Sábado 25 de Noviembre de 2023
“En esta puta ciudad / todo se incendia y se va” canta memorablemente Fito Páez en una de sus mejores canciones, y acaso la bronca que expresan esas palabras sea la misma que siente la inmensa mayoría de los rosarinos, golpeados por el auge del narcotráfico y el delito. Un libro de reciente aparición, obra de dos reconocidos periodistas, se hunde de lleno en ese drama cotidiano y reaviva con intensidad un debate tan incómodo como necesario.
La tapa de ese libro, publicado por Sudamericana, y que es continuidad y complementación del exitoso “Los Monos” (lanzado en 2017), destaca en grandes letras rojas el nombre mismo de aquello que lo ha motivado: “Rosario” -se lee, como si ese vocablo fuera un sinónimo del horror-. Y el segundo título explica: “La historia de la mafia narco que se adueñó de la ciudad”. Con el objetivo de charlar a fondo sobre lo que con tanta precisión se narra en sus 349 páginas nos juntamos con uno de sus autores, Hernán Lascano (el otro es Germán de los Santos, del diario La Nación). No nos costó ningún trabajo: Lascano trabaja en La Capital, donde durante largo tiempo se desempeñó como jefe de la sección Policiales.
Mario Vargas Llosa inicia una de sus grandes novelas, “Conversación en La Catedral”, con una recordada frase: “¿Cuándo se jodió el Perú?”. Le robo la fórmula: Hernán, ¿cuándo se jodió Rosario?
La tentación es contestar aludiendo al momento del alza notable del delito. Pero el fenómeno criminal también se expande porque mucha gente se quedó desconectada de una forma de ciudadanía que pasaba por tener un laburo estable, recreación, alimentarse bien, tener horizonte en definitiva. Es cierto que eso no sólo pasó en Rosario pero acá, donde el trabajo en el Estado no es tan marcado como en otras ciudades, en las zonas más fragmentadas llevamos desde el final de la dictadura cuatro generaciones que crecieron en el desempleo, sin registro de lo que es acceder a una casa o a la movilidad que en otro tiempo dio la educación. Ese desamparo de un 40 por ciento de personas con problemas de ingreso fue donde la economía criminal de la droga encontró su mano de obra pero también un modo de ser y dar sentido a la vida. Creo que el momento de quiebre violento fue con la fabricación de cocaína en Rosario que acá en el diario empezamos a registrar en el año 2000 y creció mucho hacia 2010. Eso inundó la ciudad de esa droga, generó grupos que se apropiaban de su enorme rentabilidad y disputaron de forma sangrienta sin un sector claro que prevaleciera y ordenara. Ningún partido político vio el fenómeno. La policía empezó a negociar de manera parcial con los líderes de la droga y una fuerza en apariencia cohesionada se partió en un montón de pedazos visibles. Y como la plata del negocio ilegal fluyó hacia el mundo legal la violencia tuvo buenos motivos para abrirse paso. Todo esto estalló en los últimos diez años, cuando los delitos de sangre en la ciudad se multiplicaron por tres. Todavía estamos en proceso de analizar qué pasó.
“Rosario no es Rosario. Es apenas la versión más grotesca y violenta de una realidad que se esparce por todo el país”, asegura Hugo Alconada Mon en el prólogo de la obra. ¿Suscribís esa frase? ¿O acaso se da en Rosario un fenómeno particular, que permite distinguirla nítidamente del resto de la geografía argentina?
