Domingo 01 de Octubre de 2023
“La miseria es enorme y la educación para salir de ahí es cada vez más básica”. La frase pertenece a Francisco, el personaje que interpreta Nicolás Francella en “Una flor en el barro”, el cuarto largometraje de Nicolás Tuozzo (“Próxima salida”, “Horizontal/vertical”, “Los padecientes”). Francisco es un docente que vive en Caba y es asignado para un suplencia en una escuela primaria de un barrio humilde de La Matanza. En su clase se destaca Sofía, una nena de 8 años con una inteligencia mayor que de la del promedio de su clase. Sofía es hija de un cartonero (Enrique Dumont) y suele ayudar a su padre y a su madre (Valentina Bassi) en la separación de residuos que el hombre lleva a su casa, por lo que hay días que no va a clases.
Francisco, que ya advirtió la creatividad, la agilidad para matemáticas y el pensamiento abstracto de la nena, se preocupa por su ausencia. Así, entra en contacto con sus padres y también con la directora del colegio para plantearles la posibilidad de que la chica tenga una educación adecuada para su potencial. Con la familia encuentra reticencia y temor a cambiar la situación, y con las autoridades educativas, tanto de la escuela como del ministerio de Educación, experimenta un rotundo fracaso.
Lo más desalentador para Francisco es el escepticismo de algunos de sus compañeros que cuando plantea sus inquietudes sobre Sofía, le dicen en resumen que los chicos nacen en ese contexto, de ahí no van a salir y no se puede hacer nada. Algo similar ocurría con el retrato que se hacía de un grupo de docentes en “El suplente”, cuando una profesora le dice al personaje de Juan Minujín, que también llega a una escuela del conurbano, “bienvenido a la barbarie”.
Los dos docentes, el “Una flor en el barro” y el de “El suplente”, intentan enfrentar con las herramientas a su alcance lo que otros colegas suyos llaman “el sistema”. Las dos películas son conmovedoras y reflejan problemáticas sociales, económicas y educacionales similares, pero el film de Tuozzo tiene a su favor a una pequeña actriz, Lola Carelli como Sofía, el gran activo de esta película, capaz de reflejar con un gesto y una mirada la vulnerabilidad, frustración, perspicacia, miedo, alegría, afecto, entusiasmo, sorpresa y todo el tobogán de emociones que es capaz de experimentar un niño sin filtro y sin perder la inocencia.