Lunes 05 de Junio de 2023
Cuando Arthur Miller (1915-2005) escribió “Muerte de un viajante” en 1949 fue una mirada feroz hacia el típico sueño americano conocido como American Dream, basado en triunfar a cualquier precio, después del impacto devastador que había dejado en la sociedad estadounidense la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Duele entender que en pleno siglo XXI todavía este modus operandi que parece llevar incluida “la clave de la felicidad” siga teniendo tanta vigencia. Con esa bandera en alto, Imanol Arias se puso la ropa otra vez de Willy Loman para ofrecer dos funciones en el teatro El Círculo el fin de semana pasado. A partir de una efectiva puesta casi minimalista de Rubén Szuchmacher, la obra de Miller ratificó que hay historias inoxidables porque, pese a que el tiempo pasa, hay problemáticas vinculares, sociales y laborales que siempre quedan en pie.
Willy podría verse como un jefe de familia muy machirulo, según estos tiempos. No sólo quiere que su mujer Linda (Cristina de Inza) esté siempre lista para cuando él llega de trabajar (o de un hotel de ruta tras pasarla bien con su amante), sino que además quiere que sus hijos Biff (Jon Arias, su hijo también en la vida real) y Happy (Carlos Serrano-Clark) triunfen en la vida laboral, sin contemplar demasiado sus preferencias ni tampoco sus capacidades.
La historia se ambienta en Brooklyn, en el marco de una familia que vive al día tratando de terminar de pagar la hipoteca de su casa y todo parece girar según el amperímetro de Willy: si le va bien en el trabajo todo bien, si le va mal en el trabajo todo mal. Encima, Willy toma como referencia a su hermano Ben (Fran Calvo), que triunfó en Alaska y aparece siempre como una figura fantasmal en toda la obra.
La estructura familiar, bastante poco sólida en lo afectivo, comienza a derrumbarse aún más cuando después de 34 años de trabajo en la misma empresa, sus ventas comienzan a irse a pique -quizá por la crisis social o porque ya no es tan efectivo como antes- y su jefe le retira el sueldo fijo para pagarle solo las comisiones por lo vendido. La jubilación se avecina, las canas también, la vida avanza y él siente que retrocede. Ya sus hijos se animan a enfrentarlo, sobre todo Biff, y Willy insiste en seguir construyendo la familia perfecta, a esta altura todo un imposible.
Imanol Arias compone a un hombre derrotado, que está cada vez más cerca de morder el polvo al componer a un Wllly Loman altanero como jefe de hogar pero servil a la hora de enfrentarse a su jefe. La nostalgia por los tiempos pasados y perdidos lo hacen vivir en una situación cada vez más alejada de su realidad. Es en ese lodazal, donde “Muerte de un viajante” brilla y a la vez lastima. Porque es la fotografía de un momento clave en la historia de la humanidad, pero a la vez es la pintura de una cultura occidental que sigue buscando el oro sin mirar a los ojos de quienes están al lado. Y eso tiene un precio muy alto, tan alto como la propia vida.