Domingo 05 de Octubre de 2008
"Nadie puede y nadie debe vivir sin amor" decía un rockero de cepa rosarina y otro que siempre iba contra la corriente le replicaba "no se puede vivir del amor". Con una rosa en la mano, Dyango, asegura que "la gente se sigue enamorando y el romanticismo estará siempre presente". Eso sí, el intérprete español, que se presenta hoy a las 21 en el teatro Broadway (San Lorenzo 1223), se sincera con respecto al género que interpreta: "No me puedo apartar de la música romántica, no sé cantar rock".
José Gómez Romero, más conocido como Dyango, en honor al guitarrista gitano de jazz, Dyango Reindhart, llega otra vez a Rosario para hacer lo que mejor sabe hacer. Con el sabor de aquellos buenos platos que no por demasiado conocidos pierden su exquisitez. Con esa receta, Dyango presenta los temas de "A ti", su disco número 49, según su propio registro.
—¿De manera ineludible, cada disco suyo gira sobre la música romántica y sin posibilidades de un cambio de ruta?
—Por supuesto, siempre he sido un cantante de esas características y no me puedo apartar de eso, porque eso es lo mío, no sé cantar rock.
—Sin embargo, en el disco anterior, "Intimamente", se codeaba con el swing y el jazz.
—Bueno, sí, es que quise reflejar esas canciones que hicimos durante toda una vida, y le pusimos ese aire de swing, había boleros y baladas, pero era todo distinto en esa propuesta, con escobillas y otros acordes.
—¿Ese cambio musical lo conectaba de otro modo con su público?
—No, es lo mismo, yo creo que la gente escucha la letra y la melodía, y no importa si es tiempo de swing o tango, importa que haya una buena melodía, una buena letra y un buen cantante. Yo procuré dar eso toda mi vida.
—Siempre hay una o dos canciones que no pueden faltar en el repertorio de ningún artista, ¿cuales serían las suyas?
—Hay una o dos docenas (risas), son 40 años que vengo a la Argentina y tengo 49 discos grabados, así que puede haber alguna que guste más que otra, pero, si por ejemplo tengo que elegir una te diría que nunca puedo dejar de cantar "Nostalgias".
—Y justo se trata de aquel tango emblemático que apuntaló su carrera en 1976.
—Sí, así es, apuntaló mi carrera. Yo había vivido anécdotas muy bonitas con ese tango. Tenía 16 o 17 años y acompañaba a un cantante argentino que se llamaba Agustín Irusta, que cantaba "Nostalgias". Yo tenía ganas de ser cantante, la escuché y empecé mi carrera para no parar nunca más.
—¿No le aburre cantar siempre las mismas canciones?
—No, no, cuando la canción es bella, es superlativa, brilla por su poesía y música, entonces la cantas todos los días pero de diferentes maneras. Eso es un sentimiento que se lleva adentro y que yo, gracias a Dios, lo tengo, ¿no?
—¿El romanticismo se reinventa día a día o viene devaluado con las nuevas generaciones?
—No, eso estará siempre presente. La gente se sigue enamorando, incluso las nenas de 18 y 20 años. No voy a decir que todas escuchan a Dyango, porque sería una sobria tontería, pero sí que escuchan gente que le canta al amor y con esas canciones viven.
—Hay chicas en sus shows que podrían ser sus nietas y se enloquecen igual. ¿Es porque usted hace un juego de seducción o es lo que transmiten sus canciones?
—Creo que esas nenas de 18 años tararean y se ponen a llorar con estas canciones mías y las de otros cantantes por lo que escucharon en su casa. Es que fue allí donde su mamá y su papá ponían Dyango, Sandro, Serrat, o quien sea, y estos cantantes de la historia nos sentimos cantantes familiares, somos los dueños de la casa. Entonces cuando nos escuchan lo viven, lo lloran, eso es lo que yo creo, y no creo que esté muy errado.
—¿Qué tiene de nuevo "A ti", su flamante producción?
—Bueno, salió hace muy poquito, es un discazo de canciones tradicionales también, en el cual me recreo con la artistada (sic) tremenda que nos dio Europa en los años 50, 60 y 70 como Doménico Modugno, Charles Aznavour, Gilbert Becaud, Mina y tantos otros.
—Otra cita a la nostalgia.
—Es que estamos hechos de nostalgia. Y estoy contento de que así sea, porque sentir esta nostalgia es volver a vivir y recordar todos aquellos buenos momentos. Pero eso sí, sin llanto y con alegría.