"No se le puede exigir mucho más al gobierno"
La reconocida socióloga valoró la gestión frente a la pandemia. También respaldó el impuesto a la riqueza. El impacto de la crisis en América latina.

Domingo 19 de Julio de 2020

La socióloga argentina Alcira Argumedo analizó el impacto de la pandemia en la sociedad y la economía. A su entender, la emergencia sanitaria, "agravó la crisis que ya se venía viendo en los modelos neoliberales de occidente". La docente, investigadora de Conicet y también directora de la revista "Laberinto", valoró la estrategia del gobierno argentino para enfrentar la crisis, y planteó como opciones de salida: "Frenar el saqueo, la impunidad, la especulación financiera y el endeudamiento fraudulento e irracional, ejerciendo un control estatal del comercio exterior". También respaldó el impuesto a la riqueza.

—¿Cómo analiza el impacto de la pandemia tanto a nivel mundial como en Argentina?

—La pandemia detonó y agravó una crisis que en todo occidente ya se venía viendo de los modelos neoliberales. El Brexit en Inglaterra es una manifestación de la crisis, como los chalecos amarillos y las grandes huelgas en Francia, el crecimiento de la ultraderecha, la recesión que se arrastra desde hace años en Italia, la vuelta de Estados Unidos al proteccionismo y, en América Latina, la crisis en Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Argentina. Esto es consecuencia de los últimos 30 a 40 años de predominio de la globalización neoliberal, que generó un crecimiento exponencial del desempleo, precarización laboral, pobreza, indigencia y, como contrapartida, un crecimiento de la polarización y concentración de la riqueza.

—¿Piensa que este ciclo está terminando?

—Creo que ha entrado en una crisis terminal porque es inviable en la medida en que su resultante fue el 1 por ciento de la población mundial concentrando el 50 por ciento de la riqueza. El 20 por ciento más rico de la población son unos 1.100 millones de personas de las clases más acomodadas y medias altas de los distintos países del mundo. El 80 por ciento de la población se reparten el 4 por ciento de la riqueza. Hay 4.500 millones de personas en condiciones de pobreza o indigencia. Para darnos una idea de la magnitud, es toda la población de América, desde Canadá hasta Tierra del Fuego, multiplicada por tres. Es descomunal. Ahora, ese 20 por ciento es un mercado excesivamente chico para el salto de la productividad de las tecnologías y la presencia de China en el mercado mundial. De ahí que había comenzado la guerra comercial con Estados Unidos, un país que exportaba a China por u$s 150 mil millones pero importaba por u$s 550 mil millones. Hay una crisis de sobreproducción por carencia de demanda y al igual que la del 30, los capitales productivos, entran en la especulación financiera. Este es el panorama que la pandemia agravó. A esto se suman las amenazas del calentamiento global. Y esto se ha venido agravando porque entre otros factores tenemos a (Jair) Bolsonaro, que está dispuesto a desforestar gran parte del Amazonas, el pulmón del planeta. Hay un panorama de gran incertidumbre y, al igual que la crisis del 30, va haber dos alternativas. Por entonces, una de las respuestas fue la de Franklin Roosevelt y el New Deal, ese nuevo contrato social que significó un papel del Estado en el bienestar y en la dinamización de la economía con un aumento de los salarios reales, una disminución de la jornada laboral de 72 horas semanales a 40, redistribución de la riqueza, fortalecimiento de las jubilaciones y demás. Esta fue una de las opciones. La otra, horrible, fue salir de la crisis con un incremento de la industria de guerra, la agresión y el genocidio. Opciones de esa naturalezas se están manifestando, me parece.

—¿Cree que esas opciones hoy están puestas sobre la mesa de alguna forma con otras maneras o rostros?

—Diría que aquí caben Trump, Bolsonaro, ese personaje Steve Bannon, que a través de Big Data, información, algoritmos y demás trabaja en la manipulación de las conciencias y está tratando de hacer una alianza con las ultraderechas en Europa, presentes en Francia, Italia, Alemania, Hungría, Polonia. Y que tienen un ideólogo nuevamente en Henry Kissinger, que todavía anda dando vueltas por ahí, y es el más lúcido y siniestro estratega norteamericano.

—¿Las medidas que hoy se discuten, como un ingreso universal, son herramientas viables para salir de la crisis?

—Creo que la clave del conflicto está en que los grandes capitales tienen un gran problema. No le pueden vender lo que producen a sus propios robots, que no ahorran personas sino tiempo de trabajo humano y que al ser eficientes, trabajar 24 horas, no hacer huelga ni pedir aumento de salario, les permitió quebrar el poder de resistencia de los trabajadores a través del desempleo. Pero otro New Deal debe dar respuesta también a la crisis social y ambiental. Acá en Argentina es posible, pero hay que frenar el saqueo, la impunidad de bancos, los fondos de inversión y corporaciones mineras, de granos, y petróleo. No habrá salida si no hay control estatal de las finanzas ni freno a los endeudamientos absolutamente fraudulentos e irracionales como el de los últimos años. Además, debe haber un control estatal del comercio exterior que detenga las estafas al fisco y el contrabando de las grandes corporaciones S i Argentina cierra esas venas abiertas puede salir adelante porque tiene un potencial muy importante. Y una ventaja. Si bien tiene un 40 por ciento de pobreza, también tiene una larga tradición de organización social sobre valores de cooperación, solidaridad, acciones colectivas, reciprocidad, con mucha dinámica y que han permitido neutralizar la gravedad de la pobreza y la indigencia. Creo que sobre esa base es posible una reconstrucción.

