Turismo

Una carrera a toda marcha en las aguas que navegaron los piratas del Caribe

En Saint Martin, además de las excursiones tradicionales, se ofrece un paseo en el que se puede participar, como tripulante, de una regata a bordo de uno de los legendarios yates de la American's Cup.

Domingo 26 de Agosto de 2012

Como en las novelas de Salgari, esas que ya nadie lee, pero que los que tienen cierta edad recuerdan con nostalgia. Las olas son altas, emergen de las profundidades, dan vueltas, se tuercen, se elevan, mientras cambian de color, azul casi negro, que se vuelve pardo y turquesa a la vez, celeste, claro, cristalino y blanco, puro, espumoso, hasta que rompe contra la proa del barco, que se abre paso inclemente, partiendo el mundo en dos, de un lado el mar y del otro el mar, también.
No es cualquier mar, es el Caribe, que en las Américas es el mar de los sueños, como en Europa son los mares del sur. Lo navegó Colón, con la Niña, la Pinta y la Santa María, antes que ningún otro cristiano, con el casco de madera crujiendo bajo los pies de feos, sucios y malos que formaban su tripulación, un puñado de hombres rudos, a los que con todo gusto los hubieran echado a patadas del infierno, pero que un genovés, medio loco, medio genio, se los llevó a hacer historia.
Lo navegó el Capitán Sparrow, vaya uno a saber cómo y por qué, pero lo hizo, al mando del Perla Negra, con las velas hinchadas de orgullo, al saber que llevaban directo a su destino de fortuna y gloria al barco más rápido de los siete mares. En sus aguas tumultuosas, infestadas de tiburones, se debatieron, una y otra vez, los balseros que huyeron de la Cuba de Fidel Castro persiguiendo el canto de las sirenas que prometía un sueño de libertad que, en realidad, era una pesadilla.
Mientras el bote corre a máxima velocidad, con el viento haciendo su trabajo con esmero y el sol quebrándose en mil reflejos plateados sobre las aguas, el Caribe espera agazapado dar el gran salto. Un rugido emerge cada vez que la popa se eleva y vuelve a caer pesadamente y el deseo de ir más rápido, aún más de lo que es sensato para alguien que no sabe de navegación, más que lo que ha leído en las novelas de Stevenson, de Conrad, de Pérez Reverte, y ha visto en el cine, a las cansadas.
Son doce metros del mejor diseño náutico del planeta, líneas estilizadas, curvas tan suaves que serían el desvelo de la más bella de las modelos de tapa de Vogue o de Elle, que es lo mismo, porque sólo eligen lo mejor. Un único mástil perfecto, hermoso, una punta afilada capaz de clavarse en el cielo y hacerlo sangrar. Y las velas que, desplegadas, cuando empiezan a chillar, cuando se agitan, cuando tiemblan enloquecidas, dan miedo. Son el poder, la fuerza, el motor que empuja a la aventura.
Son quince toneladas de madera, aluminio y deseo lanzadas en una carrera que si no fuera porque al mando de la embarcación va un capitán experto, que lleva el timón con la firmeza de quien sabe lo que hay que hacer y cuándo hacerlo, no se podría esperar menos que lo peor. Su voz de mando da las órdenes justas, precisas, qué cabo tomar, cuándo hacer girar la manivela, hacia dónde hay que mirar, cuando se puede mirar, porque el resto del tiempo hay que hacer que el velero corra.
Es fascinante, se haya o no leído a Salgari. Es una experiencia única que se ofrece a los visitantes en Philipsburg, la capital del lado holandés de Saint Martin. Un muelle de madera, que recuerda al de Amity Island, el balneario bañado de sangre de “Tiburón” de Steven Spielberg, es la antesala de lo que se imagina será un tranquilo paseo en velero y que, cuando menos se lo espera, se convierte en una regata que exige energía, decisión y, lo que es más divertido de todo, ansias de gloria.
America's Cup Yacht Racing es el nombre de la firma que invita a los turistas que llegan a la isla, acaso la más enigmática y encantadora del Caribe, a recrear la emblemática competencia náutica que en 1958, con el envión del reciente final de la Segunda Guerra Mundial, enfrentó a los mejores barcos que se hayan podido soñar jamás. Ahí esperan a su tripulación, meciéndose suavemente con el ir y venir del mar, el Star & Stripes y el Canadá II, enormes, delicados, majestuosos.
Desde la costa los yates, el mar, lucen inofensivos, pero una vez que se adentran en las aguas transparentes del Caribe todo es distinto. Se enfrentan con coraje y bravura a las olas que se alzan, furiosas, lanzando espuma por la boca. Y lo hacen con la audacia de los que saben que no tienen nada que perder, sencillamente, porque nacieron para ganar. Se deslizan sobre la superficie del agua como flechas envenenadas, dan vuelta, se inclinan peligrosamente y vuelven a la carga.
A cada trecho largo, sereno, a cada carrera en línea recta hacia el horizonte, le sigue un viraje brusco y seguro. Lo hacen ambos botes, tan cerca que da la sensación de que un descuido, un ligero error de cálculo, puede hacerlos tocarse, chocar el uno contra el otro. Es inevitable pensar que si eso sucede, a esa velocidad, sería fatal. Pero es imposible, los capitanes juegan el juego, fruncen el ceño, dan órdenes nerviosas, aunque saben que no hay ningún peligro. Que todo está bajo control.
En un destino de playa, por paradisíaco que sea, el único riesgo es olvidar el protector solar. Por eso, cuando en una isla caribeña, sofisticada como Saint Martin, se puede, además de tirarse al sol como lagartos, tomar cócteles y refrescarse con un baño en el mar, vivir una experiencia excitante, como embarcarse en un 12 metros de leyenda, uno de los yates originales de la America's Cup, y gobernar la nave, como si realmente se supiera hacerlo, el viaje, el destino, vale la pena.
Y el recuerdo, no importa el tiempo que pase desde ese momento, es imborrable. El agua que salpica la ropa, los embates rebeldes del viento, la sal en los labios y las risas que acompañan a cada maniobra, la satisfacción de hacerlo uno mismo, con ayuda, pero con las propias manos, permanece en la memoria. Como el brindis final, en cubierta, casi sin aliento pero contentos, chocando las botellas de cerveza helada. Una anécdota que se cuenta antes de que se termine el viaje.

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