Domingo 24 de Diciembre de 2017
El secuestro y ejecución del general Aramburu, el surgimiento de Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo y otras organizaciones armadas, el duelo retórico entre Lanusse y Perón, la masacre de Trelew, el indulto a los presos políticos del gobierno de Héctor Cámpora. Estos hechos son apenas algunos de los que ocurrieron en Argentina entre 1970 y 1973, y cada uno de ellos está atravesado por preguntas, incertidumbres y, sobre todo, por interpretaciones opuestas y con frecuencia irreconciliables. "Es difícil hacer historia frente a la falta de consenso social", dice Marcelo Larraquy. Pero también es más interesante, "ahí está el gusto, también", y de ese desafío surge su último libro, Primavera sangrienta.
Larraquy es historiador por la Universidad de Buenos Aires y tiene a la vez una reconocida trayectoria en periodismo de investigación, con biografías de José López Rega y Rodolfo Galimberti, entre otros títulos. Esa experiencia es una marca distintiva en sus libros, y particularmente en Primavera sangrienta, donde el relato aparece sostenido en testimonios de ex militantes, dirigentes de la época y funcionarios del gobierno de Cámpora.
Esteban Righi, Juan Manuel Abal Medina, Humberto Tumini, Roberto Coppo, Alicia Pierini y Alicia Sanguinetti son algunos de los entrevistados. También Jorge Luis Marcos, protagonista del secuestro de Stanley Sylvester, el cónsul inglés en Rosario (1971), y Pedro Cazes Camarero y Alejandro Ferreyra, testigos de la fuga del penal de Rawson. Primavera sangrienta presenta así un coro de voces que relatan, desde diferentes ángulos y con un detalle que no podría encontrarse en otras fuentes, uno de los períodos más dramáticos en la historia nacional.
—No quería hacer un libro académico o de cita constante que perdiera el relato —dice Marcelo Larraquy—. El relato testimonial es la parte más viva del libro; aun así no es un libro de memorias, que reproduzca una memoria oral y lo edite, sino que los hechos tienen el soporte de un relato de primera mano. No es lo mismo contar en tercera persona el secuestro de Stanley Sylvester, que lo cuente Jorge Luis Marcos, uno de los participantes. El testimonio tiene otra sonoridad y otra llegada al lector.
—Uno de los núcleos del relato es el secuestro de Oberdan Sallustro, el director de Fiat. La responsabilidad de su muerte fue del ERP, según tu versión, aunque la discusión al respecto no parece saldada.
—El ERP asumió que lo había matado pero había dudas. Eso queda en la nebulosa porque no conseguí un testimonio desde adentro. Lo que entendí después de muchas entrevistas es que dejaron salir a los militantes que estaban con Sallustro. La policía y el ejército habían cercado toda la zona y no cubrieron la parte de atrás de la casa, era medio raro. Tampoco se sabe todavía cómo llega la policía a esa casa. Lo que me parece sustancial es que Sallustro era un problema, un punto de tensión muy fuerte para Lanusse, porque lo pedía el Papa, lo pedía Fiat, y Lanusse no quiso negociar la libertad de presos políticos. Tampoco fue la condición original del ERP en la negociación. Sallustro fue secuestrado para arengar a los obreros y terminar con la militarización de la fábrica. El plan para reclamar por los presos políticos era secuestrar al general Sánchez, y del testimonio de Marcos surge que las FAR decidieron matarlo porque se quedaron sin cárcel del pueblo donde tenerlo. Es muy difícil llegar al conocimiento de esas decisiones internas cuando quedan pocos protagonistas, pero eso no está en la bibliografía. Ahí se vuelve valioso el testimonio, cuando agrega conocimiento sobre un hecho histórico.
—El testimonio de Carlos Ponce de León, en particular, muestra la combinación de audacia y de improvisación que tenía muchas veces el ERP, como en el secuestro de Sallustro.
—Sí. Ponce de León va a secuestrar al empresario más importante de la Argentina y se pide un franco en el taller donde trabaja como tornero. Eso también da una configuración distinta sobre lo que es la guerrilla, no es solamente Firmenich. Todavía hay un funcionamiento horizontal, y también inexperiencia y experimentación, como se ve en la discusión entre Mario Santucho y Víctor Fernández Palmeiro que termina con la ruptura del ERP 22 de Agosto. "Yo discuto a Lenin, ¿y no voy a discutir a Santucho?", plantea Fernández Palmeiro, con la lógica de lo implacable y a la vez de lo simple.
—¿Cómo observás el funcionamiento del ERP? Parece asociar una estructura vertical y a la vez, por la continua caída de dirigentes en la cárcel, cierta autonomía en las decisiones de los cuadros medios.
