Turismo

Valle Nevado Ski Resort, donde las vacaciones de invierno se viven a pleno

Está ubicado a una hora y media de Santiago de Chile. Con buen clima, la mejor nieve y una agenda de actividades nutrida, en esta época se revela como la reina de la temporada.

Domingo 03 de Agosto de 2014

 Imposible reconocerlo. En la calle, en la cola del súper, en el ascensor, aunque suba 37 pisos, a paso de hombre y sólo esté él, el espejo y esa musiquita insulsa que suena sin que nadie la escuche, sin que a nadie le importe. El disfraz perfecto, la envidia de los agentes de la CIA. Gorro, bufanda, lentes espejados, campera de colores vivos, amarillo, rojo, verde, fucsia, un arco iris incandescente, un póster de la Era de Acuario colgado en la pared del ático de una casa victoriana, paredes de madera, tonos pastel, pintura descascarada, justo en la esquina de una de las callecitas empinadas que nacen o mueren, quién lo sabe, en Ashbury Hights, en la San Francisco del verano del amor. Y así y todo pasa inadvertido, como la carta robada del cuento de Edgar Allan Poe.

   Se llama Joel Certano, tiene 45 años y hace 25 que trabaja de instructor de snowboard en Valle Nevado, Chile, prácticamente desde que abrió el centro de esquí, y conoce cada rincón de la cordillera porque los ha surcado velozmente dibujando alitas de ángeles en la nieve virgen, solo o acompañado por esos aventureros que se cuentan con los dedos de una mano y se animan a las excursiones que se internan en helicóptero más allá de los paisajes conocidos. Acaba de bajar de la aerosilla en Mirador, uno de los paradores preferidos de los principiantes, y mira las montañas, no lo dice, pero sabe cada nombre, cada historia, y mientras piensa saborea la paz de la montaña que, por las mañanas, ni bien los primeros rayos de sol asoman en el horizonte, es absoluta. Una roca sólida indestructible.

   El aire es frío, seco, inmóvil, tanto que si no fuera por las volutas de humo que se le escapan de la boca cuando respira podría tocarlo. Alza la mano y señala a los lejos una ladera blanca, desierta. “Ahí es donde se encontró la momia”, cuenta en un castellano esforzado, con las erres arrastradas, como si quisieran ser ges, pero sin mucho entusiasmo. Es francés, aunque a él le guste decir que su patria es París, que nació en París, vive en París y que morirá en París. Lo curioso es que conoce las tradiciones de los antiguos habitantes del valle mejor que los baqueanos nacidos y criados en la cordillera. Si se descuida acaso podría perderse en el laberinto callejero de Montmartre, pero en el cerro El Plomo, jamás.

   “Allá está Santiago, de noche se puede ver la claridad de la ciudad que ilumina el cielo entre los cerros”, mira en dirección a una hondonada que está más allá de una formación rocosa a la que llama Tres Puntas. Su alumno, un cincuentón, que tendría que haber pensado dos veces antes de subirse a la tabla, lo escucha con atención mientras piensa cómo hacer para que la conversación vaya más allá, no quiere volver a las pistas, al menos no hasta que logre recuperar el aliento. Pero como no tiene aire ni para respirar, se queda callado, mirando sin ver, escuchando cómo torpemente se le inflan los pulmones y los latidos del corazón vuelven a su ritmo normal. Acaba de bajar a los tumbos de la aerosilla, es un milagro que se mantenga en pie, le duelen músculos que ni sabía que existían, pero sonríe.
  Así se siente la nieve, extenuante, pero feliz. Hay momentos, aún en los descensos más fáciles, esos que los expertos llaman “pistas azules”, en los que el miedo cosquillea en el estómago, sobre todo cuando se adquiere velocidad y, casi sin pensarlo, se acaricia el borde de un desfiladero desde donde el hotel, que es un edificio enorme, de paredes color ladrillo y techos negros, a dos aguas, se ve pequeñito, como una de esas casas que, con esmero de un gran constructor, los niños levantan ladrillo por ladrillo de Lego. Joel, algo cansado de las torpezas de su alumno, lo dice de la mejor manera que puede: “El exceso de confianza es peligroso, pero el peor enemigo del esquiador es el miedo”. La lección se entiende a la perfección, pero la montaña tiene sus propias reglas y está al mando.

