Turismo

Una recorrida que revela los secretos de las librerías más famosas del mundo

Cualquier excusa es buena para visitar una librería, hasta una tarde libre en una ciudad extraña. En los viajes, los amantes de los libros se toman un tiempo para visitar los locales que son leyenda.  

Domingo 22 de Julio de 2012

Cada loco con su tema, también en los viajes. Están los compradores compulsivos, que ni bien bajan del avión salen despavoridos en busca de un negocio donde pueden gastar los dólares que llevan en los bolsillos, también los gasoleros, que antes de decidir dónde comer un hot- dog hacen un pormenorizado estudio de mercado, no sea cosa que dilapiden un centavo de más y la economía se les vaya al demonio. No hay que olvidar a los amantes de la cultura, que no pueden dejar de entrar a un museo, por más que lo que atesore no sean más que inodoros, como sucede en el Sulabh International Toilet Museum de Nueva Dehli, en la India.

Están, por supuesto, los que tienen la manía de las librerías, que son tan obsesivos como cualquier otro, solo que lo que los motiva, lo que los pone en movimiento, son las catedrales del saber, que pululan, aquí, allá y en todas partes, y que sientan sus bases sobre volúmenes de tapas de cartón y alma de papel. Si llegan a una ciudad, no importa cuál, no importa cuándo, acaso sin decírselo a nadie, como quien no quiere la cosa, buscan con la vista en la distancia, disimuladamente, un escaparate repleto de libros y sin pensarlo se zambullen en el interior del local, en busca de vaya uno a saber qué tesoro, aunque enfrente esté la Torre Eiffel o el London Bridge.

Como Owen Wilson, en el final de “Medianoche en París”, que ni bien consigue sacarse de encima la hojarasca sale de paseo por el Barrio Latino y se da una vuelta por Shakespeare and Company, con la naturalidad con que sólo podría hacerlo un escritor como él, un director de cine como Woody Allen, que ama la bohemia parisina de aquellos buenos viejos tiempos en los que andaban por ahí y uno podía cruzárselos en un café, en un cabaret, en una mesa de saldos, a Hemingway, a Scott Fitzgerald, a Picasso, a Dalí y no caerse de espaldas. Entra, curiosea un poco y sale, como le gustaba hacer al Negro Fontanarrosa en Ross, sin la obligación de tener que comprar nada.

Shakespeare and Co., como los entendidos llaman a la librería, está un poco escondida, en la rue B–cherie, a orillas del Sena, en la Rive Gauche. Después de husmear en sus recovecos, revisar las estanterías, caóticas, desmesuradas, irresistibles, bien vale la pena tomarse un respiro en uno de los bancos de madera que descansan en la puerta del local y contemplar, desde una perspectiva inesperada, la catedral de Notre-Dame, sí, la que está custodiada por amenazantes gárgolas de piedra y que, según contó allá lejos y hace tiempo el bueno de Víctor Hugo, escondía en el campanario a un jorobado triste y enamorado al que todos conocían como Quasimodo.

Hay libros por todas partes, como en la casa de Angélica Gorodischer, que tiene bibliotecas hasta en el baño, pero no más que en Strand, la legendaria librería de usados de Nueva York, que no solo es gigante, los que la conocen en profundidad aseguran que sus estanterías suman 18 millas de libros, sino que además esconde tesoros insospechados. Revolviendo entre manuales de ciencias, infinidad de clásicos de bolsillo y tratados de temas insólitos como las especies florales de Nueva Guinea, se puede dar con un ejemplar de ese libro que siempre se buscó y que estaba irremediablemente agotado, firmado por el autor, un hallazgo, una rareza capaz de paralizar el corazón.

Está en la esquina de Broadway y la 12 St. y es inconfundible, el toldo rojo que protege las vidrieras del sol se ve desde lejos, aunque hay que acercarse para poder leer las letras blancas que advierten a los desprevenidos que se llegan hasta el lugar que se venden libros “viejos, raros, nuevos”, por si a alguien le quedaba alguna duda. Es famosa su sección de oscurantismo, donde pueden encontrarse títulos que de sólo leerlos erizan los pelos de la nuca. Hay quien se ha pasado tardes enteras, revisando uno por uno los libros apilados aquí, allá y en todas partes, en busca del Necronomicón, el libro maldito de Abdul Alhazred que cita en “Los mitos del Cthulhu”, Howard Phillips Lovecraft.