—Muchos militantes estaban detenidos y era muy difícil transmitir exactamente las órdenes de cada momento. Así funciona Montoneros entre septiembre de 1970 y junio de 1972, hay una autonomía de los militantes en distintas provincias sin que exista una conducción centralizada, en el período de Sabino Navarro, que sigue a Fernando Abal Medina y precede al de Firmenich. Montoneros resurge con el "luche y vuelve" de 1972; después de la muerte de Aramburu y hasta la campaña por el regreso de Perón, no tiene gravitación operativa ni de crecimiento político. Y el ERP era mucho más fuerte y ordenado pese a que también tenía caídas grandes en prisión, como la que ocurre en Tucumán. El nervio de la historia en este período está en la cárcel.
—Sobre la fuga del penal de Rawson, pese a que se ha escrito mucho, quedan al menos dos interrogantes: la orden de Jorge Lewinger de retirar el apoyo externo por una señal mal interpretada y el motivo del fusilamiento de los detenidos en el aeropuerto de Trelew. La masacre, según tu reconstrucción, fue una decisión que se tomó en una reunión de altos mandos militares.
—La reunión está en los diarios de la época. Esa misma mañana los militares se enteran de que Chile no va a extraditar a los guerrilleros que habían fugado; a partir de esa información hay una reunión de mandos y empiezan a llegar Gendarmería y otras fuerzas porque prevén que puede pasar algo que saque gente a la calle, y horas después se produce el fusilamiento. No hay un testimonio ni un documento de esa reunión, que debe existir, pero hasta ahora no fue publicado. A esta altura tiene que surgir del lado militar. Lo que parece claro es que, si fue una decisión de la Armada, Lanusse se lo quiso hacer pagar, cuando lo pone al almirante Hermes Quijada a contar a los medios la versión oficial del intento de fuga. En ese elemento uno puede interpretar que el fusilamiento fue una decisión de la Armada y no de Lanusse, que no dice nada al respecto en sus libros. Lewinger, por su parte, siempre cuenta más o menos lo mismo, que se equivocó y pensó que la fuga había fracasado. Lo que considero importante es la reunión previa de las organizaciones en Bahía Blanca, cuando había una idea de que la operación iba a fallar. Al escuchar un disparo desde la cárcel, Lewinger piensa que se tiene que ir, que había pasado lo que suponía. Carlos Goldenberg, que tenía un auto para participar en la fuga, entra a la cárcel; él no estuvo en la reunión de Bahía Blanca, su misión era entrar al penal y llevarse a los presos y siguió adelante. Son dos visiones, dos mentalidades frente a una misma señal, un disparo, que marca una acción distinta en cada uno. Le di mucho valor a la preparación externa de la fuga, quizá tanto o más que a la interna.
—Otra línea narrativa del libro es la relación de Perón con Montoneros.
—Sí. Queda claro el uso táctico que hace Perón sobre la guerrilla, pensando que después la va a controlar, y la idea de Montoneros de que ellos son los que traen a Perón, están dentro del movimiento justicialista y van a recuperar todas las luchas del peronismo de 1955 en adelante y que se dirigen hacia un gobierno de socialismo nacional, que no queda bien en claro qué significaba. El ERP tenía más claro su horizonte político, aunque sin la tradición del peronismo. En abril de 1973 ya está el germen del enfrentamiento y la tragedia entre Perón y los montoneros.
—La liberación de los presos políticos, en mayo de 1973, tiene una extensa reconstrucción en el libro. ¿Qué hallazgos destacás en tu investigación?
—Fue una sorpresa saber, cuando hablé con Esteban Righi, quien fue ministro del Interior de Cámpora, que el indulto se firmó después de la salida de los presos y que Abal Medina fue solo a Villa Devoto. Por eso el testimonio oral es muy importante, si lo sabés depurar y lo editás bien. Los presos salieron sin indulto y sin amnistía. Y que no quisieran esperar un día más, como planteaban, tenía lógica. La idea del ERP era decirle al gobierno que la libertad no era un regalo sino que la habían ganado con la lucha, con los muertos; y Righi dice: "Si eran tan guapos, ¿por qué no salieron el día anterior?", cuando estaban los militares. Montoneros sigue al ERP en la salida. La unidad entre Montoneros y el ERP se da en la cárcel y no afuera. Montoneros no participa logísticamente en la preparación de la fuga de Rawson; el único que interviene desde adentro es Vaca Narvaja. En esas cosas muy finas está el valor del testimonio, como es el caso de Luis Rodeiro, del grupo fundador de Montoneros, creo que el único sin armas de este período, que había hecho los partes de comunicación y se tuvo que fugar porque apareció su nombre y quedó tres meses dando vueltas por el país. Cuando lo encontré, en Córdoba, tuvimos tres horas de conversación y pensé que con su relato tapaba un vacío. Eso es lo que busco como investigador, tapar los vacíos historiográficos, y en este caso con testimonios orales.
