Domingo 20 de Agosto de 2023
“La uruguaya” podría haber sido un relato como otros en los que el presupuesto obliga a reducir al máximo los costos y los tiempos de rodaje y con ello el resultado final: pocos personajes, locaciones accesibles y un plan de rodaje maratónico. Pero el segundo film de Ana García Blaya después de su muy buena “Las buenas intenciones” tuvo mejor suerte que muchos proyectos independientes, además del sólido desempeño de la directora, los actores y el equipo técnico que hicieron posible esta adaptación de la novela homónima de Pedro Mairal.
La situación inédita para “La uruguaya” ocurrió cuando la Comunidad Orsai creada por Hernán Casciari (“Más respeto que soy tu madre”) tomó la iniciativa de desarrollarlo a través del financiamiento colaborativo, al mismo tiempo que se convertía en la primera producción colectiva de Orsai Audiovisuales. Pero en este tipo de organización, la idea de lo colectivo tiene, además, un beneficio económico ya que las 1.961 socios que colaboraron en la finananciación recibirán parte de las ganancias del film. Adicionalmente, los socios tuvieron acceso a todo el proceso, desde el casting eligiendo a los protagonistas (Fiorella Bottaioli y Sebastián Arzeno) y pudieron obtener información sobre las reuniones de las áreas de arte, guión, finanzas y fotografía, entre otras. El trabajo contó además con el auspicio de organismos del Estado uruguayo y el impulso de la distribución en todo el país a cargo de Star Distribution.
El film cuenta el viaje de Lucas Pereyra, un escritor casado, de más de 40 años que va de Buenos Aires a Montevideo a cobrar el adelanto en dólares por su próxima novela y evitar así el pago de impuestos y el cepo cambiario, pero también a reencontrarse con Magalí, una chica 20 años menor que conoció durante un festival en Uruguay. En el relato original la trama es desarrollada desde la perspectiva del personaje masculino, pero la directora decidió hacerlo desde la mirada de la mujer, interpretada por Jazmín Stuart, añadiendo un elemento extra de interés al libro.
El tono de comedia dramática elegido para narrar esta historia es uno de los grandes aciertos de García Blaya. En “Las buenas intenciones” el protagonista también era un hombre, un marido y padre con un matrimonio en crisis y un futuro incierto producto de una aparente inmadurez. En este caso vuelve a ser un hombre, el personaje de Lucas Pereyra, un varón que, desde la mirada de la mujer, está en plena decadencia física e intelectual y que junto con su talento, “perdió el pelo y los abdominales”. La escasez de dinero parece habitual en la casa y toda la atmósfera no ayuda a un matrimonio que claramente se aburre y se irrita mutuamente. Sin embargo, ninguna de las críticas del guión hacia su protagonista masculino resultan agresivas, y, al contrario, parece querer acompañar a Lucas en su recuperación.
Sin embargo retomar el rumbo para Lucas no será fácil, deslumbrado como está por Magalí, una chica que le saca la ficha con humor e ironía a cada jugada chamuyera de este cuarentón que intenta recuperar a través de ella algo de su perdido impulso vital. Mientras todo eso ocurre, la cámara los acompaña durante casi 24 horas en su deambular por distintas zonas de Montevideo, en un paseo con un desenlace intrigante y una incógnita que deberá despejar e interpretar cada espectador.