Bautista Hernández fue el único santafesino en la selección argentina de básquet para atletas con síndrome de Down que se consagró campeón del mundo en Hungría
05:00 hs - Sábado 04 de Julio de 2026
Körmend es una ciudad ubicada en el oeste de Hungría mundialmente famosa en el ámbito deportivo por su profunda y apasionada tradición en básquet. Allí, en ese poblado donde viven doce mil almas, la selección argentina de básquet para atletas con síndrome de Down se consagró campeona del mundo por primera vez en su historia el pasado 19 de junio. La histórica consagración argentina contó con aporte de Bautista Hernández, el único santafesino en el plantel, quien juega desde pre mini en Sport Club de Cañada de Gómez, una ciudad que, como Kórmend respira y transpira básquet como pocas.
Como la del seleccionado, la historia de Bautista es de superación, trabajo y pasión, lo que demuestra que, cuando hay oportunidades, los límites no existen. Así lo que parecía un sueño terminó convirtiéndose en una página histórica para el deporte argentino e inolvidable para Bauti, que no solamente es un campeón del mundo sino un campeón de la vida.
El domingo 27 de junio cumplió 19 años y es un verdadero ejemplo de inclusión real. Bautista es basquetbolista federado, compite cada fin de semana defendiendo los colores de Sport Club y vive el deporte con una verdadera pasión. El estadio Florencio Varni es el patio de su casa. Por su logro y por su esfuerzo fue declarado “Ciudadano Distinguido” de Cañada de Gómez, ciudad donde uno de sus playones deportivos lleva su nombre. Pero detrás de ese logro hay un largo camino recorrido. Representa mucho más que el logro en sí. Hay una familia, un club, una escuela, una comunidad que lo contuvo y que lo acompañó en su crecimiento para que pueda desarrollar todo su potencial.
Una batalla silenciosa
Sus padres, Graciana y Norberto, se enteraron en el momento del parto de que Bautista tenía síndrome de Down, si sabían que tenía una complicación digestiva, una atresia de esófago, que es un defecto congénito en el cual el esófago no se forma correctamente (el esófago termina en una bolsa ciega e impide que el bebé trague y recicle el líquido como lo haría normalmente).
Apenas tuvieron tiempo para conocer el color de sus ojos antes de verlo entrar al quirófano. A los tres días lo operaron para cocerle el esófago. Renegaron mucho con el tema de alimentación porque se ahogaba. Los primeros años fueron una batalla silenciosa. Cada comida era una negociación con el cuerpo. Cada endoscopía parecía abrir una puerta nueva hacia la incertidumbre. Con el síndrome, su madre, al ser kinesióloga, sabía de qué manera ir ayudándolo a nivel de tono muscular y posturas.
Los cuatro primeros años fueron así, en un tobogán de emociones. Una vez se hizo una endoscopía, se pescó una bacteria que lo puso en una situación delicada, muy grave, al punto de escuchar de boca de los médicos “que no había nada por hacer”.
El básquet, su gran amor
Su hermano Joaquín, dos años más grande, fue quien lo acercó al básquet y Pocho Maldonado, profesor de Joaquín en pre mini y mini, una gran influencia y el máximo responsable de su amor por el deporte. Cada vez que lo veía a Bauti, le daba una camiseta, una pelota y lo sentaba junto a él para que esté cerca de su hermano y sus amigos. Él no solamente le enseñó a tirar al aro, le enseñó algo mucho más difícil: a pertenecer. Y el club hizo el resto. Porque hay lugares donde la inclusión se escribe en discursos, y hay otros donde simplemente ocurre. En el Sport Club nadie preguntó cuánto podía hacer Bautista, le dijeron a qué hora empezaba el entrenamiento.
Cuando llegó el momento de entrar a la escuela, sus padres cargaban el miedo de quienes habían leído demasiadas historias de puertas cerradas. Pero la directora del Instituto José Razetto los recibió con una frase que todavía hoy repiten las paredes del edificio cuando cae la tarde: “Los estaba esperando, Bauti tiene su lugar”. Desde aquel día la escuela decidió crecer al mismo ritmo que el niño. No hubo un pero que pudiera poner en duda la empatía. Esas palabras no solo fueron un alivio, los inundó de alegría y sobre todo de confianza.
Tenía 8 años cuando tuvo su primera experiencia de viajar solo. El grupo iba a Entre Ríos y como sus padres no podían viajar, Maldonado asumió la responsabilidad. Y fue. Después vinieron otros viajes, pero siempre en compañía de su hermano y sus amigos.
Un ejemplo de integración real
El tema de darle libertad sirvió para que él despliegue sus alas. En su casa, tanto como en el colegio y en el club, la integración fue real. “Sabíamos que él no iba a tener las mismas condiciones que sus compañeros pero sí que la podía ir logrando a su tiempo”, confesó Graciana, su madre.
Bautista está federado a la Asociación Cañadense de Básquet. Él siempre fue a la par de sus compañeros, que a su vez, eran sus amigos de la escuela. En pre mini y mini todo es lúdico, no se lleva la cuenta de los puntos y juegan todos. Pero cuando pasó a U13, Daniel Farabello, que en ese momento era el entrenador de esa categoría, pidió hablar con ellos antes de que empiece la temporada y le aclaró que quería que Bautista respete las mismas reglas que todos los demás, que sea uno más. No quería que juegue al final del partido un par de minutos.
