Lunes 24 de Mayo de 2021
Bob Dylan celebra sus 80 años en su mansión de Malibú, en California, su lugar en el mundo cuando no está de gira. Su último show lo dio en diciembre de 2019 en Washington, poco antes de que se desatara la pandemia, y en junio de 2020 editó su álbum más reciente, el excelente “Rough And Rowdy Ways”, que se escucha inevitablemente como un testamento o una despedida. Dylan llega al final de su largo camino en un estado luminoso y en perfecta sintonía con su leyenda: lúcido, huraño, inconformista, provocador, solitario y muy celoso de su universo privado.
A fines del año pasado vendió los derechos de su extensa discografía (39 discos de estudio, 10 en vivo e innumerables bootlegs) a la multinacional Universal, en un acuerdo que se estima en 400 millones de dólares. ¿El señor Zimmerman está poniendo los papeles en orden? Tal vez. O no. Con el hombre que fue a buscar su premio Nobel de Literatura tres meses después de la ceremonia oficial nunca se sabe.
No hay un solo Bob Dylan, hay muchos. En primer lugar está Robert Allen Zimmerman, que nació en Duluth, en el estado de Minnesota, el 24 de mayo de 1941, y después se crió en la ciudad de Hibbing, en el mismo estado, cerca del Lago Superior. Ese joven viajó con su guitarra a Nueva York en 1961, y a los 21 años publicó su primer disco, ya bautizado como Bob Dylan.
El Dylan folk y acústico de principios de los 60 iba a dejar huella con canciones que ya son himnos y que aún hoy suenan presentes: “Blowin’ In The Wind”, “A Hard Rain’s a-Gonna Fall” y “The Times They Are a-Changin’”, sólo por nombrar algunas. Cuando su voz áspera y nasal cantó “vengan padres y madres de toda la tierra/ Y no critiquen lo que no pueden entender/ Sus hijos y sus hijas están más allá de su mando/ Su camino está envejeciendo rápidamente/ Por favor salgan del nuevo si no pueden dar una mano/ Porque los tiempos están cambiando...”, toda una generación se sintió interpretada e interpelada por primera vez.
El gran cambio llegó en 1965. Allí nació “el Dylan eléctrico”, el que provocó un escándalo entre el público más purista del folk, el que se sumó a las huestes del rock con guitarras eléctricas y una nueva imagen, y el que produjo, en la cima de su creación artística, tres discos fundamentales: “Bringing It All Back Home”, “Highway 61 Revisited” y “Blonde On Blonde”. “Highway...”, el álbum que contenía joyas como “Like A Rolling Stone” y “Desolation Row”, fue el emblema de la ruptura. A partir de ahí ya nada volvería a ser lo mismo. Este es el Dylan que influyó a los Beatles y en adelante a gran parte de la música popular del siglo XX. Su letras transformaron al rock en una contracultura, una plataforma contestataria que podía mezclar poesía, política, literatura y filosofía.
A semejante big bang sobrevino el silencio. En 1966 el cantautor de Minnesota tuvo un accidente en moto cerca de su casa en Woodstock, un hecho que dio origen al Dylan huraño y misterioso, que decidió blindar su vida privada. Las circunstancias y las consecuencias físicas de ese accidente nunca fueron reveladas, pero lo concreto es que el músico se retiró de las gira y la vida pública durante ocho años, descansando —según algunos biógrafos— de las presiones de la fama y del consumo de drogas.
El Dylan de los primeros 70 continuó sacando discos (menores), hasta que en 1975 llegó “Blood On The Tracks”. Compuesto en medio de la separación de su primera esposa, el álbum brilla en sus zonas más oscuras, con un tono confesional y crudo. “Blood...” fue su obra maestra en esa década desigual, una suerte de excepción. El autor de “Mr Tambourine Man” nunca fue complaciente con el público ni con la industria, y de la misma manera gran parte de la prensa y la crítica tampoco fue complaciente con él. Su conversión al cristianismo y discos como “Saved” (80) y “Shot Of Love” (82) no fueron bien recibidos, y en la prensa rockera de esa época corría mucho la expresión “Dylan en los 80 es un cero a la izquierda”. Cómo olvidar su expresión de fastidio durante el video del hit solidario “We Are The World”, rodeado de estrellas entusiastas. La autocelebración pop de aquellos años no tenía nada que ver ni con su personalidad ni con su música.
Desde ahí hasta el presente, Dylan protagonizó dos grandes resurrecciones: a fines de los 80 participó del éxito de los Travelling Wilburys y también editó “Oh Mercy”, su disco de estudio número 26, producido por Daniel Lanois. Enfocado, con grandes melodías y el sello de Lanois en el estudio, “Oh Mercy” lo devolvió a un primer plano de éxito en las ventas y las críticas. Lo mismo sucedió en la década siguiente, en 1997, cuando nació lo que podríamos llamar “el Dylan actual”. El triunfo (otra vez con Lanois) del álbum “Time Out of Mind” marcó el camino a seguir en el siglo XXI: las canciones de “Love And Theft” (2001), “Modern Times” (2006), “Tempest” (2012) y “Rough And Rowdy Ways” (2020) se sumergen en la tradición del blues, el country, el folk y hasta el jazz mientras Robert Zimmerman canta unas cuantas verdades como un viejo sabio, reflexivo pero no menos punzante.
Mientras tanto, hay algo que permaneció inalterable a través de las décadas: el pacto de silencio que se tejió alrededor de la vida privada del músico. Es más, Dylan se ha hecho fama de fabulador, y en los primeros años de su carrera se inventó prácticamente todo lo que contó sobre su infancia. Decía que había pasado por un reformatorio y que se había escapado de su casa a los 12 años. Todo falso, por supuesto. En su autobiografía “Chronicles, Volume One” (2004) reveló algunos detalles, pero no tanto como se esperaba. Del famoso accidente de 1966, por ejemplo, no escribió ni una palabra.
Sobre su vida familiar se sabe que tiene seis hijos, cuatro de ellos con Sara Lownds, con quien estuvo casado entre 1965 y 1977. Sara ya tenía una hija de un matrimonio anterior, que el cantautor adoptó. La sexta, Desiree Gabrielle Dennis-Dylan, nació en 1986 de su segundo y último matrimonio conocido, con la cantante Carolynn Dennis, con quien estuvo entre 1986 y 1992. De esa segunda pareja sólo ha hablado Dennis, porque el músico decidió mantenerse en silencio. Su hijo más conocido públicamente es Jakob, que fundó The Wallflowers en los años 90 y después hizo una carrera solista. Jesse, su primogénito, es director de cine, y el hijo de Jesse, Pablo Dylan, es un joven músico que probó suerte con el rap y ahora se pasó a las canciones de guitarra. Todos ellos tienen algo en común: un muy bajo perfil.
Por estos días se multiplicarán los discos en homenaje al bardo de Minnesota. También se editarán nuevas o revisadas biografías, tratando de descifrar su misterio. Pero la mejor forma de llegar a Dylan (o de volver a él) es escuchando sus discos, al menos un puñado de los fundamentales. Y leyendo sus letras, claro, que en muchos casos pueden desprenderse de la música y leerse como poesía, en silencio. No es cierto que sea difícil escuchar a Dylan. Eso es más que nada un prejuicio. Lo complicado es, en este presente acelerado que se consume a sí mismo, parar y encontrar un tiempo para captar una voz que requiere atención. Es un proceso, es un trabajo interno, pero tiene su feliz recompensa. Porque el encuentro con Dylan se produce, la transformación se da, cuando uno finalmente se siente escuchado por él.