Domingo 24 de Diciembre de 2017
Jorge Isaías posee una vasta obra poética, cuyo pathos se construye fundamentalmente a partir de los recuerdos de un pueblo rural (Los Quirquinchos) y en Calle con paraísos añosos, su último libro, a pesar de utilizar la prosa, se aferra vivamente a ese ambiente y a la época de la infancia. Lejos de querer dar un discurso despojado o de limitarse a una mera enumeración de anécdotas objetivas, calza la nostalgia en estas crónicas de aquel universo que, pese a las privaciones económicas, le resulta entrañable. Hay una mirada piadosa en la voz del poeta narrador, respecto de sus padres, sus abuelos, pero que no le impide cuestionar los modos del machismo y del sojuzgamiento de las mujeres, quienes protagonizan los últimos textos y a las que como seres silenciosos elogia particularmente a partir de una cita de Tamara Kamenszain.
La noción de Saer de la infancia como patria, citada expresamente, se da de manera plena en estas crónicas. Aparecen los amigos de aquella época, a los cuales el autor refiere conservar al día de hoy; numerosos poetas como Juan Carlos Moisés, Miguel Ángel Federik, Carlos Mastronardi, Raúl Gustavo Aguirre, Juan L. Ortiz, Alfredo Veiravé, Beatriz Vallejos, José Pedroni ―claro referente en la obra de Isaías―, entre otros, son citados en estas páginas; los que se mezclan con Chivo Bruno, Alberto Teixeira, Canario Reyes, Elpidio Guiñazú, todos ellos personajes con nombre y apellido de esa infancia que palpita en estos textos.
Así como la poesía permite cierto conocimiento del mundo, las experiencias compartidas con otros niños, en un lugar no exento de dolor y muerte pero palpitante de inocencia, fueron inaugurando el universo para Isaías quien, a pesar del transcurso del tiempo, no ha perdido la capacidad de sorpresa ante la novedad de la existencia.
En el texto que da nombre al libro precisamente se menciona una característica común de los pueblos, cual es que sus habitantes normalmente conocen los lugares por las referencias pero desconocen los nombres de las calles. Dice entonces si yo pienso en esa calle ―cuyo nombre ignoro―que pasaba (y pasa) delante de esa esquina donde mi abuelo tenía su boliche…
La lluvia y sus juegos posteriores, un atardecer que escondía al crepúsculo, las maestras, un joven enfermo que le regalaría sus telas ante un final inevitable, los celos y la tragedia, entre una constelación de personajes y anécdotas pueblerinas, nutren las calles de esta obra donde Isaías desnuda su memoria y sensibilidad. Al narrador ―difícil no decir poeta― no puede uno no imaginarlo visiblemente conmovido con la escritura.
Y como haciéndole un guiño al futuro, tratando de entregar la niñez feliz como ofrenda, dedica el libro a sus nietos, en el cual no obvia atisbar su visión sobre el origen de la poesía, una especie de fundación del sentido que se iría entretejiendo en una densa y ajustada trama donde nacerían todas las leyendas, todas las narraciones, el acto augural en esa matriz primitiva donde aprenden a escribir y a contar todos los escritores.