Miércoles 14 de Diciembre de 2016
Ahora que la ciudad se llenó de ciclistas es mucho más visible un fenómeno fantástico: el de los deportistas tardíos. A esa clase pertenece la pléyade de tipos que pedalean esforzadamente y se cuidan (se vanaglorian) de dar a conocer que han recorrido 40 kilómetros en tantos minutos y segundos, contados laboriosamente por las aplicaciones de los celulares, esos que cambian cada 18 meses. No deja de causar extrañeza quienes apenas horas antes de llegar a la oficina con un look despojado canchero se enfundaron en calzas (¡calzas!) multicolores, se pusieron cascos también llamativos y montaron la mountain bike de aluminio con componentes de titanio y composite y se largan a conquistar las distancias. Tan orgullosos están que en las redes sociales aclaran al desprevenido lector "menganito, padre, tal cosa y ciclista". ¡Hombres grandes!, los repartidores están todo el día pedaleando, llevan pan, verduras, quesos, carne, los diarios, pizzas, empanadas y no andan por ahí sacando pecho ni diciendo "qué capo soy" a toda la gente que cae en el Facebook.
Y sin embargo, qué suerte tienen. Gozan de la plenitud de sus cuerpos, de la potencia que les da el esfuerzo, el recorrer grandes distancias en la ciudad, ver cuando se despierta, cuando empiezan a circular los primeros ómnibus que anuncian el fin del silencio de la noche, ven las bandadas de pájaros que abandonan los nidos que tienen en la propiedad horizontal que le ofrecen los árboles. También ven cuando los chicos empiezan a salir de sus casas para ir a la escuela y son dueños del espectáculo único que da el Sol cuando se despereza. Sí, estos ciclistas son un poco ridículos, pero saben vivir.