Juana, la anarquista feminista que le abrió camino a las pibas
Juanas-Mujeres Bravas, la película de la documentalista porteña Sandra Godoy, se estrena este martes, a las 18, por Cine.ar

Martes 01 de Septiembre de 2020

Quien aún crea que el feminismo es “moda” de las jóvenes de la actualidad o sostenga que fue una movida “importada” de Europa en la década del 60 tiene a la mano una oportunidad para salir del error o la confusión. Se transmitirá hoy a las 18 , por Cine.ar, “Juanas-Mujeres Bravas”, el trabajo de la documentalista porteña, Sandra Godoy. Son amorosos testimonios de las nietas y amigos anarquistas de Juana Rouco Buela, una mujer nacida en Madrid en 1889 (y fallecida en 1969) y con una imparable militancia en el Río de la Plata.

Se trata de una película con documentación rigurosa y análisis de lujo como el de la socióloga feminista Dora Barrancos, todo en un relato dinámico que intercala animación e imágenes que dialogan con las batallas que las pibas de hoy siguen dando contra el patriarcado. Una clase de lucha.

“Creo que las mujeres y disidencias se van a sentir identificadas con la garra, fuerza y convicción de Juana, porque en la actualidad salimos a la calle a pedir justicia y libertad igual que lo hacía ella en 1920. Ojalá les guste a los anarquitas porque Juana fue un referente y mi deseo es que también le guste al público en general y que se pueda ver en los colegios”, le dijo Godoy a Escenario antes de reconocer que debió resumir un prearmado de cuatro horas de filmación, en 69 minutos.

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La película empieza con un canto que es ya un himno: “Y ahora que estamos juntas/ Y ahora que sí nos ven / abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer…”. Y cierra con las populosas marchas verdes de la actualidad al grito de ¡Vivas nos queremos!”.

Pero en medio, está todo el compendio de una vida que parecen varias vidas, como las de una gata. Es que Juana, huérfana de padre, llegó en barco a la Argentina con su madre y cuatro años después, a los 15, sin saber leer ni escribir, se metió de lleno en la historia de la luchas obreras al participar en la huelga de Inquilinos de 1907.

Ese primer activismo, el ver cómo la policía reprimía los reclamos y cómo herían y mataban a “los revoltosos”, fue el motor que bombeó como su corazón y ya nada lo puro parar, hasta sus 80 años.

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Juana se alfabetizó convencida de que la cultura era arma de lucha y arengó a las masas de trabajadores y trabajadoras de la época.

Tuvo una oratoria intrépida que no era típica de una mujer de esos tiempos, y de la que dieron cuenta los periódicos. Se disfrazó de varón y escapó de la policía que le hacía marca personal, fue apresada, deportada a Uruguay y a Brasil, y allí donde recaló se rearmó por los mismos ideales de justicia e igualdad de derechos.

En el documental se escuchan las proclamas de Juana en una voz en off (de la actriz Mónica Cabrera) pero si bien el sonido surge de otra garganta, las palabras parecen las mismas que se escuchan en boca de las trabajadoras y feministas de hoy. “...conviertan sus sollozos en proclamas, sean defensoras de vuestros sueños, sean hurañas y rebeldes: anarquistas”.

En 1919, Juana (Rouco era su apodo en momentos de persecusión política) tuvo activa participación en la huelga de los Talleres Vasena y antes y después escribió: sí, la mujer que no ponía puntos y comas y hacía de sus textos uno solo, no paró de escribir dejando un legado invaluable en manuscritos, periódicos y revistas, hoy en manos de sus nietas Ruth y Diana, archivos y bibliotecas.

“A pesar de todo eso, las mujeres anarquistas del Río de la Plata como ella como Virginia Bolten o Salvadora, fueron las más invisibilizadas. A algunas ya las habían investigado algunos historiadores y me abrieron el camino. Cuando leí su libro autobiográfico (“Historia de un ideal vivido por una mujer”) hace unos años me sentí conmovida por su historia y empecé a buscar sus rastros, los que encontré están en este documental”, anticipa Godoy.

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Fotos públicas e íntimas

Las fotos sepia merecen un comentario aparte, porque no solo están las de la vida pública de Juana sino las de su vida íntima.

En 1921 se la ve en un estudio, rodeada de sus hermanos y quien sería luego su marido: ella sostiene un libro en la mano y mira a la cámara como si fuera esa la actitud habitual de una mujer.

En otras, posa con su hija y su hijo, luego que la abandonó su marido, al que Juana llamaba “compañero”, antes que él la dejara para comenzar a militar en el radicalismo.

Juana dijo haber logrado olvidar “las heridas, el olvido y la traición” y se dedicó a criar a sus niños sin dudar. Pero tampoco allí dejó de decir lo que creía una desventaja del mandato de procreación: “Se marchó y abandonó las obligaciones con sus hijos”.

Una de sus nietas recuerda una anécdota donde cuenta que su abuela no solo creyó lo que ella siendo niñita le había contado sobre el manoseo que había sufrido por parte de un adulto, sino que Juana tomó partido y la defendió. Un gesto valiente, necesario e imborrable para cualquier niña o niño abusado.

Y hay una instantánea más donde se la ve “grande, no vieja”, según dice uno de sus compañeros anarquistas. Ella, anciana y con el pelo blanco, se planta única y altiva entre sus queridos “muchachos”, que en el documental la recuerdan como a ninguna.