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Un espacio sagrado

Domingo 26 de Julio de 2015

No hay que ser especialista para distinguir a simple vista en la montonera rosa de los adultos y la grisácea de los menores sectores, patrones de comportamiento. Sólo hay que mirarlos un rato para darse cuenta que, además de los agrupados que duermen con la cabeza hacia atrás, metida en el lomo y la patita levantada en “4”, están los exploradores, que obtienenen sus banquetes pisoteando, bailando, haciendo ventosa con el limo del fondo de la laguna y cuchareando con ese curvado pico mitad blanco, mitad negro.

Hay masas quietas, que de repente salen a caminar o despegan esa postura de bailarina clásica, armónica y soberbia, con el cuello y las patas estirados. Y están esos como más excitados, inquietos, que agitan las cabezas de un lado a otro en lo que podría ser un pre-cortejo. Hay complotados y segregados. Pareciera que hablan, discuten, hacen gestos. ¿De dónde vienen esos, los nuevos, que se incorporan de a cientos cada año a los espejos de agua de Campo Andino? ¿Vendrán persuadidos por su tranquilidad y espantados (son muy tímidos y sensibles a los ruidos) por la contaminación de sus lugares de engorde?

Ante tanta belleza que se multiplica cada año, ¿quién se atrevería a tapar con disparos el característico y desordenado graznido de esa muchedumbre rosada, que se mezcla con los sonidos de las coscorobas? ¿A quién se le ocurriría interrumpir sus rituales? Realmente sería una profanación porque este espacio es sagrado.

 

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