Era lo que todos querían: Candelaria Fernández, la psicopedagoga, Adriana Delgroso, la fonoaudióloga; Luciana Hernández, la maestra integradora y Javier Fernández, el pediatra. Ese “equipo” siempre trabajó a la par y eran los que le iban dando las indicaciones a la familia para alcanzar los objetivos propuestos.
Al club siempre fue temprano y no solamente estaba con los chicos de su categoría. Cuando jugaban los más grandes o la misma Primera División, Bauti buscaba un lugar cerca de los técnicos para escuchar las indicaciones que daban.
De Cañada a la selección
El abuelo Oscar fue el primero en descubrir que el destino necesitaba un pequeño empujón. Grabó un video y lo dejó navegar por las aguas impredecibles de las redes sociales. Lo vieron en la Federación de Discapacidad Intelectual y lo convocan. Pero los milagros nunca viajan en línea recta. Tuvo dos o tres entrenamientos, pero en esa selección había varios chicos grandes y hubo cosas que a sus padres no le gustaron, por lo que ahí terminó el intento.
Fue el propio Bautista quien, a través de Facebook, se comunicó con la Federación Argentina Atletas con Síndrome de Down, quienes le pidieron un video para entregárselo a los entrenadores. Ahí lo contactan para formar parte de Litoral Unidos, un equipo con todos chicos con síndrome de Down de la zona y lo invitan a una preselección, donde finalmente quedó.
Con la convocatoria a la selección aceleró el tranco. Entrenó en doble turno e inclusive varias veces lo hizo tres veces al día. Le sumó más horas al gimnasio y estuvo más tiempo en cancha. Tiempo libre que tenía se lo dedicaba al básquet. A él siempre le gustó el básquet pero le agregó una cuota de esfuerzo. Siempre tuvo constancia para ir a tirar. Iba antes a los entrenamientos, se quedaba hasta que terminaban. El éxito lo construyó.
El año pasado fue seleccionado para ir a Ferrara, Italia, y este año para ir a Hungría. De un año al otro el plantel sufrió algunos cambios como así también cambiaron algunas reglas. En Italia, lo aros eran bajos y jugaban cuatro contra cuatro, mientras que en Hungría jugaban cinco contra cinco y los aros eran altos, lo que a Bautista le resultaba más fácil. Todo fue diferente, hasta el desenlace.
En el torneo de Körmend, donde Argentina mostró su potencial desde el debut y tuvo un recorrido sin derrotas, Bautista jugó de titular los cinco partidos. La victoria tuvo un significado especial ya que apenas un año antes, el equipo había alcanzado el subcampeonato en el Open Europeo y se había quedado a las puertas de la consagración. Esta vez fue distinto.
A su regreso, con la medalla de oro en su poder, las calles de Cañada de Gómez se llenaron de vecinos. Y cuando el autobomba entró con el campeón recorriendo las avenidas, la ciudad comprendió que estaba recibiendo mucho más que a un deportista.
Estaba regresando la prueba viviente de que cuando un obstáculo, por más grande que sea, encuentra un club, una escuela, una familia, maestros generosos y una comunidad que abre las puertas en lugar de cerrarlas, puede cambiar el significado mismo de la palabra imposible.
Argentina, campeón de punta a punta
El representativo de la Federación Argentina de Deportes para Atletas con Síndrome de Down (FADASD) ganó el Mundial sin dejar dudas. De punta a punta. Arrancó con una gran fase de grupos donde mostró un amplio dominio sobre sus rivales. En ella derrotó al local, Hungría, por 36-8; luego a su rival de la final, Turquía, por 29-14, y posteriormente a Finlandia por 34-14. En semifinales vencieron nuevamente a Finlandia 34-12 y se coronaron tras vencer al conjunto turco esta vez por 23-18 en un partido parejo y de marcador cambiante. La victoria tuvo un significado especial para el plantel y sus familias. Apenas un año antes, el equipo había alcanzado el subcampeonato en un torneo disputado en Italia y se había quedado a las puertas de la consagración.
La conformación del equipo fue el resultado de más de tres años de trabajo y seguimiento en distintos puntos del país, lapso en el que se evaluó a más de 130 atletas hasta definir la lista que representó a la Argentina en Hungría. La selección de los integrantes contempló no solo aspectos deportivos, sino también valores y actitudes fundamentales para la construcción del grupo campeón.
No obstante, para poder viajar cada chico tuvo que juntar sus recursos. En el caso de Bautista, la familia recibió la colaboración de Matías Chale, el intendente de Cañada de Gómez, del diputado Fabián Cejas, de la Secretaría de Deportes de Santa Fe, de la Cámara de Diputados de la provincia, de la Empresa Nova y de la Asociación Cañadense de Básquet.
Formaron parte del plantel argentino 12 jugadores, cuyas edades oscilaron entre los 18 y 41 años. Bauti fue el más chico, no solo de la delegación sino de todo el torneo. Su ídolo es Stephen Curry, el base de los Golden State Warriors de la NBA. Juega de base o de ayuda y la defensa es su fuerte. Lo apodan “El Perro”.
En cuanto a su formación Bautista terminó la secundaria. Logró alfabetizarse y eso hizo que pueda seguir interactuando con sus compañeros. Hoy por hoy se anotó para estudiar computación en la “Paula Albarracín” y para hacer el curso de monitor de básquet de la Confederación Argentina de Básquet (CAB) de manera virtual. Busca su horizonte y sabe lo que quiere. Sobre el final dejó una reflexión para aquellos chicos que no se animan. “Que prueben, que estudien, que hagan muchas cosas nuevas. Que jueguen y que entrenen duro para llegar lo más lejos que puedan”.