“Quiero que la gente me recuerde en mi mejor momento”
La bailarina que deslumbró al mundo llega esta semana a Rosario con su gira de despedida.  

Domingo 08 de Noviembre de 2015

La voz de Paloma Herrera suena suave y delicada del otro lado del teléfono, pero sus afirmaciones y conceptos son claros y contundentes. “Me voy sin nostalgia. No miro atrás”, asegura la bailarina que, después de 25 años de carrera, decidió retirarse del mundo profesional de la danza. Su gira de despedida ya pasó por Nueva York y Buenos Aires, y ahora llegará a Rosario el martes y el miércoles próximos al teatro El Círculo, donde Paloma interpretará “Giselle”, un clásico del ballet romántico, junto a primeras figuras y solistas del Ballet Estable del Teatro Colón dirigido por Maximiliano Guerra.

   “Mi carrera fue mucho más de lo que yo podía imaginar o desear”, dice Herrera, y es cierto que su historia se parece a un cuento de hadas. Comenzó sus estudios de danza clásica con Olga Ferri y se graduó con las más altas calificaciones en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Cuando sólo tenía 15 años fue contratada por el American Ballet Theatre (ABT), una de las compañías más importantes del mundo, y se radicó en EEUU. A los 19 años pasó a ser “primera bailarina” del ABT, y se convirtió en la artista más joven en alcanzar ese rango en los 75 años de historia de la compañía. La prestigiosa revista “Dance Magazine” la incluyó entre “los 10 bailarines del siglo”, y la revista “Time” y la CNN la eligieron como “líder del milenio”.

   Paloma Herrera representó a la Argentina y a la excelencia de la danza en los principales escenarios del mundo, pero a punto de cumplir 40 años decidió dejar de actuar. En una extensa charla con Escenario, la bailarina explicó los motivos de su retiro, habló de sus planes y de la maternidad postergada, y cuestionó la exposición constante en las redes sociales: “Me siento como un dinosaurio de esta generación”, confesó.

   —¿Por qué tomaste la decisión de retirarte de la danza? ¿Qué influyó en la decisión?

   —Fueron muchas cosas. Siempre tuve la idea de retirarme joven. Respeto y admiro a las bailarinas que han seguido actuando por muchos años, pero mi ideal siempre fue retirarme joven y que la gente me recuerde en mi mejor momento. Mi modelo en ese sentido siempre fue Baryshnikov, un artista con una carrera brillante que dejó el American Ballet como bailarín principal y director en lo mejor de su carrera. El siempre fue mi ídolo y lo recuerdo con esa magia. Yo empecé muy joven en la danza y tengo la suerte de no tener ninguna materia pendiente. Todo lo que hice en mi carrera fue mucho más de lo que yo podía imaginar o desear. Estoy totalmente agradecida.

   —Así y todo, ¿fue una decisión difícil de tomar?

   —Yo pensé que iba a ser la decisión más difícil de mi vida, porque la danza fue mi vida entera, la adoro. Pero siempre supe que era una carrera corta y ya lo tenía bastante asimilado. Entonces cuando llegó el momento fue muy natural: dije “es ahora, y ya”. Por suerte lo anuncié un año antes, porque quería darme tiempo para mí, para el público y para tener una linda despedida, bien organizada. En este último año, que fue muy intenso, me di cuenta de que he tomado la decisión correcta.

   —El mes que viene vas a cumplir 40 años. ¿Hay una edad límite para bailar?

   —Cada uno sabe. Hay gente que puede seguir bailando muchos años más porque está impecable. Y hay gente que decide bailar demasiados años más. Los años pasan para todos, y ahí juega la inteligencia. Los bailarines, además de ser talentosos y tener mucha disciplina, tienen que ser muy inteligentes. Uno tiene que saber ubicarse. Por más que uno se estire toda la cara y se ponga una minifalda, si tenés 90 años tenés 90. Yo siempre fui totalmente consciente de eso. Yo ya no tengo 20, por más que me sienta rebien. Uno en el escenario no puede mentir.

   —En algunos medios se calificó tu despedida del ABT como “amarga”, porque se hizo con una función matinal y se discutió sobre qué ballet ibas a presentar. ¿Cómo fue realmente esa historia?

   —A la gente le gusta hacer lío con ese tipo de cosas. Lo normal y lo transparente no vende, lo que vende es el drama y el escándalo. La despedida del American Ballet no fue en absoluto así. Me causó gracia cuando publicaron eso de “amarga despedida”, porque cuando salieron las fotos de la función era evidente que había sido una despedida muy emotiva, con minutos y minutos de ovación. Ellos (el ABT) querían que me despidiera con “La bella durmiente”, porque era un estreno con toda la pompa, pero yo no me sentía identificada con esa versión en particular, que era muy de época, con trajes muy recargados, no tenía que ver con mi estilo. Entonces preferí hacer “Giselle”, que era en un miércoles en matiné, pero era un ballet que realmente me representaba. Yo también me retiro porque no me gustan los chismes, las redes sociales y todo eso. La ética y la pasión es lo único que me interesa.

   —¿Te afecta mucho lo que se pueda decir de vos en los medios o en las redes?

   —No, pero yo siento que soy como un dinosaurio de esta generación. No entiendo de tecnología. Hay gente que va al teatro para sacarse una fotito con el celular, pero no para estar realmente ahí. Siento que la gente vive muy para el afuera. A mí me llena leer un libro, escuchar un concierto de rock o de música clásica, todo lo que sea arte. Eso un poco se perdió, se vive muy rápido. Ahora en los intervalos del teatro los artistas empiezan a decir en las redes: “Me duele el pie” o “la cadera no sé cuánto”. Es demasiada información. Yo no quiero saber todo eso. Para mí el teatro es magia. También está el caso de la gente que sale a cenar con amigos y después cada uno en la mesa está mirando su teléfono. En realidad no están compartiendo nada. Yo a esta altura me doy cuenta de que soy de otra generación de bailarines, donde cada función era una especie de burbuja de magia.

