Domingo 21 de Marzo de 2021
Cuatro años atrás, cuando se estrenó “Mujer Maravilla”, la crítica le levantó el pulgar. Algunos elogios fueron exagerados, es cierto, pero digamos que fue un voto de confianza. Después de tres películas fallidas como “El hombre de acero”, “Batman vs. Superman” y “Escuadrón suicida”, el tambaleante Universo Extendido de DC había levantado un poco la puntería con la película de su gran superheroína. La directora Patty Jenkins había conseguido (al menos) alejarse de la solemnidad depresiva post-Nolan y había apostado a una versión más clásica y fiel al origen del cómic. Desafortunadamente, no puede decirse lo mismo de “Mujer Maravilla 1984”, esta secuela que tardó meses en estrenarse por la pandemia del Covid y que no es más que un producto vacío, caprichoso y largo (dura dos horas y media).
La misma realizadora (Jenkins) se enreda desde el principio en una narración confusa. La secuencia inicial, tan aparatosa como artificial, muestra a una Diana Prince muy joven en una competencia de amazonas. La moraleja: no hay que hacer trampa, hay que jugar limpio. Pero esto no tiene ninguna relación con el resto de la película. De ahí se salta directamente a los años 80, seis décadas después de la Primera Guerra Mundial (donde transcurría la original), en plena era de capitalismo desbocado y Guerra Fría. Diana ahora es una antropóloga que trabaja en el Instituto Smithsonian de Washington.
La trama es tan pueril que ni vale la pena detenerse en el asunto. Es sólo una excusa para encadenar escenas de acción que tampoco hacen la gran diferencia. Los nostálgicos que se habían ilusionado con la ambientación en los años 80 se pueden ir olvidando. Acá los 80 son sólo parches de temas pop, ropas colorinches y unos pibes bailando breakdance. Nada más. Referencias sueltas y lugares comunes. Para cumplir con la agenda también hay espacio para el empoderamiento femenino y una venganza contra el acoso y la violencia machista. Todo bien explícito y subrayadito.
Los villanos tampoco funcionan. No provocan miedo, ni nervios ni risa. Uno es un especulador financiero llamado Max Lord, una suerte de caricatura de Donald Trump que da un tanto de vergüenza ajena. El chileno Pedro Pascal (el de “The Mandalorian”) sobreactúa de tal forma que se torna molesto. Por otro lado está Barbara Minerva, una tímida compañera de trabajo de Diana que se convierte en la poderosa y vengativa Cheetah. Ese papel le tocó en suerte a Kristen Wiig, una gran comediante que acá no encuentra el tono y encima tiene que repetir unos diálogos imposibles. Sin embargo, nadie está tan fuera de su papel como la mismísima Gal Gadot (otro desacierto de casting del Universo DC y van), una actriz (?) incapaz de transmitir emoción y con cero carisma.