Lunes 05 de Septiembre de 2022
Los pensadores antiguos advertían: “Cualquier forma de gobierno dejada a sí misma conduce al exceso provocando reacciones. La monarquía se convierte en despotismo, la aristocracia en oligarquía y la democracia queda desbordada por la ley de los números”.
Nuestra palpable realidad define que la agregación colectiva de preferencias individuales difícilmente satisface todas las exigencias de racionalidad. Demostrando que la democracia perfecta no existe, ante la eterna prevalencia de diversos tipos de coacción, propias o influenciadas para un sector de la sociedad. Demostrando ser un sistema de gobierno imperfecto en esencia, ya que su racionalidad y perfección no dependen de su origen sino de la moral de quienes lo ejercen.
Según Karl Popper: “La única ventaja de la democracia sobre otros sistemas políticos es que permite a la población equivocarse y volver a elegir evitando un baño de sangre”. Si bien resulta difícil asegurar cómo algo puede considerarse perfecto, lo terminamos comprobando cuando incluimos analíticamente el desmedido poder económico, el extenuante vedetismo más la desbordada intolerancia presente en ciertos destacados personajes públicos.
Definiendo por aspectos claramente visibles como quienes diciendo ejercer la democracia buscan combinar el viejo sistema que determinaba el poder de la mayoría elegida sobre los demás, con la libertad de hacer lo que yo quiera sobre los otros.
Hoy padecemos comportamientos personales que incluyen en sus temerarios discursos la inconsciente propuesta de generar violencia, poniendo en duda aquel precepto de Popper. Este trágico dilema de futuro incierto reclama un bien tan demostradamente escaso como la inteligencia proponiendo que: “Si bien la imparcialidad es imposible, sería provechoso optar por la racionalidad”.
Norberto Ivaldi