Domingo 04 de Octubre de 2020
Es un personaje muy particular dentro de la escena cultural rosarina. Cultísimo, irónico y refinado –y de una ética inquebrantable–, se desliza entre la plástica y la literatura con versatilidad atípica. En los últimos años, sin embargo, Rubén Echagüe se ha volcado con minucioso fervor a la poesía. Su último libro tiene un elemento especial que lo torna aún más atractivo para quienes siguen su obra: encerrado, como todos, en la interminable cuarentena, Echagüe empezó a escribirla. La transformó en libro. Poemas de la peste, recientemente publicado por el reconocido sello Ediciones en Danza, que dirige el poeta Javier Cófreces, agrupa una serie de exquisitos textos donde el lenguaje y el paisaje se confunden en un abrazo único, cruzado por relámpagos de erudición y ramalazos de negro humorismo.
En diálogo con Cultura y Libros a través del correo electrónico (como corresponde a esta oscura época de distanciamiento físico), Echagüe –que fue director del Museo Castagnino y la Biblioteca Argentina– contó la historia de su última obra y explicó cuáles son las leyes que rigen su singular universo de artista a caballo entre dos mundos.
–Tu vida como artista implica un constante ir y venir entre la plástica y la poesía. Contame algo de eso… ¿Cómo surgen las dos vocaciones? ¿O es una sola?
–A decir verdad yo tuve –ahora no, por supuesto, porque hoy sonaría como un desequilibrio senil–, “más” de dos vocaciones. De joven también me interesé por la música, a punto tal que integré el Coro Estable de Rosario y el Conjunto Pro Música, lo que me permitió entablar relación con el inefable Cristián Hernández Larguía, un genio en toda la línea, y que tiempo más tarde disfrutó mucho con la ironía de mis textos.
Y en lo que toca al “ir y venir entre la plástica y la poesía”, si bien hice una pequeña muestra de mis objetos el año pasado, pienso que ahora se trata más de un “venir” de la plástica hacia la poesía, aunque Gary Vila Ortiz haya dicho que mis poemas se parecían a mis objetos, y Beatriz Vignoli haya escrito que, mediante mis collages, estoy haciendo literatura desde hace tiempo…
Es que entre el ejercicio de la plástica y el de la poesía tal vez haya un nexo que no siempre es muy explícito, pero que pasa por la claridad formal, por el obsesivo perfeccionismo que no deja nada librado al azar, por la yuxtaposición de datos aparentemente inconexos (otra vez el collage) pero que, puestos en contigüidad, adquieren otra dimensión expresiva… por la recurrencia de la cita histórica…
Las dos vocaciones me acompañaron siempre, y aun en la época en que estuve más ligado al mundo de la plástica –incluso desde la función pública–, parece que todo lo que escribía (referido a la plástica) tenía invariablemente un “tufillo” poético que me delataba.
Pero con la poesía propiamente dicha se nota que he sido muy cauto, muy púdico y hasta muy tímido, te diría, y es por eso que me atreví a abrazarla, de lleno, recién hace siete años.
–Vamos a tu último libro, centrado en la pandemia. ¿Considerás que estamos frente a un tajo civilizatorio?
–Poemas de la peste tiene mucho de catártico y eso es lo que perciben los lectores, que se identifican con el sarcasmo, el delirio y el humor negro, como válvulas de escape para mitigar esa presión casi insoportable a la que tanto la pandemia como las medidas para combatirla nos tienen sometidos.
Al epígrafe que usé como encabezamiento lo tomé de Franz Kafka y dice: “–¿Es así realmente, o me engaña la fiebre?”.
Entiendo que ese epígrafe condensa inmejorablemente el contenido del libro, pero fijate que en otra traducción del cuento Un médico rural -de allí lo extraje-, se habla del “delirio de la fiebre”, y en tiempos de restricciones tan feroces como los que vivimos (por más que se trate de restricciones sanitarias), delirar es saludable, es una forma de la purificación aristotélica.
En lo que respecta a la pandemia como tajo civilizatorio, para mí nuestra civilización ya venía muy malherida -García Lorca diría “¿No ves la herida que tengo / desde el pecho a la garganta?”- y la pandemia solo se encargó de gangrenar el tajo. Por eso necesitamos tanta terapia intensiva.
–Con este libro entrás de lleno en una corriente que incluye, entre otros, a Defoe y Camus. ¿Creés que la poesía tiene algo concreto para decir en este momento histórico tan complejo?
–Antes que nada, gracias por la mención que hacés –aunque sea al pasar– de nombres tan gloriosos.
La poesía siempre tiene algo concreto para decir y eso vos lo sabés de sobra, ya sea que cante la cólera de Aquiles o el amor entre dos calamares, como lo hace en un delicioso poemita el coreano Choi Seung-ho: “Esa pareja de calamares / abrazados diciéndose que se aman / mantiene la costumbre de estrangularse mutuamente”.
