Sábado 02 de Octubre de 2021
Lo primero que hay que decir es que cuesta hacer una crítica de la última película de Daniel Craig en la piel de James Bond sin contar el final. Pero aquí no hay lugar para “alerta spoiler” ni nada por el estilo. Lo más relevante es que “Sin tiempo para morir” es una película tan disfrutable para los fanáticos de la saga como para los que no lo son y simplemente van al cine para ver una buena de acción. Es que la película, pese a sus 163 minutos, no da respiro. Hay varios guiños a clásicos del personaje de Ian Fleming, pero es preferible que se descubran cuando se ven en la pantalla y no advertirlo, porque perderá sorpresa. Lo atrapante es que desde el vamos se siente que es la última gran misión de “Bond, James Bond”, a quien le sacaron la chapa de 007, ahora en poder de Nomi, una agente negra que se las trae, interpretada por Lashana Lynch.
Cary Joji Fukunaga, quien asumió el desafío de dirigir este filme al bajarse Danny Boyle, mantuvo al menos dos consignas básicas en este filme: respetar la tradición del personaje y entretener. La primera no era nada sencilla. Porque este Bond tenía que quemar las naves mostrándose imbatible pero también, al ser la última de Craig (al menos por ahora), debía dejar esa imagen en lo más alto del podio. Y el desafío fue ampliamente logrado. Primero porque la trama tenía todos los atractivos para eso; y segundo porque más allá del lugar común del mal vicio de los thrillers hollywoodenses de querer vencer a un mal que podría hacer colapsar al mundo, hay una dinámica del relato que hace llevadera la historia hasta el emotivo desenlace. No hay dudas que estamos ante el Bond más humanizado de la saga. Craig compone a la perfección a un detective que es capaz de matar a diez enemigos a puro escopetazo (casi como hacía Ringo Wood en los western spaghetti y la sala estallaba de risa) pero también aparece como un tierno al confesar que está enamorado perdidamente de Madeleine (la bella Léa Seydoux). El villano Safin que compone Rami Malek es de antología, no sólo por su perversidad sutil y su mirada de hielo, sino también porque interpela al espectador cuando plantea que tanto James Bond como él son dos caras de una misma moneda: ambos matan para lograr su objetivo. La escena del final, en una isla que referencia “Al servicio secreto de su majestad”, es para ver con pañuelos. Y, como siempre, hay que leer todos los créditos hasta el final, para que el mito Bond siga más vivo que nunca.