Lunes 12 de Abril de 2010
Una familia de esta ciudad, a la que estoy ligado por el afecto desde hace muchos años, ha vivido en estas semanas una de las experiencias más traumáticas por las que se pueda pasar: la desaparición de uno de sus miembros. Graciela Petersen estuvo ausente de su casa desde el 4 de febrero hasta el 8 de abril, fecha de su reaparición. No ahondaré en pormenores al respecto, hay una Justicia actuando y hay un derecho inalienable a la privacidad de su núcleo familiar. Sólo diré que espanta el nivel de agresividad, vulgaridad y ensañamiento de muchos ciudadanos que alegremente opinan y juzgan sobre lo que no conocen, y lo publican amparados en su derecho a la privacidad. ¿Dónde está la limitación a todo aquello que represente una injuria o calumnia a un tercero? ¿Realmente creemos que somos más libres porque se nos permita insultar y condenar escudados tras un seudónimo? Si es así, qué pobre imagen sostenemos de la libertad por la que frecuentemente clamamos cuando se tocan nuestros intereses. Toda libertad presupone una obligación, en este caso no juzgar sin conocimiento y, sobre todo, no agraviar gratuitamente. Personalmente no entiendo la impunidad para publicar lo que venga en gana de forma anónima. Considero que los foros de opinión, que pueden representar un valioso aporte para la comunicación entre las personas, deben incluir material refrendado con nombre y documento. No dudo de que la mayoría de los comentarios que se registraron sobre el hecho en cuestión (hay opiniones mesuradas, pero desgraciadamente son minoría) no se sostendrían bajo una identificación fehaciente. El daño que se puede producir a gente inocente, golpeada por la ausencia de un ser querido es enorme, y no me parece justo reclamar privacidad para hacerlo.
Rodolfo Ramaccioni,
rramaccioni@yahoo.com.ar