Domingo 27 de Agosto de 2017
Con una prosa vertiginosa, con personajes complejos, humanos, esperanzados, que aman mujeres, hombres, libros, música, enamorados de matar y de vivir, Esteban y su hermana Andrea intentarán sobrevivir a las turbulencias del amor en una ciudad donde "es más barato matar a alguien que estacionar el auto seis horas en una avenida del centro", en un país a punto de ser gobernado por esa familia que siempre quiso todo y no va a dejar nada para nosotros, donde es más fácil pensar el fin del mundo con grandes guerras narco que nos maten a todos y no en esta muerte implacable y silenciosa del glifosato que nos mata sin más ruido que el que hacen los cuerpos a medida que se desploman. Este será el escenario donde también soñarán los Pereda, porque en definitiva este es su sueño, batallando para que el tercer hermano regrese de su ostracismo y pueda llegar a tiempo para despedir a sus padres, en una carrera contra la agonía poniendo en juego el botín forjado en el magnicidio final de la anterior novela del autor (El portador, 2010) y en servicios prestados al gobierno.
Cada vez que los Pereda abandonen un lugar será para apropiarse de uno nuevo, convencidos de que "la mayor libertad es no estar donde te buscan para encontrarte", mientras el lenguaje hará el recorrido inverso para confluir en un punto central en un idioma propio del lugar donde se habita. Si el estilo es hacer sufrir a la lengua, Scalona se nutre de doscientos años de literatura y de historia argentina para escribir los acordes de Maizal, una ciudad más real que la Rosario que nos animamos a mirar, donde cada nota irá acompañada de otra para sonar de manera armoniosa, en un registro que se mueve desde Ascasubi a El matadero, desde Onetti a la generación beat.
El hotel donde soñaba Perón trae el mismo mundo abierto de la novela anterior de Scalona generando una atmósfera donde todo es posible, y asimismo parece traer de sus dos poemarios (Mapa, 2013 y El mar, 2015) una prosa poética que irrumpe en la narración y hace de la poesía un estandarte que capítulo a capítulo se yergue como un trompo obligando a todas las líneas previas y posteriores de la novela a girar a su alrededor como una fuerza centrípeta.
Esta es una novela fraterna y picante, que se corre de los lugares comunes, que molestará a propios y ajenos, que será demasiado unitaria para los federales y demasiado federal para los unitarios, que se va a parar en Florida para pelearse con Boedo y viceversa, porque el mundo es la grieta y "como alguien viviendo en una fisura en la filigrana de la hoja de un cuaderno" construye un lenguaje con explosiones donde se puede sentir la violencia de un idioma propio de Villa Manuelita, Tablada, Rosario o Maizal y también las caricias de ese lenguaje desconocido que habitaría en algún lugar recóndito de las islas de Entre Ríos si flora y fauna hablaran.
Lejos de estar en una novela blanca y de miradas inocentes, los personajes de El hotel donde soñaba Perón levantarán todos los adoquines sin encontrar la playa idealizada, sino una distinta, sucia, plagada de peligros y vidrios rotos, donde se decidirán a jugarse la vida.
Matías Magliano