Jueves 31 de Agosto de 2023
La muerte siempre nos interpela en nuestra propia finitud, de la que somos conscientes cada día de nuestras vidas, pero ante la desaparición física de alguien joven, la consciencia de vulnerabilidad se acentúa.
La fragilidad de la vida, que solemos dar por sentada cada día, se manifiesta crudamente con noticias como esta. Esa percepción abrupta de vulnerabilidad nos invita a jerarquizar, a revisar lo que ponemos en valor en nuestra toma de decisiones día a día.
Socialmente existen modelos hegemónicos de belleza, parámetros de qué es bello y qué no lo es, asociados a ideales muchas veces inalcanzables y, otras veces, que alcanzamos sacrificando demasiadas esferas de nuestra vida. Particularmente para las mujeres, porque no podemos eludir un enfoque de género, las exigencias para alcanzar ese ideal de belleza son muy grandes. Asociamos la juventud, la delgadez, y toda otra serie de rasgos que muchas veces impiden la sencilla y complejísima tarea de querernos tal como somos, y de invitar con esa estima, a que los demás también nos acepten y valoren de esa manera. Hay belleza en todos los cuerpos, pero debemos atrevernos a verla, en primer lugar, en nuestro propio espejo.
La pregnancia estética que pretendemos generar en la mirada del otro, a veces requiere un esfuerzo desmesurado, con un alto desgaste físico y emocional. Otras veces la medicina está allí para ayudar con los cambios en esa búsqueda de satisfacción con la propia imagen, y está bien que así sea, para quien decide ese camino.
La triple carga que implica para la mujer cumplir con las expectativas de rol atribuidas al género femenino, ocupándonos de las tareas domésticas y de cuidado, del trabajo remunerado en el mercado, y a las que se suma el cumplir con los mandatos culturales de belleza, nos compromete la salud y en ello, a veces se nos va la vida, particularmente cuando se conjugan otros factores imponderables ya que el mundo, como sabemos, no es un lugar justo.