Lo grotesco tal vez esté en la desmesura de las cifras. El fenómeno criminal es el mismo y el destrozo comunitario igual. En el conurbano hay zonas que son mucho peores, pienso en partes de Hurlingham, Moreno o Lanús, o incluso en Buenos Aires en Pompeya, la Boca, el Bajo Flores, donde los vecinos te piden en ciertas partes que no entres. Una diferencia allá en la violencia más superficial es que la policía, obviamente participando del negocio criminal, mantiene su control. En general las disputas que acá se expresan con hechos de sangre en espiral allá se sofocan más rápido porque la policía las corta. En Rosario lo que es un fenómeno extendido en el tiempo, como hecho distintivo, es su invisibilidad en la vía pública. En Rosario la policía no está. No sólo para intervenir y dominar a los factores de la disputa narco, lo que a menudo pasa, sino que se vio constantemente en los juicios, por una larga complicidad en niveles jerárquicos. Tampoco está en la respuesta del 911 cuando a un vecino le arrebatan el celular que incluso marca dónde está el aparato. Hubo un proceso político y comunitario que desintegró a una policía que tampoco era idónea pero que tenía una presencia zonal que hoy no vemos.
“Hay que matar inocentes. Si matamos a un par de inocentes se arma una revolución bárbara”. Esa terrible frase se le atribuye en el libro al narco Brandon Bay y señala una profunda mutación en los códigos del hampa. ¿A qué se debe ese cambio, sin dudas atroz?
Una característica del comercio de drogas es cómo se fragmentan los mercados y los grupos que venden. No es un problema de la droga sino de su mercado criminal, que es muchísimo más competitivo que otros rubros y genera ganancias brutales y rápidas. Prevalecer ahí exige una violencia que borra toda noción del otro. Un capítulo del libro, “La crueldad”, cuenta cómo aparecieron formas de sadismo que no eran rutinarias hace veinte años. Ejercer la autoridad no sólo mueve a hacer atrocidades sino especialmente a mostrarlas, es un aspecto de la competencia y hay una lógica económica ahí. No habíamos visto que secuestren a alguien al azar y lo ejecuten frente a la cancha de Newell’s para mandar un mensaje a una banda rival. O que un transero que cree que una chica le robó plata la filme mientras la tortura para pasarle el video a su jefe que está preso. Muchas de estas cosas ocurren en territorios segregados y las hacen personas que nacieron soportando una violencia y una humillación enormes. La marginación que está en varios sectores de la ciudad genera guetos y anula el intercambio humano. ¿Puede ser el otro valioso para mí si yo para el otro no valgo nada? No es que esto no se sepa en Rosario, pero hay una negación al respecto que nos enferma como sociedad. Lo primero que se nos ocurre es mayor vigilancia o la cárcel. Y las cárceles explotan como nunca y el problema en la calle no deja de agravarse.
Si utilizáramos una terminología emanada de las películas policiales, podríamos afirmar que el relato está poblado de “villanos”, pero en contraposición no se vislumbran héroes. ¿Me equivoco?
En el libro, que es un recorte de lo que pasó y no todo lo que pasó, intentamos ir sobre la violencia, sus formas y sus factores. Ahí están los que la practican. Pero la necesaria contracara de la violencia son los negocios donde los actores están más desdibujados. En Rosario a los narcos sangrientos les toman dinero en financieras, les vendieron lotes en barrios privados, les levantan fortunas en la sala VIP del casino, les dieron cuotas de fideicomisos administrados por gente que está en instituciones respetadas. La idea no es mostrar villanos, o en todo caso señalar que los que parecen eso son tipos que salen de la ciudad, aprovechan opciones en la ilegalidad y construyen sus vidas con gente de la ciudad, aunque no todos tengan la misma visibilidad. Los que toman el dinero de la violencia generan un incentivo para que la violencia siga, pero el reproche social casi no los toca. No fuimos sobre esa oposición del género policial héroe y villano, es cierto. Nos interesaba mostrar lo mezclado que está todo, cómo en unos casos la violencia produce conmoción y en otras está naturalizada. Está el caso de un chico que toma un préstamo con usureros colombianos para ponerse un carro de verdulero. Se atrasa en un pago, le pegan un tiro y lo dejan de por vida con una bolsa de colostomía. Ese pibe es de Vía Honda, no tenía nada y quiso ser un comerciante. Pero con toda lógica pudo ser un gatillero porque nació en la pobreza total. Eso no lo vemos nunca cuando aparece la violencia. Recuerda un poco a la frase del inicio de “El gran Gastby”, de Scott Fitzgerald, cuando el padre le dice al hijo “antes de juzgar al otro considerá si tuvo tus ventajas”. No es para conformarnos, sino para intentar comprender lo que hay que cambiar para armar una sociedad más vivible.