Ni bien se da un paso dentro de Strand el olor es inconfundible, aunque difícil de definir, una mezcla de tinta de imprenta, papel prensa y ese polvillo que por más que uno pase el plumero una y otra vez permanece junto a los libros como si fuera su mejor amigo, o mejor, su peor enemigo, la otra cara de la moneda, como el Guasón para Batman, su razón de ser, y a la vez, su peor pesadilla. Hay que decirlo: las librerías de usados para los alérgicos son una tentación y una condena. Su promesa de esconder en algún rincón oscuro ese volumen incunable que siempre se deseó tener es irresistible, tanto como el mal que acecha agazapado entre sus páginas y que provoca el estornudo.

Como en la sala de lectura de la Biblioteca Argentina, donde, sin una dotación generosa de pañuelitos descartables, no hay que pensar siquiera en entrar, en trasponer las puertas de vidrio esmerilado las puertas de vidrio esmerilado donde se lee, en enormes letras blancas, aquello de “Conocer es amar, ignorar es odiar”. Lo mismo pasa en City Lights, la legendaria librería de San Francisco, un símbolo de la contracultura en Estados Unidos que fue fundada en 1953 por el poeta Lawrence Ferlinghetti, quien enfrentó un largo y escabroso juicio por obscenidad por haber publicado el libro “Howl and Other Poems”, de Allen Ginsberg, y al ganarlo se convirtió en un héroe de la “beat generation”.

Llegar hasta City Lights es un viaje. Ubicada entre el Barrio Chino y North Beach, para llegar hasta el viejo local del 261 de Columbus Avenue hay que atravesar la historia de la ciudad que en los 60 se convirtió en la Meca de los hippies y unos años más tarde fue el germen de la lucha por los derechos civiles de la comunidad homosexual. Desde la puerta de la librería, hacia el sur, la vista choca contra la arquitectura imponente de la Pirámide de las Américas, una maldita daga que se clava justo en el cielo. A unos pocos metros está el edificio que alberga las oficinas de Zoetrope, los estudios de Francis Ford Coppola, que aparecen en la película “Entrevista con un vampiro”.

Si se llega hasta City Lights, además de bajar la escalera de caracol que conduce al sótano, donde está la completísima colección de cine de la librería, hay que cruzar la calle y tomar un trago en Vesuvio Café, donde paraban Jack Kerouac, Dylan Thomas y Neal Cassady, en los tiempos en los que salir a la ruta en busca del destino no era el tema de la gran novela americana sino moneda corriente entre los jóvenes que cuestionaban el sueño americano. El bar es encantador, con sus sillas de madera y mimbre, las lámparas con tulipas multicolores y las mesas donde alguna vez los poetas malditos garabatearon los versos de los poemas que hoy recitan los jóvenes aprendices de brujos.

Después de visitar el lugar, no se puede más que salir a vagabundear, lo que mejor hace y que más le gusta al viajero que huye. Por más que en el bolsillo trasero del jean llevara esa guía ilustrada de California que siendo joven, tanto que los recuerdos se confunden, compró en The Travel Bookstore, la tienda de libros que se hizo famosa porque entre sus estanterías abarrotadas de libros de turismo se enamoran Julia Roberts y Hugh Grant en “Notting Hill”. Es difícil decir por qué ya soñaba con recorrer los caminos de la costa oeste de Estados Unidos, tal vez por las películas de vaqueros que veía cuando era chico los sábados en “Cine de súper acción”. ¿Quién sabe?.

Lo cierto es que, cuando vio por primera vez el frente azul marino de la librería en el cine, recordó que había estado ahí y que, como siempre le pasa cuando se dejar llevar por los impulsos frente a una mesa de saldos, metió la mano en el bolsillo, rebuscó un puñado de billetes ajados y compró el primer libro que se le cruzó en el camino y que podía pagar. Había otros, claro, algunos de tapas duras y fotografías a color, otros con mapas desplegables, que había que hacer lugar para poder apreciarlos en su verdadera magnitud, pero eran caros y pesados, y lo que buscaba era uno que fuera útil y lo pudiera acompañar en sus viajes. Ese es el que llevaba consigo mientras paseaba por Portobello Road.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS