Sábado 24 de Noviembre de 2018
1832, Francia. Evarist Galois tiene 20 años y es la última noche de su vida. Él lo sabe: al amanecer un coche lo va a conducir a un duelo que perderá. Se enfrentará a un mercenario al servicio de la policía imperial. Llegó a ese punto por una mujer que lo engañó, también al servicio de la policía imperial. Los lacayos de Luis Felipe I lo quieren muerto después de haberlo tenido preso por amenazar de muerte al rey. La cárcel no lo aplacó: siguió fiel a su irascible honor bonapartista. Lo enferma la mansedumbre de sus compañeros y solamente encuentra calma en sus cálculos geométricos.
Unos años antes su padre, alcalde de un pequeño pueblo, se suicida como forma de dejar un mensaje a los obispos y políticos traidores a la revolución. En la carta de suicidio le dice a su hijo que no odie a los hombres, que odie las ideas: "Porque los hombres mueren y las ideas no". Ese consejo no le fue fácil al joven Evarist porque ya no supo a quién desearle la muerte. Estamos en su última noche de vida. No lo abruma la muerte sino dejar inconclusa su obra matemática. Nadie cree en él, la academia lo rechaza, los grandes matemáticos que podrían comprender su postulado están muertos y salvo un amigo —un gordito espiritista y bonachón— todos lo tienen por loco. Pero él sabe que es el único hombre en la tierra capaz de resolver una ecuación de quinto grado y que posee la fórmula para eso: ya la escribió una vez y la mandó a la academia francesa pero el manuscrito —sin copia— se perdió. Y ahora va a morir, incomprendido, dejando estancada la evolución algebraica y a la humanidad quién sabe por cuánto tiempo. Rápidamente hace cálculos: cantidad de horas de vida (no más de 10) dividido cantidad de páginas por hora. El cálculo no cierra: necesitaría por lo menos 100 horas escribiendo sin parar. Es preciso condensar para al menos dejar sentadas las bases. Frenéticamente Evarist Galois escribe en su última noche de vida los principios de la teoría algebraica que revolucionarán la matemática moderna.
Al alba un coche lo conduce a enfrentarse con mercenarios al servicio de Luis Felipe I. Queda malherido y abandonado en el bosque y un paisano lo lleva al hospital. Moribundo recibe a su hermano menor. El chico llora y Evarist dice su última frase: "¡No llores! Necesito todo mi coraje para morir con veinte años". Acto seguido, la muerte. Esa tarde su amigo recibe los manuscritos con indicaciones para que sean copiados y enviados. Con los manuscritos hay una nota: "Confío en que algunos hombres encuentren provecho en organizar todo este embrollo".
1938, Estados Unidos. Leopold Infeld tiene 38 años, es polaco y está exiliado en Norteamérica. Es físico y tiene una cátedra en Princeton. Conoce a Einstein y trabaja con él. Está ocupado revolucionando la física y sin embargo el dolor del exilio lo sigue a todas partes. Para combatir la nostalgia se encuentra a beber con otros exiliados polacos. Hay matemáticos, químicos, historiadores, filólogos, músicos y un amplio etcétera. En el café hacen lo que hacemos todos en un bar frente a un vaso de vino: hablan. Pero del otro lado del océano se está iniciando el genocidio más feroz del siglo y los que mueren son sus hermanos. Hay que imaginar entonces la intensidad de las charlas de estas personas que se reúnen para aliviar el dolor. Se cuentan historias e intentan reír. Una tarde Infeld menciona el nombre de Galois: "Uno de mis amigos —escribe Infeld—, un escritor, me pregunta quién era Galois. Le conté la historia de la vida de Galois. Dijo: «Es una historia asombrosa. Debe escribirla. Escriba un libro sobre él». Contesté que estábamos en guerra y que tenía muchas ocupaciones. Pero tenía una respuesta a mi objeción: «Si está ocupado, necesita descanso. El único placer que procura el escribir consiste en hacerlo para descansar». Argüí que hay muy pocas fuentes y que es mucho lo que ha quedado inexplicado acerca de la vida de Galois. Mi amigo se mostró aún más entusiasta: «Eso es excelente. Ningún escritor que viva de notas al pie de página podrá decir que usted está equivocado. Puede inventar según le antoje»". Infeld se va del bar y antes de regresar a su casa pasa por la biblioteca de Princeton para buscar libros porque es viernes y quiere leer algo el fin de semana. Allí recuerda el consejo de su amigo y pide todo el material sobre Evarist Galois. Ese fin de semana algo sucede. Algo nuevo entra en él y opera sobre el dolor y la nostalgia. Leopold Infeld lo explica así: "Me ocurrió algo que es muy difícil de explicar a quien no le haya ocurrido. Me enamoré de la Francia del siglo XIX. Durante los años de la guerra pensar en Francia y en Galois fue para mí y para mi mujer una evasión necesaria en tiempos de temores, dudas, adversidades. Dediqué todo mi tiempo libre a estudiar la vida y la época de Galois. Y por cierto, en la historia de Galois hay dos figuras centrales, ambas igualmente importantes: Galois y el pueblo de Francia".
Leopold Infeld entonces sigue el consejo de su amigo y escribe El elegido de los dioses: la historia de Evarist Galois, una novela en la que los personajes centrales (Galois y el pueblo de Francia) son narrados maravillosamente por un hombre que nunca volvió a escribir una historia. Con El elegido de los dioses alcanza. Para combatir el dolor de la nostalgia escribió una de las más extraordinarias novelas biográficas que haya leído.
Pero el alivio dura poco. Otros dolores de la historia sacuden al físico escritor: los norteamericanos aniquilan Hiroshima con la bomba atómica y él se dedica al activismo por la paz. El gobierno norteamericano lo acusa de comunista y se exilia en Canadá. Desde allí viaja a la Polonia soviética para colaborar con la reconstrucción de la academia devastada por la guerra. Los canadienses temen que revele secretos relacionados con el armamento nuclear y le quitan la ciudadanía acusándolo de traidor. Infeld no tenía ningún secreto porque estaba especializado en una rama de la teoría de la relatividad que no tenía relación con las armas nucleares.
Un nuevo y definitivo exilio en la vida de Leopold Infeld, que se queda dando clases en Polonia hasta su muerte. Los cronistas de su vida cuentan que hasta su último día siguió entrando a la Francia del siglo XIX y a la vida de Evarist Galois y hay quienes juran que la muerte lo encontró herido de bala en un bosque a las afueras de París una luminosa mañana de 1832 y no en su casita cubierta de nieve en el centro de Varsovia, herido de vejez y de nostalgia.