El brillo de nuestras bibliotecas en la noche
El mundo se mueve cada vez más velozmente, a pesar de la pausa forzosa provocada por la cuarentena. ¿Y hacia dónde va? Mejor no preguntar demasiado

Domingo 03 de Mayo de 2020

Hace tres días estábamos en los años 90. Ahora, hace cinco minutos, ya estamos en la tercera década del siglo XXI. ¿Qué es lo que pasó en el medio? En el medio ocurrió el Momento Internet de la Historia. Fue un momento que se caracterizó por la extensión de las fuerzas tecnológicas a todos los órdenes de la vida: la política, la economía, la cultura, el medio ambiente, la educación. Antes, hasta los años 90, se trató de la preparación del terreno. Y ahora se está imponiendo una nueva era: la de la medición de la vida, la era de la cuantificación y parametrización total de todos los aspectos de la existencia humana.

Para Éric Sadin, autor de libros como La silicolonización del mundo (Caja Negra, 2018), vivimos tiempos muy veloces. "Es todo tan veloz". Y son tan veloces las cosas que están sucediendo que es precisamente ese el hecho capital de nuestro tiempo.

Hace 15 días estábamos en la década del 60 del siglo XVIII. Allí, James Watt todavía está haciendo sus pequeñas modificaciones a la máquina de Newcomen. Y está a punto de realizar el invento más importante de la historia: la máquina de vapor, la máquina que comenzó con el proceso de la aceleración del mundo. Una semana después de eso, y ya estamos en el siglo XIX. Estamos en julio de 1858. Dos barcos llevan siete cables de cobre enrollados por lado. Cada uno desde una costa diferente del Atlántico medio, desde la isla de Valentia —en Irlanda—hasta Heart's Content —en Terranova—. Y el 29 de julio de 1858, los dos barcos se juntan y hacen la unión. El 16 de agosto se envía el primer cable telegráfico transatlántico de la historia. Algunos días más tarde, ya estamos en el año 2011.

Es 28 de octubre en Vandenberg, California. La Fuerza Aérea de EEUU acaba de lanzar el satélite Suomi. Diseñado para estudiar el cambio climático de la Tierra y dotado de un ojo electrónico cientos de veces más sensible que los ojos de los satélites anteriores. Algunos años después conocemos el mensaje. El resultado es el Mármol Negro: nuestro planeta en Oscuridad Brillante. Un mapa ensamblado del mundo hecho de miles de imágenes tomadas por el satélite Suomi durante más de 312 órbitas alrededor nuestro. El mapa es una mancha incandescente, con millones de hilos de filamentos brillosos pasando por las principales ciudades del planeta. El Mármol Negro revela el gran impacto que la electricidad ha tenido sobre el mundo. Y el Mármol Negro nos muestra cada foquito de luz que hemos encendido. ¿Todos los foquitos que esta noche están encendidos a las tres de la mañana? Roberto Arlt, que alguna vez escribió aquel aguafuerte de las "ventanas iluminadas", con un aparatito así estaría contento: "¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar un hombre? ¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?" —escribió Arlt alguna vez, en la tercera década del siglo XX—. Ahora las preguntas de Arlt se vuelven "respondibles". Por estos días de insomnio, todos tenemos algo de James Stewart escrutando el mundo desde el interior de La ventana indiscreta, la película de Alfred Hitchcock. Y sin embargo, son tantas las ventanas iluminadas a las tres de la mañana en estas noches, que ni con el auxilio del satélite Suomi nos es posible realizar el escrutinio.

Los seres humanos somos seres "redíferos". Vivimos en red. Amamos las interconexiones y las redes. Si superponemos el tendido de los cables eléctricos a la imagen de las redes de autopistas y carreteras, y las sumamos a la red de Internet Submarine Cable Maps, lo que tenemos es un planeta atrapado adentro de las grandes redes que le hemos puesto. Nosotros somos las termitas. Nosotros somos el virus carcomiendo nuestra morada desde adentro. Podrá parecer un pensamiento de ciencia ficción. Pero en www.worldometers.info/ se puede ver la velocidad del hormiguero humano latiendo por minuto. Ver en ese reloj la velocidad a la que corren las unidades y las centenas, puede causar escalofríos: 7298130160, 7792797258, 7792797944.

