Villa Guillermina, el pueblito donde la pesadilla vuelve como un fantasma
"Es el camión de mierda ese...", remató la charla el vecino de Villa Guillermina, antes de que partiera el cortejo fúnebre de cinco de las 14 víctimas, en la vereda de la iglesia Sagrado Corazón, frente a la plaza del pueblo.

Domingo 03 de Octubre de 2010

"Es el camión de mierda ese...", remató la charla el vecino de Villa Guillermina, antes de que partiera el cortejo fúnebre de cinco de las 14 víctimas, en la vereda de la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, enclavada en la esquina, frente a la plaza del pueblo. La imagen de la familia que caminaba las 15 cuadras por el barro con sus manos aferradas al cajón de su hija aún se pasea como un fantasma por estas mágicas callecitas.

Tratar de dilucidar las causas de la tragedia de Villa Guillermina, ocurrida la noche del domingo pasado sobre la ruta 11, parece tan complejo como comprender la realidad de la vida de su gente, en este pueblito enclavado en el corazón del Chaco santafesino y literalmente olvidado d el mundo.

Villa Guillermina es la sombra de La Forestal. La compañía que extrajo el tanino a principios del siglo pasado permanece omnipresente en las casas de este bucólico pueblo de 7 mil almas enclavado en el "norte-norte", como les gusta decir a sus habitantes, a apenas 40 kilómetros límite con el Chaco.

Claro, cuando funcionaba La Forestal tenía 28 mil habitantes y ahora para entrar desde la ruta nacional 11 hay que hacer un rally por la ruta provincial 100, cuyo número no alcanza para contar la cantidad de pozos y cráteres que la bombardean.

Cómo estará de olvidada Villa Guillermina que el mayor peligro de la ruta 100 no son sus pozos, sino los montículos de asfalto de 40 centímetros de alto en medio de la calzada, a los que sólo se puede esquivar si uno circula por la banquina de tierra. "Acá termina el asfalto y después no hay nada", resume su presidente comunal, Eduardo Scarpín, en su humilde oficina, otrora edificio de La Forestal.

El pueblo carece no sólo de un banco, sino de un simple cajero automático. Sus vecinos, desde un jubilado, un trabajador formal o un beneficiario de una asignación universal por hijo deben desandar los 25 kilómetros que los separan de Las Toscas —la ciudad más cercana— y pagar los 14 pesos del pasaje de ida y vuelta en colectivo.

En realidad, están construyendo un cajero del Scotia Bank, en la sede de la vieja La Forestal, y otro del Nuevo Banco de Santa Fe, en la cooperativa telefónica. Pero ni siquiera el presidente comunal, Chiqui Scarpín, sabe si los verán habilitados antes de fin de año.

Villa Guillermina tiene siete colectivos diarios: tres a Las Toscas y tres a Villa Ocampo y Reconquista, del Norte Bis, y uno a Rosario, de El Norte. "Los servicios de la madrugada y de la mañana llevan a los obreros a la curtiembre de Las Toscas. Pero si la gente pierde un colectivo no tiene forma de salir del pueblo, salvo que se pare en la ruta a hacer dedo o, como lo hacían antes del accidente, pedir la trafic que teníamos en la comuna, en caso de urgencia", advierte el presidente comunal.

A modo de ejemplo, un remís a Las Toscas cuesta 50 pesos y uno a Villa Ocampo, 80, o cien, si es de noche. "Acá hay familias que comen con 12 pesos por día y viven de un plan Trabajar o de una asignación por hijo. ¿Cómo le decimos a un padre que no podemos llevarlo a él o su hijo en la trafic?", pregunta Scarpín.

El camión Ford 7000 azul que manejaba Dante David Sosa, un muchacho de 18 años sin licencia para conducir, es usado por su familia para tirar un viejo acoplado Java y llevar las cañas de azúcar desde las chacras hasta el ingenio Inaza, en Villa Ocampo. "Le ofrecieron hacer una changuita", confió su mamá después de la tragedia.

La pregunta sin respuesta es qué quiso hacer el muchacho al salir a la ruta cuando venía la Renault Master, a la que no pudo ver en una recta de unos tres kilómetros y sin obstáculos que impidan la visión.

En realidad, Dante Sosa no respetó el cartel de "pare" y repitió la maniobra imprudente de los conductores que cruzan las avenidas o salen a una ruta o una calle sin ceder la elemental prioridad de paso al vehículo que viene circulando, con la abismal diferencia de que lo hizo cuando la Renault venía a no menos de 100 kilómetros por hora y con un viejo acoplado Java sin luces ni bandas reflectoras. O como simplificó el vecino de este pueblito sin tiempo: "Es el camión de mierda ese...".