Diztantáneas
El destacado poeta rosarino falleció a principios de agosto pasado. Sus amigos e hijos lo recuerdan

Domingo 23 de Octubre de 2022

Poemas.

Era corrector del diario, tenía que quedarse hasta entrada la madrugada porque era el último y primer lector. Llegaba tarde a casa, dormía hasta después del mediodía, casi siempre. Él no sabía lo que era desayunar y prepararse para ir a la escuela (ni sabía de tareas, cumpleaños o figuritas). Recuerdo que era la hora de la siesta y solía pedirme que le llevara un café a la cama. Yo tendría once años. Mi mamá estaba trabajando. Mis hermanos estarían por ahí, debían tener unos cinco y seis años. Ese ratito era nuestro y mágico. Él me traía la literatura y yo... Una vez me leyó unos poemas de Alejandra Pizarnik. No entendí demasiado pero quizás fue la primera vez que sentí ese placer por palabras que no llegaba a entender, pero me encantaban. Otra vez me contó que la había conocido, era sensible y hermosa, me decía. Que cuando iba a leer a Rosario, siempre lo buscaba. Compartían el rechazo hacia lxs poetas-pose. Otra vez me contó de la vez que fue a Buenos Aires, entró a Gandhi, preguntó por Haroldo Conti y le dijeron que no pregunte más. Hacía pocos días que estaba desaparecido. A esta historia siguieron la de la amenaza de las Tres A en su propia librería y tantas más. Otra vez me contó de su foto con Borges. Otra vez me leía algún poema suyo y me lo explicaba, sobre todo cuando escondía una carcajada o una picardía. Era un ratito, pero todavía recuerdo la habitación en penumbra, yo niña entrando con la taza de café tratando de adivinar qué me llevaría ese día.

Manuscritos.

Un día me dijo: “Tomá, quedátelo”. Era un libro hecho a mano, hojas A 4 dobladas por la mitad y cosidas o abrochadas. En cada hoja, con letras de máquina de escribir, cada poema que componía algún libro. Y mil anotaciones, dibujos y dibujitos en los márgenes. Recuerdo su letra pequeña, fina, siempre a punto de terminar en un dibujo. Uno de ellos, todavía lo tengo, lo usé de diario personal; se fusionaron sus versos con mis anotaciones de adolescente dramática.

Historia.

Las charlas de sobremesa los fines de semana se extendían por horas. En esos años mis padres leían mucho sobre historia argentina, a ambos les apasionaba la política y la historia siempre venía bien para entender lo que pasaba. Me acuerdo, por ejemplo, del revisionismo de José María Rosa que leía en continuidad a San Martín, Rosas y Perón. Me mandaban a leer a Jauretche. Discutían, nunca se ponían de acuerdo. Y mientras, yo aprendía que la historia era polémica y llena de pasiones, de amores y horrores. Mi papá volvía a contar la historia con variaciones de cuando Evita le regaló la pelota. Con mi mamá nos mirábamos cómplices porque tantos cambios nos hacían sospechar de la veracidad de esos cuentos orales que él amaba inventar. A veces, eran sobremesas literarias o filosóficas. Mi mamá casi siempre le ganaba las discusiones, más lógica y racional. Mi papá, en cambio, lo que no sabía o no entendía, lo inventaba. La imaginación siempre lo salvaba de alguna encerrona.

Tecnología.

No teníamos cámara fotográfica. A veces, él le pedía la cámara a alguno de sus compañeros del diario. Ese día sabíamos que íbamos a sacarnos fotos. Hoy las veo y son fotos que me traen los gestos, la mirada de nuestras infancias. Él lograba captar algo de esos niños que quedó atrapado en esas imágenes. Unos años más adelante, mientras pergeñaba dirigir una película de Súper 8, compró un proyector: vimos una y mil veces El globo rojo, Dumbo, El pato Donald, Hijitus, El pibe… Tener cine en casa... Amaba el cine, recuerdo una vez, ya más grande, viendo con él una película de Vittorio de Sica y él me decía: “¡Mirá! ¡hasta ese perro que cruza la calle está planeado!”. Me acuerdo de la escena, una fotografía de una calle desolada y un perro que cruzaba. Con los años, se le hicieron inolvidables los westerns y ciertos rostros como James Dean, Marilyn Monroe…

Palmera.

Pocos días habían pasado y Facebook me propone que lea una noticia: “Alerta por la extraña muerte de palmeras en el bulevar Oroño” titulaba La Capital y agregaba una foto en la que se ve una palmera triste, enorme, vencida hacia adelante, una dirección sospechosamente familiar y algunas hipótesis botánicas que intentan explicar con palabras equivocadas. Les envío a mis hermanos la noticia. Los tres sabemos. Él hablaba con ella, sabía cuántos años tenía, comenta uno de mis hermanos.