Domingo 29 de Junio de 2014
Santiago es inabordable como todas las grandes ciudades, claro que hay hendijas por donde conocer sus encantos, sus aromas, descubrir los secretos de esta capital, que podría denominarse la menos latinoamericana del sur del continente. Prolija, ordenada, limpia, eficiente, moderna, Santiago es una ciudad donde los servicios funcionan y el respeto es moneda corriente; se escuchan las palabras “previsible” y “estable” para describir la vida cotidiana. Algo que sin dudas la diferencia de otras urbes sudamericanas donde reina el caos que también tiene su hechizo y da origen a otros atractivos culturales.
Una escapada a Santiago en poco más de una hora de avión nos traslada a otro paisaje con las cumbres nevadas siempre al alcance, sabores marítimos y borbotones de buen vino tinto que no es argentino. Para sacudir las calorías de los banquetes que suelen ser suntuosos, la propuesta es andar: a pie, en bicicleta, a caballo, y depende la temporada, en esquíes.
Volcarse a la bicicleta como medio de transporte no es casualidad, es consecuencia de las políticas públicas adoptadas para bajar el smog que se acumula en la ciudad encajonada sobre la cordillera de Los Andes, a 426 metros sobre el nivel del mar.
Es tan amable Santiago con las bicicletas que es justamente una de las mejores formas de conocer esta gran ciudad. Las propuestas de La Bicicleta Verde son ideales para emprender esta aventura urbana y emprender un original city tour. Por supuesto también se pueden rentar, incluso existe el sistema público de alquiler por algunos días, después las bicisendas hacen su parte, esquivan el tráfico y llevan al turista por el lugar indicado.
La primera pedaleada es por los parques de Santiago. El origen mapuche y la inmigración saltan desde los monumentos, con reproducciones de estatuas Chemamull –talladas en madera–, que también se pueden conseguir en los anticuarios. La historia reciente atraviesa el centro de la ciudad donde dos figuras antagónicas ponen nombre a la información y hacen subir el tono de muchas conversaciones cotidianas en las que, llamativamente, en épocas de plena y vigorosa democracia, el dictador Pinochet aún conserva defensores.
El centro histórico se compone de unas diez manzanas muy fáciles de recorrer a pie ya que tiene guías con estrellas en el suelo que indican dónde están emplazados los hitos, cómo encontrar los museos e iglesias, el Palacio de la Moneda y la Plaza de Armas. Las calles estrechas empedradas y sinuosas aparecen en el barrio París-Londres y la vuelta termina en el cerro Santa Lucía, que emerge en el nudo de la escena ya que es donde se fundó la ciudad. Las escaleras al cielo de ese pequeño pulmón permiten subir un estanco a la cordillera, además de acceder a una tradicional vista de la ciudad que existe desde 1541.
Desde la bici se da un vistazo a los barrios Bellavista, Lastarria y Las Condes, pero es fundamental volver con tiempo para indagar en las librerías, tiendas de ropa, arte, antigüedades y fundamentalmente sentarse a comer, catar piscos sours de bar en bar y entregarse a los sabores de la cocina chilena.
A comer. En la llamada zona de los Mercados, se puede recorrer el Mercado de Abasto, pispear en Tirso de Molina y animarse a La Vega, el Mercado de Frutas y Verduras donde, para dar un ejemplo, se exponen hasta cinco variedades de palta, exóticas legumbres y especies muy picantes. O por qué no llevarse Nony, la fruta que todo lo cura. Es un fruto de color amarillo, blando, que lo ofrecen para tomar licuado con leche junto a un cartel que asegura “beneficios para la hipertensión arterial, problemas al corazón, vasos sanguíneos y retención de líquidos”. Es decir, hay que tomarlo.
Cruzando el río Mapocho emerge el Mercado Central y el entorno se pone más paquete, es una opción sentarse a comer donde lo hace la gente que vive y trabaja por ahí, quienes invitan a no olvidar el sabor de la Pantruca que sale con un guiso de porotos y tallarines. Luego de caminar un rato más, a la hora de ese tentempié, es buena idea hacer tranca en el restaurante El Galeón, que sirven buen pisco para acompañar ceviche chileno y abundantes platos de mariscos, salmón con ensaladas de colores y papas fritas crujientes. Una escapada bien chilena, a la vuelta de esa esquina es pasar por La Piojera a tomar el trago ”Terremoto” que mezcla vino dulce de damajuana, (pipeño), helado de piña y fernet.
