacio sideral. Sin embargo, esta descomunal escenografía no logra humillar nuestra vanidad de seres superiores. Estamos etiquetados como la especie que actúa con más violencia contra sí misma. Alguien ha propuesto alguna vez que hay un hilo invisible uniendo víctimas y victimarios. Esa herencia parece ser que comienza en la profundidad del tiempo y, por razones ocultas a la razón inteligente, se podría cortar a través del perdón. Otros sostienen que la violencia humana junto a desbastadoras epidemias y catástrofes climáticas sugieren un control natural de nuestro crecimiento exponencial, en cada nicho ecológico donde habitan humanos. La esperanza final: el mal se autoconsume. Lo cierto es que la aventura espacial llamada vida, es un océano de incertidumbre e impermanencia. Es la tela dimensional cuyo tejido tiene hebras extendidas por todo el universo: luz, tiempo, espacio, espíritu, nacimiento, muerte e insondable misterio. Llevamos mucho tiempo pasando de rodillas y con mucho dolor por el ojo de la aguja, ese portillo utilizado por Jesús para definir su escolástica metáfora del rico versus el camello. Paranoia, narcisismo y agresividad social, son neurosis típicas de las estructuras materialistas y corporativas, que obstaculizan nuestra evolución desde hace mucho tiempo. Es por eso que una de las cosas más difíciles es cambiar la forma en que uno imagina su lugar en la vida. El gusano se convierte en mariposa. Metamorfosis radical. Cambiar la forma de pensar. Vivir en una realidad distinta, aunque sigo llevando a cabo mis tareas habituales. Las enfermedades y las dificultades siempre han sido reorientadoras de procesos vitales, aunque el alma sabe qué hacer para curarse. El desafío: enseñarle a la mente a escucharla. El ojo de la aguja me sugiere el paso a un nuevo nivel de conciencia y a un oscuro canal de parto donde somos la luz que ilumina el tránsito en tinieblas. “Cada lágrima enseña al mortal una verdad”. Aristocles de Atenas, apodado Platón (427-347 aC).
Roberto Luis Taltavull