Barra de esquinas: intersección de reos
Por Alfredo Montenegro. Fueron la cuna de los equipos del barrio, la patria chica de sueños colectivos y la escuela de formación futbolera y ciudadana. Desde el atardecer con la gaseosa, al amanecer con el porrón...

Domingo 11 de Julio de 2010

Fueron la cuna de los equipos del barrio, la patria chica de sueños colectivos y la escuela de formación futbolera y ciudadana. Desde el atardecer con la gaseosa, al amanecer con el porrón, el pibito se iba haciendo hombre y ganando vereda.
La llegada de la barra a un club es una historia de militancia callejera que debe ser rescatada. Tras el triunfo liberal en la batalla de Caseros (1852), la elite porteña armó clubes, donde practicaban su elegante cortesía mientras tramaban negocios.
En mayo de ese año, se fundó el Club del Progreso, rejuntadero de la oligarquía. Ya, desde 1841 había tertulias en el Club de Residentes Extranjeros, donde apenas se hablaba castellano en disputas de billar, cartas y ajedrez. También en el Jockey Club y el Círculo de Armas, una minoría jugaba a ser europeos.
El club, no era aún un espacio de recreación colectiva, eran reductos exclusivos para algunos con afinidades políticas o literarias.
Al llegar, el fútbol fue practicado por la “gente bien”. Pero en las primeras décadas del siglo XXI, el deporte empezó a ganar popularidad y la pelota empezó a rodar en las barriadas, era un juego económico y sobraban los que ahora faltan: campitos.
En esquinas suburbanas, luego de discutir sobre cracks y clubes amargos, volaba la idea de armarse un equipito. Había que juntar algunos amigos, buscar un nombre, idear una camiseta y un escudo y manguear apoyo a las tiendas y a las tías.
Para jugar, siempre tenían un baldío y la sede ya estaba: la ochava de la barra. Venían luego los desafíos a los de otro barrio, torneos en la zona y participación en ligas. Ya era hora de armar un club del barrio.
Desde 1990 brotaron entidades que abrieron las puertas a los más chicos y se llenaron de vecinos con el fóbal, kermeses y bailongos. Así nacieron San Lorenzo, Huracán, Boca y River, entre tantos.
En 1930, el profesionalismo le cambia el semblante al deporte y el desembarco de gerenciamientos y empresas hizo que los clubes cambiaran de cara y de barras, que ya pasaban a ser privatizadas por dirigentes.
Pero, según las últimas informaciones, hay esquinas donde se volvieron a juntar muchachos que conjuran un desafío para recuperar al club del barrio. En tanto, no debe faltar en un álbum de figuritas un homenaje a los reos que forjaron barras que armaron esos equipos que fueron unidades básicas de fóbal y comités de soñadores. l

Mañana, última figurita (42): Los pibes