Domingo 23 de Octubre de 2022
Julio los prepara y agosto se los lleva. Y el Melena, obediente por primera vez, sacó pasaje al otro mundo. A esa nebulosa de estrellas y palabras. Si tenía apenas ochenta pirulos y le seguíamos diciendo Huguito. Siempre jugando a ser el contra y fomentando la discusión por pura diversión nomás. El rebelde de los 60 devenido insurrecto en el Rosariazo, el reo fino sabedor del lunfardo y el particular modo de decirlo, como cuando se le dio por grabar tangos clásicos y propios en el estudio de Litto Nebbia. Sí, el de La balsa y mucho más. Músico rosarino de exportación, y van … El Hugo de hoy, siempre igual. Fiel al pelo largo y barba. Blanquísimos, pero cuidados como langa de barrio. Le divertía que le dijera que me hacía recordar a Buffalo Bill. Sabías que fui jockey, me contó en una de esas conversaciones sin lunas ni soles una madrugada en El Cairo, que no era parada exclusiva. Sus paseos eran sin fronteras. Por eso de la diversidad, supongo. Los temas, los de siempre: política, la falta de guita, mujeres. Pasó un reo levantador de quiniela que lo saludó con una reverencia y se alejó hacia una mesa bullanguera. Y retomando agregó: pesaba 52 kilos. Un tío era vareador de caballos de carrera y yo lo ayudaba en el stud. Pero no me enganché. Ni engordaste, sos de andar sin equipaje, le dije. Y al palo retrucó: más fácil por si hay que rajar apurado. Inevitable, la ironía al toque. Cómo no iba a lucirse con sus procaces aforismos. Era un actor nato, como cuando representaba aquellos días de malaria en que llevaba un pan felipe en el bolsillo de la campera y lo pellizcaba de tanto en tanto con disimulo para que la barriga no alzara la voz, mientras un conocido bancaba el cortado. Tenía el olfato y la palabra. Las palabras. Era talento reconocido acá y allá cuando llegó a integrarse al renacer del vespertino La Tribuna. Como es de imaginar, para él la fama era puro cuento. Me dijo entusiasmado que lo habían mandado a mi sección, Ciudad. Qué puedo hacer acá, decime hermano. Y mirándonos con una debutante periodista y después gran formadora de tantos colegas en la facultad coincidimos en que lo suyo era la gente y la crítica. Te acordás cuando discutíamos sobre el casi imposible equilibrio entre libertad de prensa o libertad de empresa, le pregunté. Bueno, fijate ahora si somos escribas, mercenarios o la voz del pueblo. Sos un noctámbulo caminador de veredas, así que los barrios, y las vecinales son tuyas. Y el poeta que había entregado su vida al arte hizo lo suyo. La gente habló. Y fue escuchada. De lujo.