Es el Reloj de la Población Mundial moviéndose a la velocidad de dos nacimientos por segundo, 7.200 personas por hora, 172.800 habitantes nuevos en el planeta Tierra cada 24 horas. Cada siete días, la cantidad de habitantes que tiene una ciudad como Rosario nace en el mundo.

Entre los años 2011 y 2017, la humanidad pasó de 6 mil millones a 7 mil millones de habitantes. Aumentar esa cantidad de habitantes a la humanidad antes le había llevado 1.800 años. Llevó los primeros cincuenta años de la primera mitad del siglo XX que la humanidad aumentara así. Y bueno, ahora sólo nos está llevando menos de 10 años hacerlo.

Es aquí donde este ensayo hecho de datos, o esta pequeña historia de la aceleración de la humanidad, entra en un camino que se bifurca.

El Camino A

Si tomamos por el Camino A, es difícil no desembocar en una reflexión sobre el aumento de la demografía en el mundo, o sobre la importancia del cambio climático.

Si de la aceleración de la historia se trata, hay otro índice que nos marca la velocidad a la que la humanidad viaja en el presente.

Y es el dato del calentamiento global. En los últimos 22 años, el Planeta se ha calentado más que en los últimos cuatro millones. Y así es como nos estamos acercando al punto que los científicos llaman el Punto Clave, el punto crítico en el que la Tierra ya se hace cargo del asunto y comienza, por sus propias vías y a fuerza de tsunamis y erupciones volcánicas, a reforzar el calentamiento. Los pronósticos dicen que la línea del Ecuador y toda Europa colapsarán. Y que donde allí hubo Museos del Louvre y Torres Eiffel, dentro de unas pocas décadas sólo quedarán desiertos. “Nosotros” lo estamos haciendo. A fuerza de fast food y de encendido de lamparitas eléctricas a las tres de la mañana. De allí que para muchos, la verdadera política cultural será aquella que conmine en lo inmediato a radicalizar auténticos cambios en el estilo de vida. Los freeganos -abstemios del consumo industrial y que buscan comida en los contenedores- están en el ala de punta de esas nuevas políticas del mundo. Y los dueños de las fábricas que emiten gases contaminantes, y los lectores insomnes de literatura que prenden luces a las tres de la mañana, estamos entre los verdaderos peligros de la especie humana.

En China ya no se habla de cambio climático —esa es la denominación norteamericana del problema—. Ellos hablan de “desarrollo ecológico”. China es el segundo país del mundo emisor de gases de efecto invernadero (GEI). Por eso están a la cabeza en la inversión ecológica, y pasando todos los aparatos que tienen algún botón de encendido a la energía solar o a la electricidad eólica. Estados Unidos, en cambio, ya se ha salido del Acuerdo de París, el que comprometía a los países del mundo a bajar las emisiones de gases de efecto invernadero. El 1º de junio de 2017 Donald Trump anunció la salida.

Estos avatares sobre el futuro nos meten en una espiral que trae al siglo XXI peligrosos argumentos malthusianos que nos llegan desde el siglo XIX: las epidemias, las guerras y las catástrofes climáticas son las formas que el planeta tiene de mantener a raya la insuficiencia alimentaria en un mundo de recursos naturales escasos. Y que ya posee el 100% de sus superficies explotables dedicadas a la ganadería y la agricultura. Pero a la luz del aumento y la explosión demográfica, en la tercera década del siglo XXI, hasta los más refutados argumentos malthusianos es posible que vuelvan a subirse al estrado de la discusión política. Es que los malthusianos dentro de poco tendrán a su favor un aliado irrefutable: la naturaleza. Como sabemos, en el planeta Tierra la naturaleza nunca acepta que una especie tenga supremacía por sobre las demás. Y nosotros ya somos casi 8 mil millones de seres humanos respirando el poco oxígeno que circula por esa delgadísima capa de cebolla a la que llamamos atmósfera.

Nuestras redes de asfalto y de autopistas, si las estiráramos como una cinta, darían mil vueltas a la línea del Ecuador. Es esa larga cinta de asfalto a la que ahora le hemos dado un poco de descanso en las últimas semanas. La humanidad se había acelerado mucho, decía Éric Sadin. Pues bien. En las últimas semanas la humanidad entró en cuarentena e hizo una pequeña pausa.

