El buscador de maravillas
El destacado poeta rosarino falleció a principios de agosto pasado. Sus amigos e hijos lo recuerdan

Domingo 23 de Octubre de 2022

Año 1987, una compañera de mi primer laburo me regala un libro. Canciones del jardín de Robinson de un tal Hugo Diz. Al abrirlo, como siempre al azar, lo primero que leí fue: “Emerger consta de folios y páginas laceradas…” de un poema llamado Desear lo posible y algunas hojas después un epígrafe: “Y muda en dureza la bondad mas honda, si pide el mendigo dos bocados”.

Busqué a Hugo una noche a la salida de su trabajo, nos cruzamos al viejo bar La Capital donde café de por medio el pibe de 21 años que había cruzado la ciudad desde Barrio Refinería en el expreso Alberdi, conocía por primera vez a un poeta de carne y hueso.

De allí en más Hugo fue un amigo que nutrió mi perspectiva de luces y sombras, recorrió ese códice urbano de humor, tristeza, amor, lucha que legaron nuestros mayores y que nos obliga a repensarnos, aportar, callar, nunca ignorar.

A través de el llegaron otros amigos, una red de luces de las que se desprendían nombres de poetas y músicos rosarinos, argentinos hasta entonces invisibles a la distancia. La comunicación era fruto de caminar, charlar mano a mano, pasarse libros, discos, hurgar en las fichitas de la biblioteca argentina. Así llegó El arco y la lira de Paz que me prestó, fotocopié e hice encuadernar con un detalle de letras doradas. Todavía conservo el recuerdo de aquella primera lectura como una grandiosa brisa.

Descubrir una mañana de domingo, a través de la llamada de un amigo, que un poema tuyo fue publicado en el diario porque gustó y punto.

Hugo llevó consigo el encanto de una palabra a mano, aquello que una ciudad sensible y amada pide a sus hijos. Queda su obra, sus poemas, esa palabra a mano, política, amorosa, los recordados ciclos de La poesía en los bares en el que tantos participamos y nos inspiramos, festivales, revistas, el tizne de su voz sobre un lienzo, un collage exultante, un regañadientes lunfa atorado entre dos generaciones, el ojo abismado en la búsqueda de belleza, la ilusión de encontrarla.

Como decía Nietzsche las verdades son ilusiones y Hugo fue un tipo que las sembró, como pudo con errores y aciertos puso al alcance de muchos un lugar de encuentro y tendió puentes dentro de nuestra querida aldea. Eso es valioso, eso esta presente. Gracias por haber venido Hugo Diz y te abrazo oyéndote: “Creí en lo que había que creer, soñé en lo que había que soñar. Hoy no creo ni sueño, busco la maravilla”.