Martes 19 de Marzo de 2024
Creativo, divertido, inquieto, crítico, talentoso. Son muchas las cualidades que le cabían al querido Julio Cejas, pero la que más le sienta es la de gran tipo, así sin tantas vueltas, como era él en su vida cotidiana. El lunes pasado, a la temprana edad de 70 años, se fue de este mundo terrenal Julio Cejas. Su trayectoria incluye un amplio recorrido como actor y gestor cultural, tanto en Radio 2 como Rosario/12, firmó una incontable cantidad de notas en revistas como Risario, la recordada Vasto Mundo o la siempre querible Teatro, Truenos y Misterios del grupo teatral rosarino El Rayo Misterioso, en el cual también despuntó el vicio de la actuación.
Es allí, en su veta actoral, donde necesito detenerme para contar algo que a él le hubiese encantado leer. Con Julio integramos allá por 1989, el grupo Cachendié, una propuesta musical y teatral con la que hicimos una obra llamada “Centro a la olla”. En esa banda integrada por Claudia Vieder, Gaby Sellanes, los ex Acalanto Charli Pagura y Alberto Callaci; más Rubén Busi, Julio y yo; Cejas hacía un personaje maravilloso. Era un sacerdote tercermundista, mezcla pastor y cura revolucionario, que oraba por una clase media en extinción: “Requieta en pace, clase media”, decía alzando las manos vestido con una túnica negra. Y puedo asegurar que era el momento más explosivo de la función. La gente se reía porque lo veía como un espejismo de una etapa apocalíptica en medio del fantasma de la hiperinflación. Hoy basta salir a la calle para ver que aquella realidad era un paso de comedia en medio de esta película de terror.
Una noche, previo a un show en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, donde hicimos una temporada de verano, Julito me pregunta en camarines: “¿estás nervioso?”. Y yo, mientras tomaba un vaso de agua, le respondí: “sí, me como lo' vidrio”. Y al toque, repentista como siempre, me dice: “ese es un titulazo para una obra, la tenemos que hacer juntos”. A partir de allí, cada vez que me lo cruzaba por la peatonal, hasta hace unos meses atrás, siempre nos decíamos el mismo código: “¡me como lo' vidrio!”. Y nos largábamos a reír como dos chicos que hacen una travesura. Te fallé Julio, no pudimos hacer la obra en este mundo. Pero quizá en otro plano haya revancha.