Sábado 13 de Mayo de 2023
El duque” recrea la descabellada historia real del robo de una obra de arte. Una sinopsis de pocas palabras suena injusta con una comedia con múltiples y muy bien resueltos elementos, desde actorales, de puesta en escena, narrativos y de guión, todo sustentado por un humor que surge de las buenas actuaciones y de lo insólito de la situación de este film inglés que llegó a la plataforma HBO Max.
Jim Broadbent interpreta a Kempton Bunton, un taxista que en 1961 robó el retrato del duque de Wellington, de Francisco de Goya de la National Gallery de Londres, en el que fue el primer robo del museo en 137 años. El puntapié para esa decisión fue la indignación de Bunton al ver por televisión cómo el gobierno inglés pagaba 140 mil libras por la pintura del héroe inglés -todo un símbolo para la historia de España e Inglaterra- para que permaneciera en el Reino Unido luego de ser subastada y evitar así su traslado definitivo a Estados Unidos. El robo fue tan famoso que hasta apareció como una broma a la audiencia en la primera película de James Bond sobre el doctor No. Así ocurre cuando el espía inglés descubre que el cuadro -desaparecido aun durante el estreno del film protagonizado por Sean Connery- en la ficción estaba oculto en el sótano del villano de la película.
Para Bunton, aquello era una injusticia y ese dinero -una fortuna para la época- se podría haber usado con fines solidarios antes que culturales. Es que el hombre, según el film, no duraba en ningún trabajo por su compulsión a ponerse del lado de los más débiles y por sus reclamos por los derechos civiles, aunque esa práctica lo dejara en la calle cada vez con más frecuencia para disgusto de su escéptica y cada vez más rigurosa e irritada esposa, interpretada de forma magistral por una casi irreconocible Helen Mirren.
En su conmovedora composición, Broadbent muestra con sus pequeños gestos el ímpetu y la convicción de una generación que aunque ya sin edad para aventuras, conserva sus principios, aunque los métodos para llevarlos a la práctica resulten extraños. Es que Bunton es en algunos sentidos un ciudadano ejemplar que cumple las reglas, solo que se siente contrariado por ciertos tributos que debe pagar, que considera confiscatorios y por los cuales fue multado y encarcelado. Uno de ellos es el que desencadena el episodio central del film.
Bunton se oponía a ese tributo que deben abonar los ciudadanos británicos para acceder a la programación televisiva y del cual quería que fuesen excluidas las personas de bajos recursos, al tiempo que enviaba a la policía cartas de rescate diciendo que devolvería la pintura a condición de que el gobierno invirtiera más en el cuidado de los ancianos. Su indignación impregna el clima familiar y es rechazada por su esposa, pero secretamente resulta un estímulo para su hijo adolescente que decide acompañar a su padre en su peculiar forma de hacer justicia.