Lunes 11 de Marzo de 2024
El efecto miedo por los hechos de violencia tienen efectos tangibles en la conducta social de los rosarinos. Este fin de semana hubo muy poco movimiento en bares y restaurantes de la ciudad, teniendo en cuenta que era comienzo de mes y los bolsillos suelen estar más dulces por el cobro de sueldos. El viernes llovió fuerte, pero el sábado hizo un clima muy bueno y hubo muy poca gente en los corredores gastronómicos, sobre todo de noche. "Poca plata y mucho miedo", sintetizó con maestría un usuario en las redes.
Se trata de un rubro que ya viene golpeado por la pérdida del poder adquisitivo de los asalariados, y la consiguiente retracción de consumo. Un referente de Pichincha admitió con tristeza que la caída fue del 50% respecto del fin de semana anterior. "Fue muy flojo el finde. Se vendió la mitad del sábado pasado en general. Es muy triste todo. Creo que esta vez operó más el miedo que la crisis. Un sábado de principio de mes no debería ser tan malo", lamentó.
Es que a la depresión económica, luego del asesinato de dos taxistas, un colectivero y un playero de estación de servicio, todos a tiros y con el sello de la mafia, se le suma el peligro de no saber en qué lugar puede ocurrir un próximo atentado contra la paz social. "Está complicada la economía, y la paranoia es real. Estamos todos muy preocupados. Es grave la situación, pero peor es la incertidumbre. Nadie sabe dónde puede ocurrir el próximo ataque", afirmó un gastronómico de avenida Pellegrini, la otra gran zona de concentración de locales para salir a comer.
"Es el miedo real, concreto, bien palpable, y una economía que se reduce día a día. Me quedo en casa", comentó una usuaria en la red social X (ex Twitter). "Ni loca me siento en una vereda a comer en estos días", agregó una segunda. "Para mi es por ambas razones. La economía está muy mal, y el miedo de salir y no saber si vas a volver a tu casa", subrayó otra. "Yo no salí y varios amigos me dijeron que tampoco por miedo", admitió un cuarto. "Poca plata y asumir que cualquiera puede ser la próxima víctima", insistió otro más.
El dueño de un bar de barrio Olmedo, en una zona de gran concentración de discotecas, contó que hubo mucho menos movimiento en ese tipo de locales. "Nosotros anduvimos bien, pero a los boliches fue menos gente, y los trapitos del barrio decían que habían hecho mucha menos plata. Estaban decepcionados", indicó. Y admitió que cuando cerró la persiana a la madrugada, tuvo una sensación de mucha incertidumbre.
Memoria fresca
Nadie olvida que en Pichincha ya se produjeron hechos de esta naturaleza en años anteriores, aunque sin heridos ni víctimas fatales. En abril de 2019 fueron baleados tres bares de la zona de Ricchieri y Güemes: Jimmy Wheelwright, Alabama y Blacklist. El primero, mientras estaba abierto y con personas comiendo. El dueño de Alabama sería luego condenado por narcotráfico. En diciembre de 2022 se sumó otro hecho: efectuaron disparos contra el Centro Cultural Güemes, de Ovidio Lagos al 100 bis. Los autores dejaron una nota relacionada a reclamos de presos de Piñero.
Lo cierto es que la ciudad no vive su mejor momento. Otros factores aportan al desorden urbano y conspiran contra la pulsión de salir a esparcirse de la población. La intermitencia del servicio de transporte, taxis y colectivos, en medio de una escalada de crímenes contra inocentes perpetrados por la criminalidad, también es otro ítem determinante. "Solo puede salir la gente con auto y los que tienen 8 lucas para gastar en taxi", aportó una usuaria. "El hecho de que no hubiera colectivos hizo hasta complicado conseguir Uber, porque estaban saturados", señaló otra twittera. "No hay colectivo. Hay pocos taxis. No podés salir en auto si tomás", se quejó una mujer.
El fenómeno no se imprimió sobre el 100% del territorio rosarino, pero se sintió fuerte en los dos principales corredores. Algunas personas reportaron que hubo gente en La Florida y la zona de la rambla y el río, así como en las inmediaciones de la cancha de Rosario Central, donde hubo partido. Lo mismo en Fisherton, donde la población del barrio es habitué de los bares de la zona. En la ex Rural se realizó el Cumbión del Paraná, y en Metropolitano una fiesta electrónica con alta concurrencia.
Pero la merma se sintió fuerte en casi todos los lugares típicos de la gastronomía local. Las consecuencias económicas que trae esta situación de zozobra, en medio de una recesión, ya comienzan a verse. Si la política no le encuentra una salida ordenada a este conflicto, cada vez menos personas tendrán el valor de salir a la calle. Y una ciudad donde priman esas sensaciones, deja de ser una ciudad vivible.