Miguel Mateos hizo un viaje en el tiempo por un poco de satisfacción
El músico celebró sus 40 años con el rock nacional con dos shows en el teatro El Círculo. La gente cantó y disfrutó de los clásicos inoxidables. Crónica de un reencuentro esperado.

Domingo 07 de Noviembre de 2021

Hay artistas que entran en el alma de la gente y se quedan allí. La contraseña es una canción, o cinco, o diez, que aparecen en un momento puntual de la vida y te acompañan por décadas.

  Miguel Mateos es uno de esos músicos que tiró una botella al mar y el mensaje quedó intacto, con la tinta un poco corrida por tanta agua bajo el puente, pero no lo suficiente como para ahogar el entusiasmo de fans que lo siguen desde los tiempos de Zas en los primeros 80, aquel de “Va por vos, para vos”.

  Mateos llegó a Rosario para volver a encontrarse con su gente este sábado en el teatro El Círculo, en el primero de los dos shows del fin de semana que ofreció en la tradicional sala rosarina.

Mateos no necesita un relato kafkiano para entrar en los corazones. Sus metáforas describen paisajes de época Mateos no necesita un relato kafkiano para entrar en los corazones. Sus metáforas describen paisajes de época

Mateos no necesita un relato kafkiano para entrar en los corazones. Sus metáforas describen paisajes de época

  Era el primer cara a cara desde el inicio de la pandemia y se sintió esa vibración. Porque se vio a un líder que transpiró hasta la última gota de sudor y se mostró más extrovertido que nunca (“Me están haciendo saber que estoy puteando mucho”), porque fueron casi dos horas y media de clásicos y no tan clásicos, pero de gran disfrute, con la gente de pie, cantando y coreando. Algo así como una misa pagana del pop, un viaje en el tiempo que atravesó desde aquellos años 80 hasta estos días.

  Todo comenzó con Ale Leva & The Rugrats Band, la banda rosarina que tocó con las luces encendidas mientras la gente se acomodaba y que transmitieron la calidez suficiente como para hacerle cantar a la gente el estribillo de una canción que terminaban de conocer.

  Esa batalla no la tuvo que dar Mateos. Salvo tres o cuatro canciones, el público conoce casi de memoria el repertorio que hizo en Rosario, junto su hijo Juan Mateos (guitarra); el potente violero rosarino Ariel Pozzo (guitarra), Leonardo Bernstein (teclados), el interminable Oscar Kreimer (saxo) y los hermanos Charly Giardina (bajo) y Eduardo Giardina (batería), en reemplazo de Alejandro Mateos.

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Va por vos. Extrovertido, Miguel Mateos disfrutó más que nunca.

  Sin respetar un recorrido cronológico, Mateos y su banda fueron repasando los discos más importantes de su carrera, con uno o dos temas por cada álbum. En la pantalla gigante se leía el tema y el año, y con ese solo detalle la gente volaba con su cabeza hasta 1982, en tiempos de Dictadura, con el tema de apertura “En la cocina, huevos”; y de ahí un triple salto mortal hasta “Salir vivo”, en plena crisis del 2001, año del “que se vayan todos”.

  Mateos no necesita un relato kafkiano para entrar en el corazón de la gente. Utiliza metáforas que describen un paisaje de época y para el caso es más que suficiente. Porque irá del “tengo un ruso y un yanqui dentro de mi habitación” (“Tirá para arriba”) y “veo misiles en la 9 de julio” (“Tengo que parar”) a “todo el mundo quiere pisanlov”(“Pisanlov”) en clave paz y amor, en un tema poco reconocido para gran parte del público.

  Pero también hará un expreso rechazo a “los milicos hijos de puta para que no vuelvan nunca más” en “Peleando por tu amor” al cantar “Pero nunca más/voy a desfilar/con la cédula de identidad/ oh! mamá entre los dientes/para demostrar/si soy peronista o radical”. Y de allí a “Las torres se cayeron/ el cielo no contesta/ tu número no existe y arriba hay fiesta” en “Bien”, un tema de 2005.

  Extrovertido y dicharachero, Mateos coqueteaba con su público en El Círculo. Saludó y chocó puños con los fans y las fans que lo llamaban debajo del escenario, firmó autógrafos en la tapa de un vinilo, recibió regalos, se dejó piropear y también él piropeó con una sonrisa.

Sin grietas

 No fue una noche más. Hubo fans con banderas que rezaban “Nuestro Bar Imperio” colgadas de los palcos y de las plateas, que habían llegado de Mar del Plata, de Posadas, de Entre Ríos, de Buenos Aires y de Mendoza. Mateos confesó su fascinación por Rosario y también por el teatro. Hasta tuvo un guiño futbolero al dedicar una estrofa de “Bar Imperio” a la afición de Newell’s. “Lo hago por Scocco”, dijo, y extrañamente no hubo silbidos canallas. Eran tantas las ganas de celebrar que no hubo espacio para grietas de camisetas.

  Si hay un mensaje que Mateos levanta como bandera es el del amor. Sobre esa nave insignia pivotea para hablar de las injusticias del mundo, con temáticas que van desde una denuncia de abuso como “Lola”, que la escribió en 1991 tras recibir una carta de una adolescente que fue abusada por su padre; hasta “Cuando seas grande”, en donde da un pincelazo de las presiones familiares hacia los adolescentes para decidir sobre su futuro, una postal que se sigue repitiendo.

  De su último disco de estudio “Undotrecua” cantó “El asesino del rocanrol” y aprovechó para hacer público su rechazo al reguetón y de paso pegarle un palito a un músico muy popular. “Creo que se llama Mal Humo”, dijo en clara referencia a Maluma, que desencadenó una risa cómplice en un gran sector del público.

  En los bises llegaron los clásicos, mientras en la pantalla gigante las tapas de su veintena de discos en cuatro décadas ofrecían un rescate emotivo en la memoria colectiva. Y como si fuera poco la banda hizo una secuencia que arrancó con “Un poco de satisfacción”, siguió con “Extra, extra” y “Un gato en la ciudad”.

  El final, como no podía ser de otra manera, fue con “Tirá para arriba”, con la gente de pie y el teatro en llamas. “Cántenla ustedes, yo no puedo más”, dijo un Mateos ya casi sin nafta tras darlo todo. Y no hizo falta ningún micrófono para que ese coro de “No hay horas perdidas, no importa mi amor, no importa, vos tirá” se hiciera oír mucho más allá de la esquina de Laprida y Mendoza. Claro que no hubo horas perdidas. Y todo por un poco de satisfacción.