Ya ingresando en las calles más elegantes del barrio Lastarria, El emporio de la rosa tienta con una leyenda: se ha topado usted con una de las 25 mejores heladerías del mundo ¿cómo no entrar a probar? Un gusto combina limón, menta y albahaca; otro plátano manjar y el inolvidable chocolate naranja. Sigue recrearse en el Museo Mavi, descansar y volver de noche a comer más pescados.
Los hoteles de categoría promocionan su carta con cenas nocturnas recargadas. En el Sheraton espera la mejor copa de camarones de Santiago y alrededores, un plato de centollas magnífico que es una fiesta para los sentidos y un tiramisú que llega con una historia de amor atrapante antes de probarlo.
El sushi. La creme se teje en el barrio Las Condes, en las múltiples propuestas del Hotel W, con salones para cada ocasión, restaurantes de sushi, cocina francesa, chilena, wineshop, terraza, y whishky blue para el broche final. Un lujo. Las estrellas se alojan en sus habitaciones oro, con instalaciones vip que hasta cuenta con un helipuerto y traslados al centro de Esquí Valle Nevado que se avista desde los balcones. A estar atentos a las fechas en las que hay fiestas.
En otro mediodía, al sur sobre el río Maipo, ya en la comuna de Pirque, el viaje culinario tiene parada obligada en Los tesoros de Chile, un restaurante que funciona en una casona restaurada que ha sobrevivido a los sismos y es atendida por su dueño. La propuesta es conocer la esencia de Chile través de los sabores. En cinco pasos justos se degusta: sopaipilla tortafrita de calabaza, queso de cabra, arrollado de cerdo con quinoa, la especialidad que es pastel de choclo, reineta –un tipo de palometa– con camarones y postres más familiares como flan y panqueque con dulce de leche. Imperdible.
Por la noche se puede cenar en El Mesón Nerudiano, en Bellavista, la recomendación del chef por supuesto es un ceviche de entrada, un singular pastel de jaiba –cangrejo– y de postre crema catalana. Al acercarse la medianoche los bares desbordan, se puede ir probando tragos en la zona que se transforma en una peatonal nocturna, conviven pubs irlandeses, dos por uno de pisco al paso, y galerías que invitan a conocer bailes típicos chilenos como El arte de cuequear.
En bici por los viñedos. El 80 por ciento del país es montaña, por lo cual la aventura está asegurada, hay múltiples tours que llevan a pasar el día subiendo y bajando caminos en la inmensidad de la precordillera.
La novedad es el recorrido por viñedos en bicicleta, bien logrado el paseo por la bodega Cousiño Macul en Valle del Maipo da un toque de acción a la clásica visita a la producción vinícola. Chile es el quinto exportador de vino mundial, a diferencia de Argentina que su principal mercado es el interno, el país trasandino se esfuerza en salir al mundo. La excursión por la viña óptima para Cabernet Sauvignon es de medio día y combina la liberación de sentir el viento en la cara entre los viñedos, con el imponente paisaje de las montañas que invade los sentidos y la historia de la familia Cousiño, que en el siglo 19 plantó cepas importadas y hoy alberga en las bodegas subterráneas su más preciada colección privada.
Junto con la entrega del rodado acompaña una copa que se lleva en el canasto de la bici. La pedaleada se extiende durante una hora por los viñedos, con paradas estratégicas para beber. El paisaje bordea con la cordillera de un lado y la urbe del otro. Las parras de 82 años, las más antiguas de Chile, son marco ideal para fotos mientras se cata el vino correspondiente a la uva. Para aliviar la andanada sirven agua que mantiene la sobriedad necesaria para conducir. Culmina el paseo con la explicación del proceso de fermentación –la transformación del azúcar de la uva en alcohol– y una recorrida por las bodegas subterráneas, siete metros debajo de la tierra; lo demás es museo, ya que la producción real y más moderna se encuentra en un campo de la comuna de Buin, el sistema es el mismo pero controlado por computadora.
No queda otra que buscar dónde comer, relajar las piernas y seguir.