   Los días son largos en el valle, y eso es lo bueno. La gente de Santiago lo sabe mejor que nadie, están a tan solo 46 kilómetros por una ruta que, salvo el último tramo de caracoles, es una delicia. Así que tomar la decisión de hacerse una escapada al cerro es una decisión del momento, les basta saber que hay buen clima y listo, a cargar los equipos en el coche y a la nieve. Pero la reputación del centro de esquí va más allá, los expertos como Joel, que le han dado la vuelta al mundo haciendo lo que más saben y que más les gusta, aseguran que es uno de los mejores del planeta, no sólo por su naturaleza sino también por sus servicios. Son 41 pistas, tres hoteles, ocho restaurantes, un spa y un pub, donde se juntan los esquiadores a contar sus hazañas, tomar un trago y escuchar buena música.

   Lo mejor, después de un día en la nieve, es una sopa caliente. Y eso es precisamente lo que sirven en los hoteles al caer la tarde, cuando cierran las pistas de esquí. Lo hacen en la sala de estar, donde están los televisores, las computadoras, para los que ni siquiera rodeados por la naturaleza pueden desconectarse. Es el lugar de encuentro donde, aún vestidos con la ropa técnica, el rostro dorado por el sol y cara de “qué bien que me vendría descansar un rato”, se mata el tiempo mientras se bajan los videos, las fotos, que registran los grandes momentos vividos en la montaña. Hasta ahí llega el alumno, a quien todavía le atruenan los oídos los gritos de Joel rogándole que haga lo que le enseñó y no invente cosas raras, en busca de refugio, y lo encuentra en un consomé de cebolla.

   Antes de subir a la habitación, acaso con el último esfuerzo, se suma a la clase de elongación que dan en el gimnasio del hotel y que, milagrosamente, le devuelve la vida a sus músculos. El buen hombre, que ha pasado demasiadas horas sentado frente a la computadora, que ha perdido más tiempo que el aconsejable hundido en el sillón del living, mirando la televisión, daría su vida por un Actron Plus. Como sabe que tomarlo sería una traición al espíritu deportivo y, pese a que con el cepillo de dientes y la crema de afeitar trajo una caja de veinte comprimidos “cápsula blanda”, no lo hace. Es más, como necesita más que nada en el mundo relajar su pobre cuerpo maltrecho, se pone el traje de baño, baja a la piscina y, con la cordillera como testigo de su proeza, se sumerge mansamente en el agua.

   Después de un rato en el agua, las piernas dejan de flotar inermes y poco a poco vuelve a cobrar fuerzas. Mira alrededor, a un lado un fogón donde un grupo de chicos charlan y ríen vaya uno a saber de qué, sobre el deck de maderas aquí y allá hay manchones blancos de nieve y un poco más atrás un cartel de letras rojas, apenas iluminado, recuerda aquellas vacaciones en familia, perdidas en el tiempo, frescas en la memoria, en las playas de Mar del Plata. Havanna, dice, sí, en el corazón de la cordillera chilena venden alfajores argentinos. Ligero, como la insoportable levedad del ser, hunde la cabeza, da una vuelta y sale a la superficie con el poco pelo que le queda peinado tirante, para atrás. En el aire suena una música contagiosa, un ritmo de tambor que señala que el tiempo del relax terminó.

   Después de una ducha rápida, baja al lounge que da a la pista de principiantes, el punto de partida de la aventura, el lugar donde se encontró cara a cara por primera vez con Joel y acepta sin chistar la copa de Pisco Sour que le ofrece una camarera que anda de aquí para allá con una sonrisa en el rostro y una bandeja repleta de copas delgadas y altas. Llega justo a tiempo para ver la bajada de antorchas, casi lo había olvidado, y es lógico que así sea, con tanto ajetreo, pero ahí está, con las manos apoyadas en la baranda de la terraza del bar viendo cómo los esquiadores trazan dibujos de fuego sobre la nieve. Es una noche clara, el aire es frío y seco y el ambiente animado. Fuerza la vista y entre la multitud cree reconocer a su instructor, se equivoca, nadie podría hacerlo. Ese es su don y su condena.

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