El cazador oculto: "Mi villano favorito"
Homero Manzi tenía razón. No habrá ninguna igual, todas murieron en el momento en que dijiste adiós. “Ninguna” es el tango, letra y música de una desgracia. La del varón que, aun sabiendo que comete un error, uno grave, no puede escapar de lo que quiere el corazón.

Domingo 25 de Julio de 2010

Homero Manzi tenía razón. No habrá ninguna igual, todas murieron en el momento en que dijiste adiós. “Ninguna” es el tango, letra y música de una desgracia. La del varón que, aun sabiendo que comete un error, uno grave, no puede escapar de lo que quiere el corazón. Como la presa, que duda, sospecha y cae en la trampa. Sin poder evitarlo.

Gatúbela, de ella hablo. No la de Michelle Pfeiffer, que era psicótica, sexy, salvaje, como debe serlo una Gatúbela que se precie de serlo, como le gusta a Tim Burton, pero que pasó sin pena ni gloria. Hablo de Julie Newmar, la Gatúbela de las dos primeras temporadas de la serie de los 60, la que era colorida, pop, naif. La del Batman de Adam West.

Ella es mi villano favorito. Mujer, malvada, irresistiblemente seductora. Lo mejor de la creación, y no sólo de la que puebla las estanterías de las comiquerías, las carteleras de los cines, las páginas de los libros. No. La creación, esa que cuando uno la escucha nombrar, piensa en cielos e infiernos. En la tentación, esa que es una fruta deliciosa.

Me doy cuenta ahora, mil años después. Eran ellos, los villanos invitados, los que le daban sentido al mundo de historieta que martes y jueves, a las 17.30, por la pantalla de Canal 5, alimentaba mis fantasías de niño, mientras tomaba la leche, con tostadas con manteca y dulce de leche, en la cocina de la vieja casa de Bella Vista. Eran ellos, los reyes de la creación.

Gatúbela, el Pingüino, el Acertijo, el Cascarón y, más que ninguno, el Guasón, ese payaso demente, obsesionado con matar a Batman, con vengarse de Ciudad Gótica, con una broma macabra, que los deje a todos tiesos, con una sonrisa patética dibujada en el rostro. Era César Romero, alto, desgarbado, perverso. Con una carcajada brutal. Como Piripincho, pero con una sobredosis de Red Bull.

Después fue Jack Nicholson, en el cine, un actor del que nadie dudó jamás que había nacido para el papel, al menos después de que mostró su sonrisa siniestra en “Atrapado sin salida”, ese delirante Asilo de Arkhan que imaginó Ken Kesey en la novela “Alguien voló sobre el nido del cuco” y que llevó a la pantalla grande, inmortalizándola, el gran Milos Forman.

Forman, un maestro de la villanía. Fue él, y nadie más que él, quien le dio vida a Salieri, el músico que hubiera hecho lo que fuera, que hubiera dado lo que no tenía, por el talento de Mozart. Envidioso, miserable, resentido, más que humano. Tanto que su maldad, que no es más que la reacción enloquecida del que quiere pero no puede, inspiró a León Gieco.

“Somos los Salieris de Charly”, se lamenta, sin la rabia ciega del Salieri de “Amadeus”, pero con la misma impotencia. Charly, ése es el genio. El que escribió las canciones que sabemos todos. Las que cantamos, aunque no queramos, aunque nunca hayamos gastado una moneda en comprar uno de sus discos, de punta a punta. Sin perder el ritmo, ni la melodía.

Charly también es un villano, el peor de todos. Podría estar en la cima del podio de los villanos más malos de la historia, como la jefa de sala del neuropsiquiátrico de “Atrapado sin salida”. Tan mujer y tan malvada como Gatúbela, pero sin sus atractivos, sin su catsuit negro, ni sus zapatos taco aguja ni sus ronroneos felinos. Mala, malísima, con una mirada filosa como la katana de Hattori Hanzo en “Kill Bill”.

Ratched es enfermera, como Charly en aquellos buenos viejos tiempos de canciones de amor y raros peinados nuevos. Como el Guasón de Heath Ledger, con la pintura de labios corrida, los zapatos de tacos altos descuajeringados y la cofia, blanca, torcida, como un travesti de madrugada, cruzando la plaza de la Libertad, de regreso a casa, después de una noche agitada.

Con un detonador en la mano, que pulsa una y otra vez hasta que finalmente consigue hacerlo funcionar y, a sus espaldas, enorme, el edificio donde estuvo hasta hace segundos vuela por los aires. Su boca es una mueca inexplicable, que parece una sonrisa, pero no lo es. Nada que ver. Su boca, cortada a cuchillo, es placer, placer de hacer el mal sin mirar a quien, por nada, por el solo gusto de hacerlo. ¡Kapoon!

La maldad, en estado puro. Como se lo explica Alfred a Batman, en “El Caballero de la Noche”, a Batman, que no entiende, porque es el héroe, porque tiene razones, principios, moral. “Hay hombres que no buscan nada lógico, como dinero, no puedes comprarlos, convencerlos ni hablar con ellos”, le dice, sabio, el mayordomo. Y sentencia: “Hay hombres que solo quieren ver arder el mundo”.

Sin explicaciones psicológicas, con perdón del bueno de Sigmund. Nada que ver con Norman Bates, el pobre muchacho con doble personalidad que despanzurra con un cuchillo de cocina a los huéspedes del motel de carretera que heredó de su madre. Ni con el elegante Hannibal Lecter que, despechado porque los nazis mataron y se comieron a su hermana, se abandonó al canibalismo gourmet.

Villanos, pero con problemas, con explicaciones. El Guasón, no, el Guasón es un perro rabioso que le ladra a los autos. Sin saber por qué. Como Gatúbela, que para poder ir con Batman en el Batimóvil sin que Robin estorbe le propone al encapuchado que lo maten. Por nada. Para dar una vuelta en un convertible último modelo, con el chico del momento.

Por eso y por nada más, ella fue, es y será mi villano favorito. No habrá ninguna igual.