Domingo 08 de Noviembre de 2009
Inquieta, afirma que no hay nada que la horrorice más que la monotonía. “Soy indefinible”, afirma Paloma San Basilio, y con hacer un repaso por su trayectoria y dejar de lado los prejuicios, se nota que la palabra indefinible es la que mejor la define. Hizo folclore contestatario con Quilapayún, jazz con Luis Cobos, cantó con Plácido Domingo, fue la protagonista del musical “Don Quijote de la Mancha” y “Evita”. Y asegura que representar a la líder justicialista le produjo “un giro de 180 grados” a su carrera. Paloma San Basilio canta esta noche, a las 20.30, en plan íntimo, con piano, bajo y saxo, en el teatro Broadway, San Lorenzo 1223, en un repaso por su historia musical, donde no faltarán las esperadas canciones románticas de siempre.
—¿La versatilidad es una característica clave de tu carrera?
—Eso responde a mi manera de ser, a mi personalidad, soy bastante inquieta, no me gusta tocar sólo un palo, me gusta moverme, viajar, intentar, arriesgar y no hay nada que me horrorice más que la monotonía. En una profesión como la mía siempre te intentan encasillar en un género, y me cuesta muchísimo salir de ahí. Yo he luchado siempre contra eso, cuando me dicen “defínete” eso me suena fatal, yo soy indefinible, estoy sin terminar, eso me hace buscar distintos registros y disfruto mucho con estas aventuras.
—El as de espadas es tu voz, que hasta te permitió cantar sobre una base jazzera, como en el disco con Luis Cobos.
—Yo creo que sí, evidentemente trabajé mi voz para moverme en distintos registros. De todos modos, creo que un artista puede ponerse en la piel de muchas músicas, no necesariamente tener un gran capital vocal. A veces es cuestión de manejo, de arte o de talento a la hora de modular, pero sí es cierto que mi voz es bastante versátil y entonces, pues, intento aprovecharla porque es malo instalar la voz en una zona y solamente trabajarla de una sola manera, porque ahí el peligro es que la voz se vaya , que no crezca. Yo sigo trabajando con ella, buscando técnicas vocales para mejorarla, y es un elemento muy interesante que, al menos en mi caso, nunca termino de conocerlo del todo.
—¿Qué significó “Evita” en tu larga trayectoria?
—En mi carrera fue un giro de 180 grados. Yo empecé en el 76 y estaba instalada en el mundo del pop, de las discográficas, tenía mi circuito y mucho trabajo. Pero no era el lugar que me gratificaba, cantaba en cualquier sitio y las condiciones eran patéticas. Yo quería hacer algo más digno por mí y los demás, y cuando hice “Evita” pasé a entrar a teatros con mayúsculas, había una dirección, vi que podía aprender, tenía una partitura maravillosa y un personaje que es el gran personaje para una mujer. “Evita” fue lo que me vino a dar la mano para dar el salto de una zona a otra. No te digo de una zona oscura, pero sí de un lugar semioscuro hacia la luz. Me abrió las grandes puertas y me permitió hacer un trabajo de la altura y exigencia que yo buscaba.
—De todos modos, tu fuerte sigue siendo el romanticismo.
—Yo creo que es la emoción. Puedes tener buena técnica al cantar, pero sin emoción no marcha. Antes de empezar en el teatro mi forma de interpretar era distinta, pero a partir del teatro la actriz empieza a crecer. A cada historia hay que darle vida y cada persona tiene que identificarse, porque la cuentas desde la verdad, desde el sentimiento más profundo.
—¿Hay algo que no te animarías a hacer musicalmente?
—Pues la verdad es que no tengo muchos miedos. Lo único que tengo es que soy exigente con la calidad. Ahora, por ejemplo, estoy preparando un disco con mi hija Ivana (ver aparte), que es productora y compositora y vive en los Angeles, y la base es música electrónica. Es que de todas partes hay que captar la belleza de las cosas y las posibilidades. Hay que sentirlo de un modo real y no de una manera oportunista. Si hay algo que me llama y me gusta, me lo pongo encima y lo intento hacer bien.
—¿Te animarías a hacer algo de rock?
—Yo soy de la generación del rock, así que el rock está metido en mi vida. El problema es que empecé en una época en la que cuando te apartabas un poco de la balada te miraban como si fueras un perro verde (risas), entonces yo caía en la balada porque era lo único que entendían en las discográficas, empecé a cantar en un género que ni siquiera era el mío, pero después lo amé. Aunque en ese momento estaba un poco perdida.
—El show de Rosario tiene la música de tu generación?
—En verdad sí, porque este show tiene una parte dedicada a los Beatles, porque lo que intento hacer es un recorrido por la banda sonora de mi vida, es muy lúdico todo, pero recorro toda mi discografía. En este show no hay patrones, hay música de mi adolescencia, de Gilbert Becaud, de Puccini, hay un mundo de sonidos que estimuló mi capacidad de sentir la música.
—¿Qué artistas admirás de la Argentina?
—Yo admiraba a Mercedes (Sosa). “Alfonsina y el mar” la canto porque la cantaba ella, me gusta Susana Rinaldi, es un talento fantástico. Argentina tiene mucha gente que me gratifica. Es que hay tanta mediocridad, sobre todo en mi país, que cuando ves el talento con sentido del humor, como Les Luthiers, que son inteligentes y recuperan la infancia y el absurdo, te da gusto. Y ni que hablar de Norma Aleandro, o Julio Bocca, mi gran amigo, que cuando compartí “Balada para un loco”, eso fue, cómo explicarte, una orgía (risas).
—¿Sentís que la mediocridad creativa está globalizada?
—Creo que hay mucho talento mezclado con el no talento, hay una gran capacidad de camuflaje, y hay una inmediatez, una necesidad de resultados a corto plazo que hace que cualquier cosa sea válida si funciona. Yo no lo entiendo así, creo que las obras artísticas tienen que ser lo mejor posible, funcionen o no. A veces la fuerza mediática coloca a productos mediocres como si fuesen maravillosos, y los que sacan buenos productos, con tesón y con tiempo, no pueden mostrar lo suyo y quedan ahí, parados.