La política santafesina aparece como una de las grandes responsables del drama: “…los que investigan delitos tienen menos de la mitad de dinero para investigar y pagar sus salarios que la política para repartir en subsidios”, se explicita. ¿A qué se debe que la provincia permanezca aún en ese pantano?
Creo que toda la dirigencia estatal, no sólo los políticos sino las personas que están en las instituciones estatales, fue sorprendida por la dinámica de un fenómeno que nadie vio venir. Y casi todos se quedaron haciendo lo que hacían. La Justicia tardó diez años en reaccionar pero a los actores del fenómeno criminal los conocían. Y la política con representación no generó capacitación para enfrentar el problema criminal ni lo estudió a fondo, se metió en disputas patéticas mientras los cadáveres se apilaban en las calles, siguió con las lógicas del toma y daca, fue incapaz de coordinar planes estatales de largo plazo. Con eso nos jodimos todos. En 2020 mataron a un apostador en el casino. Tirando de ese hilo se advirtió que había una estructura para explotar el dinero del juego. Investigando eso se supo que el capitalista ilegal le pagaba sobornos al fiscal regional de Rosario y asomó la veta de la corrupción política. Ese fiscal regional ignoto había sido designado por un acuerdo legislativo de cúpulas muy oscuro y la misma Legislatura que lo nombró lo echó a patadas. Todo eso en Santa Fe lo hizo la legalidad. Nada de eso está revisado.
Estremece, también, comprender el siniestro rol que en esta trama cumple la policía. ¿Cómo enfrentar tan elevados niveles de corrupción institucional?
Me imagino que lo primero es tomar la decisión de hablar de eso. Hasta ahora lo hemos ocultado bastante o no hemos ido a fondo. En algún lugar del libro decimos que la violencia es el hijo bastardo de la ciudad, una construcción muy propia a la que no le aparece ningún padre. Hay que revisar y explicar por qué tal político bancó a tal policía, por qué hay estructuras judiciales y estructuras legislativas que trabajan en tándem, por qué determinados estudios jurídicos usan a las fiscalías penales para negociar acuerdos de dinero. Y la policía tiene mil pecados mortales, es una parte integrante y activa de la criminalidad, pero muchas veces que se quisieron mostrar sus conexiones hacia arriba las causas se frenaron. No es sólo capacitación y mejores salarios, que obviamente son imprescindibles. Romper esquemas de negocios donde la policía está integrada es una decisión política y es costosa. Porque no se agota todo en la policía.
Volvamos a Rosario, a la que en el libro se describe, por ejemplo, como “la ciudad más violenta del país” o “ciudad con el alma rota”, pero de la cual también se destacan su potencia y su característica de fábrica de talentos en ámbitos diversos, que van desde el deporte a la ciencia y las artes. ¿Por dónde pasa la esperanza para tan castigado tejido social?
El espíritu de la ciudad y su personalidad son muy vigorosos. acá hay novedad, imaginación y arte. Nuestro rol es ser cronistas urbanos y no tenemos las soluciones. Pero como ciudadano de Rosario estoy seguro de que podemos estar mucho mejor. Y la salida es planificar una ciudad con menos contrastes, con menos gente abandonada en su fragilidad: para generar seguridad, primero hay que generar convivencia. Hay un fenómeno muy duro con cada vez más chicos criados en las cárceles porque allí están sus padres, con la explosión de las adicciones que destroza hogares, con los ataques que traen su venganza. Eso rompe la cohesión social. Necesitamos un umbral razonable de bienestar. Creo en la planificación de la política y de las empresas y entidades de la sociedad civil, con acuerdos básicos de largo plazo sobre cómo recaudar de manera progresiva y cómo emplear los recursos. Esta ciudad está llena de luz. La política, que no son sólo los políticos, tiene la obligación de hacerles sentir a los ciudadanos que no están solos.