Domingo 17 de Abril de 2016
No olvidar, no descuidar la esencia, lo genuino. Tengo presente cómo fue mi sensación cuando me regalaron la primera batería y las ganas de tocar que tenía. No se trataba de mostrar algo a alguien, era el anhelo de estar con el sonido, con la música. Me ubica mucho, bastante te diría, no perder de vista cómo empezó todo esto". Lo dice Luciano Ruggieri, un baterista sutil y versátil de Rosario que por estos días tiene voz propia en la escena del jazz argentino, y que cuando habla parece estar acompañando lo que toca y cuando toca, estar diciendo lo que piensa. Al hacer vibrar el aire, también al hacer silencio, Ruggieri devela su mundo etéreo y lo comparte. Feliz, pone al alcance de su eventual público algo particular: su introspección sonora.
En la última década, Ruggieri fue el elegido de la ciudad en el mundo del jazz. Músico que desembarca en estas tierras (porteños, americanos, del resto del mundo) lo suma, por una noche o una gira, a su banda. Son muchos nombres con los que ha tocado y grabado: Carlos Lastra, Rodrigo Domínguez, Steve Cárdenas (Estados Unidos), Mariano Otero, John Stowell (Estados Unidos), Antonio Arnedo (Colombia), Ernesto Jodos, Peter Bernstein (Estados Unidos), Adrián Iaies, Paula Shocrón, Pepi Taveira, Gillespi, Danny Grissett (Estados Unidos), Jean Francoise Prins (Belgica), Juan Manuel Bayon, Wálter Malosetti, Javier Moreno Sánchez (España), entre otros.
Aún con 36 años, Ruggieri grabó más de 25 discos y tocó con varias orquestas. Docente de la Escuela Municipal de Música de Rosario y discípulo de varios maestros (de Polo Benítez a Adam Nussbaum, pasando por Pepi Taveira), Lucho dialogó con Escenario sobre su camino y su función en este mundo.
Dos momentos felices destacan, entre tantos, en su senda musical: uno, lejano, lo ubica con 9 años en una fiesta de cumpleaños junto a sus familiares; aquel día un niño un poco más grande le hace escuchar "Day Tripper", de los Beatles; el timbre de la guitarra eléctrica y lo que Ringo toca son su primera comunión; un año luego sus padres le regalan una batería. El otro momento, actual, muestra a Ruggieri grabando unos temas para un disco con esa misma batería (¿de juguete?). "Conservo mi primer instrumento y lo sigo usando porque me ubica mucho volver a eso, me ayuda a no correrme del camino", dice hoy.
—¿De cuál camino no querés apartarte?
—Existe el riesgo de que la actividad musical o artística se convierta en egocéntrica, y ahí se puede llegar a perder contacto con la realidad del mundo y las personas, la infinitud de la vida, sus matices. No soy ajeno a esos riesgos, por eso trato de no perder de vista aquello que ayuda a ubicarme. A lo largo de la historia y en innumerables culturas la música ha cumplido, y lo sigue haciendo, una función de servicio a la comunidad. Como el sacerdote o el médico, en estas culturas el músico realiza una función de servicio comunal, acompañando funerales y nacimientos, animando y alegrando festividades y celebraciones diversas.
—Te empeñás en poner el acento en la función social del músico ?
—Me identifico más con alguien que realiza un oficio que con un "artista". Para mí la música es un don maravilloso que nos otorga Dios y con el cual podemos generar emociones, sensaciones y sentimientos de todo tipo. Por eso, también es una responsabilidad grande desarrollar ese don y usarlo para bien. Una hermosa melodía, canción, ritmo o progresión armónica pueden despertar alegría, entusiasmo, ánimo, ayudar a abrir la mente y el corazón. Es decir, la música puede sanar, y de hecho lo hace. No lo digo como un cliché, esto se puede comprobar por intuición y por medio de la ciencia.
—¿Tu formación te llevó a estas consideraciones?
—Empecé a tocar rock y tomé clases con Omar Pogonza. Luego extensamente con Polo Benítez y él fue quien me orientó hacia este lado, a dedicarme a esto como una profesión y un oficio digno; él me sembró esto de trabajar duro y relacionarse con todos porque la música es es una actividad social; él fue como un abuelo para mí. Luego estudié con Pepi Taveira, y di un giro en mi visión del estilo. Cuando lo vi tocar con Walter Malosetti en la Lavardén me dije: esto es de verdad. Después hice la Tecnicatura en Jazz en el Conservatorio Manuel de Falla. Y tuve otros maestros: Sergio Verdinelli, Eloy Michelini y, en Estados Unidos, Jeff Hamilton y Adam Nussbaum.
— Músico de jazz que viene a Rosario, ya sea des Buenos Aires o del exterior, te llama para tocar ¿Te considerás un músico sesionista?
—No. No me considero un músico sesionsita. Tomo la música como un oficio que requiere trabajo duro y constante, dedicarse de lleno... Es algo social, de comunidad. Ser músico es una función social. Si llegásemos a tener en cuenta eso un poco más, veríamos que tenemos un don maravilloso para compartir con la comunidad. Y al ser una herramienta tan poderosa, la música llega. Sesionista es alguien que toca porque fue llamado por un productor, y va y trabaja con tal artista y listo. Yo nunca lo viví así y no sé si podría hacerlo. Y si me ha tocado, no me di cuenta. Lo viví de otra manera.
—¿Cuándo empezaste a escuchar jazz?
—Mi papá es un amante de todos los estilos y tenía muchos vinilos, que aún conservamos: las orquestas de Duke Ellington, Gene Kruppa, Frank Sinatra. Me fue cautivando ese sonido, aunque no tenía idea de la cuestión improvisativa, era muy chico. Y si bien al principio no tocaba jazz pero sí otros estilos como punk, rock, empecé a estudiar jazz y seguí con eso, y me fue marcando mucho. Y se abrió el panorama. Fueron años que me cautivaron, escuchaba todo el día fervorosamente jazz, trataba de aprender hasta los puntos y las comas de los viejos maestros.
—Y hoy, ¿cómo es tu relación hoy con el género?
—Sigo escuchando, pero no tan fervorosamente. El jazz, aunque no parezca, es música popular. Noto hace tiempo que se suele descuidar la tradición del estilo. No me refiero a apegarse a un tradicionalismo rígido y purista, estancado, sino a un aprecio, respeto y gratitud sanos hacia la tradición, que es también innovación. Se trata de conocer lo más posible el legado y expresarlo con la voz propia de cada uno. Esto no sucede de un día para otro. Encontrarse y hallar la propia voz puede ser tarea de toda la vida. Pero en el camino también algo nuestro va quedando. Quizás sea un camino en busca de algo más grande y esencial, en el que dejamos huellas que definen nuestro paso por el mundo.