El Camino B

Pero decíamos: con todo esto de los datos y la aceleración, nuestro ensayo entraba en un punto del camino en el que se nos aparecían dos senderos. Lo anterior correspondía con el Camino A. Si tomamos ahora por el Camino B, podemos ir a otro lugar. Un lugar que recoloca a los grandes hitos de las redes sociales contemporáneas en el sitio en el que los mezquinos arquitectos del canon alguna vez le negaron. Es que todo esto del Covid-19 alimenta mucho a la imaginación apocalíptica, la que se nutre de literatura de ciencia ficción y películas y series futuristas. Hace poco, a raíz de todo esto, un periodista en una entrevista me consultaba si después de la cuarentena no sería posible pensar en un nuevo canon literario. Sus argumentos eran más o menos los siguientes: que con las librerías y los teatros cerrados, y con los adalides de la industria paralizados y desactivados todos sus dispositivos de publicidad, acaso se volvía posible pensar en un nuevo campo cultural que se abriría camino entre la maleza del underground y el elitismo mainstream. Ajá -pensé-. Qué interesante. Estamos llegando a ser 8 mil millones de seres humanos en el planeta. Y es posible que en los próximos años lleguemos a ser 9 mil millones. Entre tantas personas aspirando todos al mismo tiempo el poco aire de este precioso mundo, hasta los nombres de Da Vinci y de Shakespeare es posible que pasen a ser el nombre de dos alfileres. Hasta ellos serán dos alfileres diminutos y pequeños, después de la explosión del planeta Tierra, flotando en la masa oscura y tempestuosa del espacio exterior. Y si eso pasa con Shakespeare y con Da Vinci, imaginemos dónde podrá quedar ese hermoso post de Instagram del influencer aspirante a escritor del momento, con sus codiciados likes. Y con esa ristra de hechos en el timeline que sus contemporáneos tanto celebran.

En 2009, el periodista de rock/pop británico Simon Reynolds hacía notar lo difícil que resultaba ya por aquellos años hacer la lista de los diez mejores discos de la década. Imaginemos lo difícil que resulta ahora hacer aquella lista no ya de los mejores discos de la década, sino cualquier lista: “La fragmentación del rock/pop ha estado operando desde que tengo memoria, pero esta década parece haber cruzado un umbral” -decía por entonces-. Si mi hipótesis es correcta, el camino de la fragmentación y la peligrosa espiral de la entropía se habían acelerado un poco. Por eso no deberíamos ver oscuramente todo lo que hay detrás de la nueva desaceleración del mundo. Nos afantasma pensar que el arte de salir a caminar por las calles pueda comenzar a desaparecer para siempre. Es cierto. Y es una pena que Facebook e Instagram no hayan también entrado en la cuarentena. Pero por suerte algunos de nosotros podemos elegir no abrir por muchos días esas cuentas. Y refugiarnos en las portentosas bibliotecas analógicas que resplandecen con su brillo en nuestras noches.

Empezamos y dejamos varios libros en una sola hora. Bajamos los ejemplares de los estantes y los llevamos hasta la mesa de la lectura, o hasta el sillón. Por un momento quedan semiabiertos sobre el parquet, debajo de un velador, inquietas páginas de los años 60. La sensibilidad de los últimos años nos enseñó a leer muchos libros a la vez. A abrir y cerrar libros en cinco minutos. Pero una noche puede ocurrir que, en una de las ventanas iluminadas del universo a las tres de la mañana, alguien reabra un ejemplar de 84, Charing Cross Road, aquel precioso libro de correspondencias entre Helene Hanff y Frank Doel, empleado de Marks & Co., la librería de Londres que le dona el nombre de su calle al título del libro. La correspondencia comienzan un 5 de octubre de 1949. Y se extiende durante los años 50 y 60, hasta la muerte de Frank y un poco más. Helene y Frank jamás se conocieron. Pero nos dejaron una de las amistades literarias más preciosas del siglo XX. Mucho se habla de que habrá un antes y un después de esta gran pausa en el mundo. Y puede que Leonardo y Shakespeare pasen a ser dos alfileres en la nueva historia del universo. Pero la correspondencia de Helene Hanff es una de las columnas dóricas del Partenón. ¡Oh siglo XX, qué hermosos libros nos dejaste!