Domingo 27 de Noviembre de 2022
Desde su primera temporada, “The Crown” ha sido la serie insignia de Netflix, una marca de calidad que otros éxitos de la plataforma nunca pudieron alcanzar. Claro que, a medida que fueron pasando las temporadas, “The Crown” dejó de ser un drama de época para acercarse al presente y, en ese tránsito, hay gran un riesgo. La nueva y quinta temporada de la serie creada por el guionista Peter Morgan, que se desarrolla durante la década del 90, tuvo que enfrentar no pocas críticas en los medios británicos: los acontecimientos que se cuentan son más cercanos en el tiempo, muchos espectadores vivieron esos años y tienen una opinión formada sobre los hechos, sin contar que las sorpresas y las revelaciones ya no son tantas. Además, los nuevos episodios se estrenaron poco después de la muerte de su protagonista absoluta, la reina Isabel II, y el público (el inglés, sobre todo) estaba muy sensible con el tema.
Algunos críticos tacharon la quinta temporada de “dispersa y desenfocada”. También dijeron que era “menos conmovedora”. Y se cuestionó la elección del actor Dominic West (muy recordado por “The Wire”) para interpretar al príncipe Carlos. Tal vez las expectativas eran demasiado altas porque este segmento de la historia de la monarquía británica fue muy explosivo. En los 90 la corona tambaleó como nunca antes: el gobierno y el pueblo en general pusieron en duda su utilidad y protestaron contra sus grandes gastos; los tres hijos de la reina (jefa de la iglesia nacional) se divorciaron, y la separación entre Carlos y Diana resultó en un escándalo que sacó al sol todos los trapos sucios del palacio de Buckingham. Con tanto material, es cierto que Morgan a veces pierde el foco, o intenta abarcar demasiado. Sin embargo, la serie sigue brillando en los detalles y en su producción ambiciosa, y esta vez hay un tono melancólico y amargo que quizás no sea del agrado de todos.
“Una soberana no puede mostrar sus emociones, entonces las entierra”, dice Isabel, ahora en la piel de la gran Imelda Staunton. En mayor o menor medida, Morgan siempre ha mostrado a sus personajes como víctimas de un sistema. Pero en esta temporada son víctimas de un sistema que está en decadencia. Entonces están cansados y empiezan a mostrar las garras (excepto la reina, claro, que carga con el peso de mantenerse inalterable). Diana de Gales (una sólida Elizabeth Debicki) se rebela contra su matrimonio artificial y frustrado y es la que juega la carta más fuerte: desafía a la familia real y apuesta por su popularidad coqueteando con la prensa. Carlos, por su lado, busca salirse del prototipo de heredero torpe y malcriado y asume un rol más activo: complota contra su propia madre, muestra sus ambiciones políticas y sus planes de modernizar la monarquía (en algunos momentos la serie podría describirse como pro Carlos, sí, aunque se filmó bastante antes de que se convirtiera en rey).
Más de la mitad de los episodios se centran en la guerra entre Carlos y Lady Di. Sin embargo, como esta relación ha sido tan documentada y contada a través de medios y ficciones, la serie no tiene mucho que agregar al respecto. Es un culebrón es sí mismo y todavía entretiene, pero ya no golpea ni emociona como antes. Lo que sí Morgan hace con maestría es conectar las vidas de los Windsor con otras historias que transcurren más allá de los palacios. Uno de los mejores ejemplos es la forma en que se mete en los pasillos de la BBC de los 90 (un dinosaurio que probaba modernizarse) para mostrar los entretelones de la famosa y polémica entrevista televisiva que el periodista Martin Bashir le hizo a Diana en 1995. Otro ejemplo es como logra trascender la monótona historia de amistad (¿o amor?) entre el marido de la reina, el príncipe Felipe (encarnado por el talentoso Jonathan Pryce), y la dama de la alta sociedad Penny Knatchbull, para terminar narrando qué pasó con el poco conocido parentesco entre el duque de Edimburgo y los Romanov.
Así y todo, el pico de la temporada se encuentra en el episodio tres, íntegramente dedicado a Mohamed Al-Fayed, el padre de Dodi, el último novio de Diana. En una síntesis perfecta, de una precisión envidiable en el guión, este capítulo recorre la vida de este egipcio de origen humilde que construyó un imperio en Europa a pesar de la discriminación que sufrió. La historia de Al-Fayed —que se relaciona de una forma muy curiosa con la familia real británica y que merecería una serie propia— aquí se condensa en 50 minutos que sorprenden y también emocionan.
Si bien esta quinta temporada se siente algo dispersa, hay un marcado tono nostálgico, de añoranza de “los viejos buenos tiempos”, que unifica su narrativa y su estética. Los protagonistas se enfrentan a la obsolescencia, y la clase política ya no tendrá tanto margen para sostener sus lujos y caprichos. La llegada al poder de Tony Blair, un primer ministro joven y laborista (después de años de gobiernos conservadores), fue uno de los tantos signos del cambio de época. En un mundo práctico donde los símbolos y las tradiciones se diluyen, la monarquía empieza a tomar conciencia de que sus años de esplendor terminaron. El final de la temporada (aún falta una sexta y última) refleja muy bien ese clima de despedida.