Papá y Maradona
El destacado poeta rosarino falleció a principios de agosto pasado. Sus amigos e hijos lo recuerdan

Domingo 23 de Octubre de 2022

Estaba contento porque era una tarde especial: jugaba Maradona. Algunos días antes lo había visto correr con la pelota pegada al pie hasta llegar al arco y salir corriendo con un brazo en alto. Le daba la espalda a la cámara de televisión. Yo jugaba al fútbol con mi hermano, un año más chico y con poco apego a la pelota como instrumento lúdico, es una habitación baulera con piso blanco y negro que parecía un cuadro de ajedrez. Usaba ese dibujo para tratar de repetir en cámara lenta lo que Diego hacía en cámara rápida y ante un ejército enemigo que lo perseguía con furia de perro de caza. Siempre creí que lo único que hacia bien era el pase a la red. Todo lo demás no se parecía en nada. El giro que hizo al tomar la pelota del Negro Enrique, imposible de recrear, me frustraba. Pero papá dormía, mi hermano no oponía mucha resistencia para quitarme la pelota y mejor no hacer mucho ruido.

Era junio y estaba nublado. Con nueve años el frío no es un problema. El bar El Cairo, en los años 80, era para mi papá lo que para mí la escuela: un lugar de encuentro cotidiano de amigos donde todos los días se aprendía algo. Ese razonamiento me llegó en la búsqueda de saber por qué él estaba siempre ahí. Y fue justo ahí donde nos llevó a ver la final de México. A mí me gustaba el fútbol por Maradona. A todas las personas grandes les cambiaba el humor si se hablaba de Maradona: el kiosquero, los papás de mis amigos, el del mercadito. Y fue Maradona el que hizo que mi papá me llevara a su lugar en el mundo.

Fuimos en taxi, con mi hermano, porque si bien estábamos a seis, siete cuadras, mi papá no tenía ningún hábito para caminar más de una cuadra con un niño de nueve y otro de ocho, que además eran hermanos, y eso anunciaba un caos de peleas.

Jugaba Maradona y estaba contento. Todo lo que generaba Maradona en lo que me rodeaba era fascinante. Y cuando vi El Cairo lleno, sin pasillos para sus experimentados mozos, creí que el plan estaba mal planeado. Pero no, entramos esquivando sillas y mi papá saludaba a más gente que Papa Noel el 24 de diciembre. A su vez todos nos saludaban a mí y a mí hermano y las mujeres en general tenían tentación por nuestros cachetes. En ese enjambre de personas las mesas aparecían tapadas de brazos y pocillos de cafés y nunca vi, al entrar, una mesa que guardaba tres sillas: era la nuestra, junto a muchos otros que la compartían.

Había tres televisores, creo. Mi papá nos puso frente a uno de ellos, que daba a calle Sarmiento. Había otro más en la esquina del bar y otro que daba espaldas a calle Santa Fe. El Cairo tenía un atractivo único: dos kioscos, uno que atendía por Sarmiento y el otro por Santa Fe. Fui a comprar cigarrillos. Mi papá fumaba, como todos. Y me traje unos caramelos. La mesa tenía muchos cafés y unos ceniceros rojos con la leyenda de una marca alrededor: ¿Cinzano?

Yo estaba nervioso. Mi hermano estaba más atento al entorno extraordinario y a la espera de que papá nos diera plata para los chocolates. Los partidos de fútbol se me hacían largos si no estaba Maradona. Pero en ese estaba y tuvo goles. El de Brown fue una explosión. El de Valdano fue naciendo en cada zancada. La pelota ingresó haciendo burla a los alemanes. Me gusto más esa emoción. Nos abrazamos entre todos en cada uno de los tantos. Era un griterío total. En el entretiempo mi papá nos prestó más atención y nos dio plata para el kiosco. Compramos chocolates. Cuando los terminamos empezó el segundo tiempo.

Yo a mi papá no le hacía muchas preguntas porque interpretaba lo que estaba pasando. La algarabía se hizo preocupación porque los alemanes nos empataron. Los nervios, recuerdo, me llevaron a preguntarle a mi papá cuánto faltaba para el final. Me respondió que 20 minutos o 25, por ahí. Al rato llegó el descuento alemán y con el empate me conmoví: la tristeza lo inundó todo con el silencio. Me pregunté si mi papá también estaría tan triste. Pero no se lo pregunté. Sentía los nervios y no sabía en qué iba a terminar todo eso. La angustia la expresaba sin hacer nada: no me movía, no hablaba, no hacía nada. Estaba atrapado en eso cuando algunos se pararon, y detrás de ellos otros tantos y todos de pie para recibir el gol de Burruchaga. Mi papá me abrazó como nunca antes había hecho y nunca más volvió a hacer, al menos así me quedó guardado ese momento. Y después llegó el abrazo con Fontanarrosa, un amigo de mi papá que siempre me hacía dibujos (algunos los guardo) y que en El Cairo era uno de los tantos que al ingresar saludaba a todos, como si entrara a su casa. Estuvimos al lado suyo viendo el partido y su seriedad se rompió solo con la coronación. Aparecieron los autos, las bocinas, las banderas y la felicidad desparramada en balcones, calles y en cada esquina.

Tener una infancia contemporánea a Maradona fue un privilegio de nuestra generación. Cuando a mi papá lo internaron, lo quisieron ubicar en tiempo y espacio y la doctora se resignaba con sus respuestas: “¿Yo qué estoy haciendo acá?”, le preguntó antes de llenar la planilla. “Nada”, le respondió. Acudí a recursos más estimulantes: “Papá, ¿quién es este?”, le pregunté luego de poner el celular delante con la foto de Diego levantando la Copa en México. “Uff, Maradona”, me dijo y echó la mirada abajo. No hubo tiempo para más. Maradona hizo feliz a la gente como nadie. Yo lo viví. Y a mí también. Me regaló el mejor abrazo de mi papá.