En cuanto al momento histórico que nos toca vivir y que, como bien señalás, es tan complejo, presumo que la poesía lo reflejará según la sensibilidad de cada autor; yo tuve necesidad de traducirlo en estos poemas en prosa que, desde el absurdo, tienen la ilación de pequeños relatos, y giran alrededor de esa promiscua familiaridad con la muerte a que nos ha obligado la pandemia. De ser una sociedad que arrumbó a la muerte en un desván para no tener que verla –ni que pensarla–, pasamos, sin solución de continuidad, a tener que bailar una impensada danza macabra que, naturalmente, no entraba en nuestros cálculos.
–Hablemos de poetas. ¿Quiénes son tus preferidos, tus referentes, aquellos a quienes volvés siempre?
–En materia de poesía y de poetas tengo un gusto muy ecléctico… Puedo deleitarme leyendo tanto a Quevedo, a Lope o a Calderón de la Barca, como al incendiario Conde de Lautréamont, que no vacila en proclamar –sin pelos en la lengua– “Mi poesía consistirá en atacar al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiese debido engendrar esa carroña”. Este pseudoconde montevideano que murió en París con solo veinticuatro años, al margen de su negrísimo humor… ¿hablaba claro o no?
Pero no me seducen menos la inteligencia y la ironía tan sabiamente dosificada de Wislawa Szymborska –¡su Primera fotografía de Hitler es impagable! – o la hermética erudición de los Cantos de Ezra Pound…
Y los poetas chinos… que bajo la dinastía T’ang se contaban por miles (varios de mis Poemas de la peste están ambientados en una estereotipada China imperial de cartón piedra, tan ridícula y chapucera como una escenografía de Turandot).
Y Ovidio, Catulo, Marcial, Jorge Manrique, Artaud, Verlaine, Kavafis, la doliente Alejandra, ¡la Biblia!, y también Henri Michaux que –salvadas las siderales distancias–, fue poeta y a la vez artista plástico…
-Uno de tus rasgos característicos como poeta, junto con el gran trabajo del lenguaje, es el apelar al ayer (o al anteayer) para remitir al hoy. ¿Qué nos dice ese pasado que pueda ser útil para enfrentar este dramático presente?
–Es cierto lo que decís… así como no tengo “color local” –lo cual es algo que a alguna gente le disgusta–, mis poemas, y particularmente estos Poemas de la peste, mezclan alusiones a épocas históricas diversas que, con ese truco, se vuelven insólitamente simultáneas.
Calzar al representante de China ante la ONU con babuchas de seda, levantar pirámides escalonadas en las calles de una ciudad que podría ser Rosario o referirme al coronavirus como si se tratara del emperador Heliogábalo, es un juego que me gratifica muchísimo… Se trata de poner en entredicho el carácter monolítico del tiempo, para poder rearmarlo como un puzzle defectuoso, en el que las piezas no encajan del todo bien, y así demostrar que el drama del género humano fue y seguirá siendo siempre el mismo. Con celulares o sin ellos, con o sin tatuajes y con o sin WhatsApp, nacemos, sufrimos y al fin volvemos a una nada sin retorno, como ya lo hicimos en la época de Amenofis IV, de los Médicis o del Papa León XIII. Eso es lo que nos enseña el pasado… o el recurso poético de mezclar pasado y presente, y armar con todo eso un batiburrillo caótico: que somos finitos, que nada es para siempre, que “todo verdor perecerá”, y que como reza el final del bellísimo epitafio de Sancho Panza: “¡Oh, vanas esperanzas de la gente! / ¡Cómo pasáis con prometer descanso, / Y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!”.
-¿Cómo es tu vínculo con Rosario? ¿Amoroso, conflictivo? ¿Cómo ves a la ciudad frente a la pandemia?
–¿Qué me querés hacer decir? No hablemos de Rosario, que es una entelequia; hablemos de los rosarinos… de esos rosarinos con que nos cruzamos y nos saludamos en la peatonal Córdoba, entre Corrientes y Laprida…
Con respecto a esos seres te repito lo que te dije hace ya mucho pero mucho tiempo: los rosarinos creemos que si hacemos las cosas bien, con el tiempo nos vamos a recibir de porteños. Nos afecta mucho la cercanía con la cabeza del monstruo, cosa que no ocurre con ciudades que están ubicadas en alguna de las puntas de sus tentáculos, como Jujuy o Río Gallegos.
Además estoy convencido de que somos consumidores compulsivos de mitos.
Alguien desde un lugar de poder fabrica un mito, lo envuelve en papel celofán –¿existe todavía el papel celofán?– y los rosarinos hacemos cola para comprarlo antes de que se agote el stock.
Y esto tiene que ver incluso con la pandemia: unos meses atrás teníamos el sistema sanitario más eficiente del mundo; éramos una fortaleza iba a ser capaz de tomar por asalto. Hoy –como era de esperarse– estamos tanto o más complicados que Nueva York, Londres, París o Jabalpur –en India–, y nuestros gobernantes ya no saben qué hacer para que el “negro y tétrico portaaviones” (como digo en uno de mis poemas) no naufrague.