   —¿Vos decís que en el ambiente de la danza los bailarines están muy pendientes del afuera, de lo que circula en las redes sociales?

   —Sí, totalmente. Yo no tengo Twitter ni Facebook, ni sé cómo se manejan. Ahora los bailarines más jóvenes se ponen a tuitear en los intervalos. ¡Eso es una locura! ¡Uno tiene que estar concentrado! Ni siquiera hay tiempo para cambiarte las coronas y las puntas, no podés estar charlando con alguien por Internet. El arte es algo que se vive en el momento y te marca para siempre. A mí no me sirve sacarme una fotito para mostrarle a un tercero dónde estuve. ¿Para qué vas al teatro o a un concierto? ¿Vas para que te llene a vos o para mostrárselo a los demás? Para mí eso no va, aunque es cierto que el mundo va en ese sentido. Yo no puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cambiar mi carrera, puedo congelarla en ese momento que yo considero mágico y único.

   —¿Cuáles son los momentos de tu trayectoria que más te marcaron?

   —El momento que más me marcó fue cuando entré al American Ballet. Ese siempre había sido mi sueño. Yo lo veía como algo inalcanzable. Cuando audicioné y me dieron el contrato me cambió la vida. Pasé de ser una estudiante a ser profesional, y ahí tomé conciencia de que ya me iba a quedar en Estados Unidos. Tuve que cambiar de ciudad, de idioma y de cultura.

   —¿Hubo momentos difíciles? ¿Cómo los superaste?

   —Todo el mundo tiene altos y bajos. Hay funciones que no son tan buenas y hay otras que son mágicas, donde todo funciona. A veces uno tiene que trabajar con coreógrafos y maestros que son muy difíciles, y a veces uno puede conectar con coreógrafos o con partenaires que uno entiende, donde todo fluye. Pero para valorar eso tenés que haber pasado también por las experiencias que no son tan buenas. Lo que no te mata te hace más fuerte, como dice el refrán. Igual yo nunca he creído en eso de la película “El cisne negro”, de la vida de la bailarina como una tortura, para nada. Para mí la danza ha sido un disfrute total. Siempre fui feliz en el American Ballet, fue mi casa, mi lugar. Además me dieron mucha libertad para viajar y estar como invitada de otras compañías. Entonces no puedo hablar de ningún momento crítico en mi carrera.

   —Te destacaste desde muy joven, fuiste una niña prodigio. ¿Cómo influyó eso en tu vida adulta?

   —Estoy muy orgullosa de haber empezado desde chica, y ahora me doy cuenta de eso, ahora que estoy cerrando mi carrera. Cuando yo tenía 15 años y entré al American Ballet —y cuando a los 19 llegué a primera bailarina— mucha gente pensó: “Uy, esta chica así como sube cae”. Y sin embargo mi carrera ha sido siempre muy estable, sobre todo por mi forma de ser. A mí nunca me importó estar arriba o abajo, porque amo mi danza, amo mi arte, y eso sólo ya me llenaba. Nunca me guié por el qué dirán. Creo que tuve mucha salud mental para no enredarme con ese tipo de cosas.

   —¿Cuáles son tus planes para cuando termine la gira?

   —Mi primer plan es tener tiempo, tiempo y más tiempo: para mí y para mi familia. Creo que también me retiro por eso, porque quiero tiempo. También me gustaría dar más master classes. Ya hace varios años que lo estoy haciendo, aunque siempre en EEUU y Europa, cuando tenía un tiempo libre con la compañía. Es muy gratificante descubrir nuevos talentos, aunque es súper difícil encontrarlos. Tuve la suerte de encontrar a una chiquita en un curso de verano en San Diego (California) y llevarla al ABT. Ahora ella está en la compañía. Me encanta poder ayudar y transmitir conocimiento. Además tengo mi propia marca de ropa, y voy a seguir trabajando en el diseño.

   —¿Tener hijos y formar una familia está entre tus planes?

   —Yo siempre dejé las cosas fluir. Mi familia ha sido lo más maravilloso del mundo y mis padres han sido la luz de mi vida. Es una enorme responsabilidad ser padre, y por eso hasta ahora no tuve chicos, porque definitivamente no hubiese podido hacer la carrera que tengo hoy. Ahora no tengo ni tiempo para respirar y estoy sola, imaginate con chicos... Yo hago las cosas porque las siento, no porque hay que seguir un standard. Hubiese sido muy egoísta tener un hijo y no poder brindarle el tiempo que se merece. A un hijo hay que darle todo, yo lo aprendí de mis padres. Por otro lado a mí me gusta mi libertad, se lo he dado todo a mi carrera y me ha devuelto mucha felicidad. Tengo la libertad de viajar, de conocer el mundo, de dedicarme a full a mi profesión. Eso hubiese sido imposible con un hijo. Fue mi elección. Ahora estoy en pareja, muy estable y muy bien. Y por supuesto uno nunca debe decir nunca: si se da, se da. Matías (su pareja) tiene sus hijos y son divinos, somos felices juntos. Tampoco tengo la presión de él. Hay que ver cómo se presentan las cosas. Mi prioridad ahora es tener tiempo para mi familia, mi pareja y mis amigos.