—¿Cómo interviene el testimonio en esos vacíos?
—El testimonio oral puede desmentir o completar lo ya dicho. Entre la crónica del diario y lo que sucede en un hecho hay una diferencia abismal. Lo que buscaba en este libro era cubrir esa diferencia. Los diarios son el punto cero de la historia, a partir de ahí empezás a preguntar. En el caso de la fuga de presos del ERP de Tucumán, por ejemplo, no me cerraba que una empresa de gas introdujera las armas en la cárcel, como decían los diarios. Roberto Coppo me contó que esa empresa había sido armada por el ERP.
—"Este libro intenta recoger el sentido de esa experiencia", decís a propósito de las expectativas que había en 1973 y de su frustración. ¿Cómo formularías ese significado?
—El sentido está en hacer historia, contar los hechos no anecdóticamente sino pensarlos desde un lugar de la acción y desde objetivos muy claros de los grupos en conflicto, y de la interacción de esos grupos. El libro tiene una narración periodística, arma un panorama y de alguna manera se aproxima a la revelación del punto de origen de la violencia en la década del 70, que ya venía de antes pero en el 70 entra en una dimensión mayor. Todos los elementos del período después se repiten a escala mayor, tanto en 1973-1976 como de 1976 en adelante. Por primera vez se desarrolla el foco urbano, por primera vez empiezan a funcionar mecanismos de represión ilegal, que ya no es excepcional como pudo ser el secuestro de Juan Ingallinella en Rosario. Las Fuerzas Armadas ya estudiaban en las academias militares cómo reprimir a la guerrilla, un obrero que salía a la calle a reclamar por su puesto de trabajo o su salario era el mismo enemigo que el que participaba en una acción armada. En este período se ve cómo el Estado inicia la represión ilegal sin que la Justicia actúe como contralor. No creo, como dice Yofre en Volver a matar, que hubiera entonces una oportunidad de justicia. Los mecanismos legales no estaban resguardados, las fuerzas de seguridad detenían a militantes y se armaba una ficción judicial a través del Camarón (fuero especial creado por la dictadura de Lanusse, N. de la R.), sin que hubiera instancias de apelación. El sentido, entonces, es hacer historia sobre el período mirando más de cerca, a través de testimonios orales.
—¿En qué lugar se sitúa Primavera sangrienta respecto de la discusión actual sobre los 70?
—Cuando hago un libro me siento totalmente libre de buscar información y de publicarla. No tengo ningún tipo de condicionamiento ideológico ni editorial. Cada uno tiene la libertad de leer lo que quiere y este libro lo permite, no baja una línea. Siempre me gustaron los libros que dejan margen para pensar. Me juego por reconstruir la historia, por producir conocimiento.
El secuestro de Sallustro y la ejecución del general Sánchez
"Lo de Sallustro iba a ser para las masas, y lo de Sánchez para los presos. Nosotros íbamos a secuestrar a Sánchez. Ese era el plan. O sea, Sallustro para reincorporar a los cesantes... y plata. Y lo otro era una acción de guerra, para canjear los presos, los presos de la dirección, después negociábamos por todos. Nosotros queríamos dejar el antecedente. Lo habíamos chequeado al tipo. Sánchez era un reloj: a las nueve de la mañana salía. Vivía en bulevar Oroño y Rioja, daba vuelta por San Juan o San Luis, para no ir de contramano, y de ahí para el comando con un suboficial, su chofer. Sánchez iba en el asiento de atrás. Normalmente llevaba a su mujer, él bajaba en el Comando y la mujer seguía. Nosotros no íbamos a llevarnos a la mujer, tenía que ser un día que estuviera solo. Nosotros (PRT-ERP) queríamos secuestrarlo, pero las FAR decidieron su ejecución. ¿Por qué no lo secuestramos? Porque el Tordo (Osvaldo De Benedetti) había hablado por teléfono desde una casa que cayó en Buenos Aires. Me había llamado a mí a la casa donde estábamos construyendo la cárcel, una cárcel del carajo. Una cagada. Él mismo lo reconoció. Él habló desde una casa pública. No podés hablar a una cárcel. Y después, esa casa cayó. Entonces nosotros retiramos el llamado de la lista, porque teníamos un contacto en el sindicato telefónico. Logramos sacarlo. Pero no confiábamos. La casa de la cárcel había quedado picada. Había que dejar correr el tiempo, dejarla enfriar. Era una casa del carajo, con sótano. Trabajó un compañero nuestro, maestro albañil. Él decía que era oficial, pero yo creo que era oficial del ERP, nada más. Pero tuvimos que abandonarla. Entonces se resolvió la ejecución directa. Y ahí estaba Mateo (Julio Roqué, de las FAR), que armó un poco la cosa".
(Testimonio de Jorge Luis Marcos en Primavera sangrienta).