David Lebón está grabado a fuego en quienes durante en las décadas del 70 y 80
lo vieron colgar la voz por las nubes. Era el que cantaba "Yo soy la vida" en "Hombre de mala
sangre" y el corazón parecía detenerse por fracciones de segundo. Esa imagen no fue precisamente la
que se vio en la noche del viernes en el Fundación Astengo. Y tampoco la que, en el mismo teatro,
era sinónimo de alegría cuando compartía sus eléctricos punteos con la gente en los pasillos de la
sala.
En otro camino, con un perfil más bajo y casi con las mismas canciones, El Ruso
salió al ruedo acompañado del buen tecladista Leandro Bulacio en un formato que inmediatamente
remitió al espectador al dueto con Pedro Aznar, auque, claro, con evidente menos vuelo.
"Mundo agradable" abrió el juego y parecía que se venía una noche tipo fogón. La
gente coreó el estribillo y se preparó para un ritual habitual en estos shows donde la nostalgia
tiene el ancho de espadas.
Pero David fue despacio, incluso cuando desempolvó otras joyitas, como "San
Francisco y el lobo" y "Parado en el medio de la vida", cantadas en un registro más bajo y, desde
ya, con menos efecto que el esperado. "Poder", de su segundo disco solista "Nayla", fue una grata
sorpresa. La sincronía con Bulacio se hacía más evidente. Incluso en "Tu llegada", un tema del
maravilloso disco doble con Aznar.
El mismo sentimiento. "No sería yo", único tema de su último trabajo de estudio,
ratificó el sendero más conocido de la poesía del Lebón. El que habla de amor y desamor, el que se
anima a ponerse místico, como en "Oh, Dios, qué voy a hacer" o el que se pone sentimental con sus
afectos más queridos, como ocurrió en el "Tema de Nayla", incluido en "Bicicleta", de Serú Girán, y
dedicado a su hija.
"Hoy estoy feliz, ya estoy más grande, tengo nietos", deslizó en el show del
viernes ante unas tibias sonrisas del público que apenas le gritaron "Grande David", con menos
euforia que antes, pero con el mismo sentimiento.
Lebón demostraba que sigue amando las canciones de siempre. Y la prueba fue el
momento de "El tiempo es veloz", quizá la piedra preciosa que más brilló en la noche de
Rosario.
En un show que sorprendió por su brevedad, Lebón comenzó a anunciar su despedida
con un blues inoxidable como "Copado por el diablo", con la esencia de Pappo’s Blues y el
desparpajo de Pescado Rabioso, grupo del cual se extrañó algún pequeño homenaje en el Astengo.
Con el talento del crédito local Palmo Addario, ex compañero de ruta de David,
llegaron los bises con "Suéltate rock and roll" y "Seminare". Un cierre para seguir transitando,
una y otra vez, "la calle de la sensación".