"El tango ha recorrido un gran camino"
Para el pianista Horacio Salgán, de 93 años, los límites de la música ciudadana son inacabables. El próximo viernes se anunciará la creación del Premio Nacional del Tango que llevará su nombre.

Sábado 05 de Diciembre de 2009

El viernes próximo, con el Día Nacional del Tango como marco, se anunciará la creación del Premio Nacional de Tango que llevará el nombre de Horacio Salgán. Ese día, instaurado en honor al nacimiento de Carlos Gardel en 1890 y de Julio De Caro en 1899, el Consejo Federal de la Música y la agencia de noticias oficial Télam harán un reconocimiento público a la trayectoria de Salgán.

Nacido el 15 de julio de 1916 en Buenos Aires, el pianista, arreglador, director y compositor contó por qué Arthur Rubinstein un día le robó sus discos a Lalo Schifrin.

—Usted dijo alguna vez que acompañar es crear clima...

—El acompañamiento de una orquesta o de un pianista es más importante de lo que se supone. Es la posibilidad de un clima distinto. Si estamos en una parte donde la letra habla de algo triste, hay que prepararse. No puede llegar de golpe.

—¿Qué cantor le gustó más?

—Tuve la suerte de acompañar a grandes cantantes. Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche. La inclusión de ellos en mi orquesta fue un descubrimiento realmente muy grato, muy bueno artísticamente. Los dos eran distintos. Tenían dos maneras distintas de expresión.

—¿Qué era lo mejor de ellos?

—De Goyeneche el decir. Y Rivero era un gran maestro del canto y la expresión, con gran conocimiento del tango y los ambientes del tango, y sobre el folclore. Y además tocaba muy bien la guitarra. Pero el maestro de todos, de los que cantan y de los que tocamos, fue Carlos Gardel.

—¿Qué le enseñó Gardel?

—Todo. El tango fue una cosa antes y otra cosa después de Gardel. Por el fraseo, por las expresiones. Y también tenemos una deuda con él en la parte orquestal. Esto lo hablamos una vez con el Gordo Aníbal Troilo. Gardel cambió la forma. Dio líneas para seguir, con una estructura extraordinaria, novedosa.

—¿Esas líneas tienen límites?

—No, no hay límites. Lo extraordinario del tango es la amplitud. La orquesta de Osvaldo Fresedo, de Troilo, de Carlos Di Sarli, de Alfredo Gobbi fueron completamente distintas 

todo sigue siendo tango. Y lo notable es adónde llegó esta música. Yo tengo 93 años y 75 de trabajo. Cuando yo empecé, mi padre decía: “El tango «El Entrerriano» de Rosendo”. Y después se supo que Rosendo era el nombre, no el apellido.

—¿Cómo se llamaba?

—Rosendo Mendizábal. ¿Y sabe por qué ocultaba su apellido? Porque era profesor de algunas niñas de familia que se hubieran horrorizado al saber que su maestro tocaba tango. Otro ejemplo. El año pasado la Orquesta Sinfónica de Berlín tocó “A fuego lento”. Una música que antes no se podía aceptar, terminó siendo admitida por los más grandes maestros del mundo. Y no lo digo yo. Lo demuestra la opinión de maestros como Arthur Rubinstein. El tango ha recorrido un gran camino por eso sus posibilidades son inmensas e inacabables. Los límites dependen sólo de cada compositor.

—¿Sigue gozando del tango?

—No solo del tango: para mí la música en general es una sensación física. Yo me crié en el tango. Cuando era chico, cuando era joven, el tango era la música nuestra y estaba a todas horas y en todos lados.

—¿Cuándo empezó a tocar?

—A los 14, en el cine. En el cine mudo. Tocábamos y muchas veces no existía ninguna relación entre el argumento de la película y lo que se estaba proyectando.

—¿Quién fue para usted un gran pianista?

—El más grande pianista que los pianistas hemos conocido es Arthur Rubinstein, un un gran maestro que admiraba, como le dije, al tango. En la película “Por amor a la vida” cuenta que cuando escuchó los primeros tangos se le caían las lágrimas. Y me contaba Lalo Schifrin que Rubinstein, con quien se visitaban, un día fue a la casa de él, se llevó los discos míos y nunca se los devolvió. ¡Los tuvo que comprar otra vez!

—¿Cuál es la clave secreta de un buen pianista?

—Hay una sola clave: estudiar. Estudiar. Y tener un buen maestro.

—¿Qué importa en el arreglo, la dirección y la composición?

—Son cosas distintas y estudios distintos. El piano presenta necesidades de concentración derivados de los problemas técnicos y el desafío del adiestramiento físico para poner las manos, los dedos y los brazos de cierta manera. Eso es técnica, que sólo cobra jerarquía cuando está al servicio de la interpretación.

—¿Es difícil dirigir?

—Una orquesta típica no es difícil, la forma de tocar ya viene explicitada. En una sinfónica sí. También cuenta el conocimiento de los músicos sobre el género. Tiene que haber una simbiosis.