—Se dice que la crisis crea ventanas de oportunidad y que el gobierno podría plantear políticas más audaces ¿Cómo ve al gobierno del Frente de Todos atacando esos problemas?

—Hasta ahora me saco el sombrero. El gobierno asumió con una deuda absolutamente irracional y fraudulenta tomada en dos años, con una crisis generada por las políticas del macrismo que incrementaron el desempleo, la quiebra de pequeñas y medianas empresas, más un aumento de la deuda de la cual gran parte se había fugado a la especulación financiera. Y le cae la pandemia. La verdad es que no se le puede exigir demasiado. Ya bastante que están intentando negociar por la deuda. Y también me saco el sombrero por el hecho de haber priorizado la salud y la vida, porque efectivamente no es cierto que había otra opción. En Inglaterra, Italia, España, Francia, Estados Unidos y en Chile han tenido miles de muertos, situaciones truculentas de decisión acerca de quién se muere y quién no se muere, cementerios abarrotados, y tienen la misma magnitud de la crisis económica que tiene Argentina. Ahora por supuesto yo creo que aquellos que no están directamente golpeados tendrían que empezar a debatir acerca de las alternativas, y Argentina las tiene.

—¿Considera que se debe avanzar sobre el impuesto a la riqueza?

—Es obvio. Lo está planteando el premio Nobel de Economía. Además el grueso de las grandes fortunas en la Argentina se hicieron gracias al saqueo del Estado, no nos engañemos. Por ejemplo, el señor (Paolo) Rocca, de Techint: en los 90 Somisa estaba valuada en u$s 3.000 millones, el ex ministro de Economía Domingo Cavallo se la entregó por u$s 135 millones. Es decir que de un solo saque le regaló u$s 2.800 millones y no fue lo único, ni fue el único. Además al señor Techint, Cavallo le estatizó su deuda privada, que era inventada. Nos podemos poner a hacer la cuenta de almacenero para ver si esta gente tiene un poco de pudor y se calla, y el Estado pone el impuesto que le corresponde. Yo creo que es lo mínimo que se puede hacer, pero que tendría que ir acompañado de la difusión sobre cómo se hicieron ricos esos señores, y vamos a encontrar que es a costa nuestra.

—El gobierno actual llega con una construcción política heterogénea, lo que le permitió ganar holgadamente las elecciones. En función de esta agenda más progresista, ¿ello puede significar también un límite?

—No lo sé. Muchos fuimos muy críticos con algunas políticas del kirchnerismo, y apoyamos otras. Pero frente a la magnitud del daño que estaba haciendo el gobierno de Macri, ni dudamos en apoyar esta alianza. El tema es que hay que ir debatiendo políticas que beneficien a todos. Estas políticas de reivindicación social benefician a las organizaciones y movimientos sociales, a los intendentes, a los gobernadores. Creo que se puede llegar a acuerdos de fondo legítimos como para definir nuevos modelos de sociedad y Estado como para dar respuesta a esta crisis

—Se discute por estas horas el futuro del Mercosur. ¿Es posible pensar en políticas comunes de los países latinoamericanos en un contexto de fuertes antagonismos políticos regionales?

—El problema es que la crisis económica es también una crisis política en muchos países. Se ve en Brasil, en Chile, en Bolivia luego del golpe militar. En los distintos países de América latina no está muy claro hacia dónde se van a orientar políticamente después de la crisis. Yo adhiero a la propuesta de Noam Chomsky y otros intelectuales, de confluir en una especie de internacional que permita alianzas y respaldos políticos y culturales en distintos países, no sólo en América latina. Una gran confluencia que en principio es una gran corriente de opinión, pero permite un debate frente a esta hegemonía del neoliberalismo, en crisis. Después están en Argentina estos desesperados que agitan el fantasma de Venezuela o del comunismo. Que a nadie se le ocurre.

—Pero esas consignas alcanzan para que haya gente que salga a la calle, por ejemplo, a defender a los dueños de Vicentin

—Eso fue medio confuso. Acá en el Obelisco estaban los que defendían salir a correr, los que decían que no existía la pandemia, los negacionistas. No tenían la más mínima idea de qué es Vicentin. Y después estaba esta cosa rarísima de salir en defensa de u la propiedad privada, cuando en realidad los que están defendiendo es a unos tránsfugas de proporciones., a los que la misma Carrió en 2018 denunció, aunque ahora salga con la bandera de que no hay que tocarlos.