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Vecinos de Los Cardos denunciaron caso de explotación y abuso infantil

Cuatro niños eran obligados a trabajar en un basural en condiciones de esclavitud. Ahora están a cargo de un familiar y la Justicia investiga si fueron sometidos a abusos sexuales.

Domingo 20 de Noviembre de 2011

Los Cardos.- La desgracia los castigó con pobreza y miseria, los obligó temprano; la violencia les enseñó el silencio y la indiferencia los condenó al olvido. Al grupo familiar al que llamaremos en este texto Fernández, la fatalidad les marcó el destino. Un accidente de tránsito le arrebató de golpe al jefe del hogar y con él se fueron las posibilidades de prosperar. Sólo quedó tristeza y devino la indigencia.

A Stefanía (20), Daniela (19) y Leonardo (17) la edad les posibilitó independencia. Las mujeres formaron sus hogares y el varón se empleó en un campo. Para sus hermanos Luciano (16), Ezequiel (15), Gilda (13) y Rocío (11) la historia fue muy distinta. A pesar de su corta edad, su suerte los encontró trabajando de sol a sol en el basural de esta pequeña población del departamento San Martín. Allí padecieron severos castigos, calmaron el hambre con residuos y hasta se sospecha que fueron abusados por su padrastro.

Después de la muerte de Fernández, la mamá de los niños, Marcelina, formó pareja con Danilo y juntos intentaron zafar de la situación con los magros ingresos que dejaba la recolección de basura. Para esas tareas afectaron a los cuatro chicos que quedaron en una casa del pequeño pueblo de casi 1.400 habitantes.

Danilo estableció un estricto régimen de trabajo. La jornada comenzaba con la recolección de residuos por las calles del pueblo con un viejo acoplado rural tirado a mano. Después, en los terrenos del antiguo matadero donde funciona el basural comunal, continuaban con la selección de materiales para la venta y la quema de lo que no resultaba útil.

Con el tiempo la madre dejó de ir y Danilo se dedicó a comerciar lo producido. El basural quedó en manos de los niños, bajo las órdenes de Luciano, a quien le otorgaron el título de "encargado", para que ordenara el trabajo. Bajo la mirada indiferente de sus vecinos y la displicencia oficial, a instancias del tiempo que demandaba el trabajo, los chicos comenzaron a faltar a la escuela. Incluso los varones abandonaron.

Con el tiempo, las tareas se hicieron más intensas y el acarreo más pesado. Con las crecientes cargas de basura aumentó la explotación y como método de disciplina, el maltrato. Los sometieron a abstinencia de agua y de comida y fueron castigados persistentemente.

Los benefactores. María y Juan (los nombres son ficticios para resguardar sus identidades), un matrimonio vecino de los Fernández, observaron el arduo trabajo que realizaban los niños y sospecharon de que eran sometidos a explotación sistemática por su padrastro, bajo la mirada permisiva de la madre. A mediados de año se ocuparon de recabar información, de buscar excusas para entrar en diálogo con los menores y lentamente se dibujó ante ellos un paisaje desgarrador.

Con la convicción de que debían intervenir para cambiar la situación de los menores idearon un minucioso plan que llevaron adelante. Para ganar su confianza y conocer más sobre sus vidas, Juan los visitaba con frecuencia y les llevaba comida y gaseosas. Incluso llegó a trabajar durante días junto a ellos.

Con la ayuda de un teléfono celular de alta gama fotografiaron numerosos momentos de las pesadas tareas que realizaban los chicos. También grabaron diálogos y conformaron un archivo que les sirvió como respaldo para denunciar el caso.

Constataron así que los niños debían mover diariamente bolsas con 70 kilogramos de vidrio, fardos de cartón que superaban los 100 kilos y además manipulaban recipientes de peligrosos agroquímicos como glifosato o 2,4 D.

"Luciano, el mayor, comenzó a frecuentar mi casa. Aprovechábamos para darle de comer porque sabíamos que sólo se alimentaban de lo que encontraban entre la basura", explicó Juan. "Sin embargo —continuó— los padres se movían en motos y tenían celulares caros. Nos enteramos que el padrastro tenía buenos ingresos por la venta de material para reciclar".

"El día que dijimos basta fue cuando se confirmaron nuestras sospechas de que el padrastro abusaba de las niñas. Ahí nos decidimos a denunciar la situación", dijo María indignada y explicó que hasta ese momento los contenía el pensar en el dolor que engendraría en los niños la separación de la familia.

María y Juan llevaron adelante la denuncia a pesar de las amenazas que, según contaron, sufrieron de parte de la madre. "Los chicos relataron todo lo que ocurría pero la madre siempre lo negó. No entendemos cómo puede ocultar lo que sabe que le ocurre a sus hijos", aclaró María.

"Primero fuimos a hablar con la maestra y luego con la directora de la escuela pero no obtuvimos respuesta. Tampoco nos escuchó el presidente comunal", narraron.

"Fuimos a hablar con la asistente social de la Municipalidad de El Trébol, pero nos explicó que ellos no podían intervenir por razones de jurisdicción". Pero surgió el dato de que en pocos días visitaría la ciudad la directora provincial de Niñez y Adolescencia para firmar un convenio de colaboración con el municipio local.

Mónica Varetto, la directora de esa cartera, los atendió en la vecina ciudad y los derivó a la sede de Rosario. Allí expusieron el caso y presentaron las pruebas colectadas.

Para estar juntos. Poco después se enteraron de que la repartición provincial dio intervención a la Justicia y el 28 de octubre último decidieron quitar la guarda a la madre por el término de 90 días. Los niños iban a ser separados de las niñas en instituciones a designar. Esa posibilidad movilizó nuevamente a María y Juan, quienes no estaban dispuestos a causar más dolor a los chicos. La única posibilidad de que siguieran juntos era encontrar un familiar que se hiciera cargo de ellos.

Tras largas averiguaciones se enteraron de la existencia de un tío, hermano del papá de los chicos, que vive en Puerto Gaboto y que ocasionalmente los visitaba. El tío aceptó recibirlos en su hogar bajo la condición de que lo ayudaran para alimentar y vestir a los niños.

A través de la red social Facebook, María y Juan hicieron un llamado a la solidaridad de los vecinos para colectar ropa y útiles. "En pocos días logramos mucho, la gente acompañó muy bien y aún llegan bolsas con donaciones", aseguró María.

Los cuatro hermanos hoy viven con el tío y su familia en Puerto Gaboto, donde concurren a la escuela y esperan, cada domingo, la visita de sus nuevos tíos por adopción, María y Juan.

 

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