Viernes 18 de Septiembre de 2015
Es sabido que en los últimos años la violencia ha tomado características inéditas en nuestra región. La penetración del negocio de la droga en los barrios, impulsada por la miseria y la marginalidad, aparece como un factor que ha potenciado la problemática a niveles de extrema gravedad. La larga lista de personas asesinadas en estos años está integrada principalmente por jóvenes menores de 24 años. Las escuelas son un espacio en donde esta violencia estalla diariamente.
Un grupo de docentes veníamos pensado que debíamos dar una señal de ¡Alto!, que teníamos la obligación de incidir en algo para detener lo que aparecía en cada reunión: ayer mataron a un chico en tal esquina, tal otro fue baleado cerca de su casa, hoy faltó un alumno porque mataron a su hermano… Esas ausencias duelen, son nuestros chicos, son nuestros alumnos: estuvieron sentados en un pupitre, participaron con ganas en la clase que les gustaba, se reunieron con sus compañeros en los recreos. Les hablamos, los escuchamos, los retamos alguna vez. ¿Qué hacer?
El sindicato es nuestra fuerza. "¿Podemos colgar un lazo negro con los nombres?", pregunta un compañero. Nombrarlos aparece como la primera necesidad. Nombrarlos y decir a qué grado/año iban, de qué escuela, cómo eran. Corporizarlos, humanizarlos para que dejen de ser un número de una cifra que no para de crecer.
Es verano y hace mucho calor, los noticieros irrumpen con una noticia que impacta: unos policías matan a un joven mientras lavaba el auto en la vereda. Comienzan los mensajes y llamados angustiados de Milton, quien años atrás fuera su preceptor. El joven se llamaba Jonatan Herrera, "era un tipazo, abanderado, trabajador, buen compañero", dice Milton mientras aprieta los dientes y los ojos se le llenan de lágrimas. Es febrero y organizamos una campaña de fotos para una asamblea de delegados: "¡Basta de matar a nuestros alumnos!", ponemos en un cartel. Los padres de Jonatan vienen a la reunión, cuentan quién era su hijo, cómo vivía, en qué circunstancias murió. Ya no pueden hacer nada para recuperarlo, pero con desesperación piden justicia.
Días pasados estuvimos en la marcha pidiendo justicia por Gerardo Escobar. El corazón oprimido, la piel de gallina, agarrando bien fuerte la bandera: "Basta de matar a nuestras alumnos". Y pensamos que Rosario es un polvorín. Que en la ciudad de los niños se va la vida temprana, se escabulle en las turbias maniobras de la violencia institucional y del narcotráfico.
Gerardo, "Pichón", era un trabajador de Parques y Paseos. Aún no había terminado la primaria, era alumno de la Escuela Nocturna N° 30. Su maestra Ana lo buscó desde el mismo momento en que se enteró que de su desaparición. "Es tan bueno, tiene un entusiasmo para aprender. Nunca falta a clases", relataba en tiempo presente, con un nudo en la garganta y un hilo de esperanzas, hace unos días. "Fui tu maestro y quiero recordarte. Cuando supe tu final se me apareció tu pelo rubio revuelto, tus ojos claros, tu sonrisa pícara, tus piernas flacas, tu voz chillona. Quisiera detener el reloj, regresar en el tiempo y volver a regalarte la fotocopia con los Derechos del Niño, aquellos que te faltaron, organizar una salida con tus compañeros a algún camping para que puedas completar tus juegos, aquellos que por trabajar no pudiste", escribe en Facebook Sergio, su maestro de primaria
En la marcha estaban los familiares de varios chicos que habían sido nuestros alumnos: los familiares de Jonatan, que siguen reclamando justicia. Estaba el Pastor Trasante, el padre de Jeremías y Jairo. Jeremías no había terminado la secundaria, lo asesinaron junto a Mono y Patóm en lo que se conoce como el Triple Crimen de barrio Moreno. "Jairo era un pillo, nos volvía locos", nos cuenta Milton, que también había sido su preceptor en la Escuela Naval. Estaban los familiares de David Moreira, el joven asesinado en el linchamiento de barrio Azcuénaga. Mariel, su profesora, lo recuerda "tímido en las clases de francés". Estaba la mamá de Dante Fiori: Dante había ido a la Escuela Primaria 1148 de Villa Gobernador Gálvez y cursado algunos años de la secundaria en el Nacional 1. Lo mató a quemarropas un policía a la vuelta de su casa.
No sabemos si estaban los familiares de Rolando Mansilla. Rolando era un niño de apenas 12 años, lo mataron de un balazo los sicarios de una banda rival mientras custodiaba un búnker en barrio Ludueña; había venido del Chaco y no iba a la escuela. Es el relato escolar que nos seguirá faltando. Podemos y queremos imaginar otro final. Ya no para Rolando. Para todos los que están, los que vienen.
Desde Amsafe Rosario decimos: ¡Basta de matar a nuestros alumnos!, para gritar nuestra denuncia. Denunciando el crimen buscamos cerrarle el paso a la naturalización de la muerte joven y a la estigmatización de los jóvenes de los sectores populares. Señalamos con claridad a los responsables: el Estado, el poder político, el poder judicial, el feroz entramado narco-policial. Desarrollamos la campaña con un conjunto de delegados de escuelas. Batallamos contra el discurso que culpa a los jóvenes. Impulsamos campañas de fotografías para sensibilizar sobre esta situación. Reconstruimos la "biografía escolar" del joven asesinado para que el crimen tome carnadura y adquiera su verdadera y brutal dimensión.
A los que piensan que los jóvenes son peligrosos nosotros les decimos que nuestros pibes están en peligro. Y que hay que parar con tanta muerte.
Mercedes Castro/Juan Pablo Casiello / Secretarios de Cultura y Gremial-Amsafe Rosario