Turismo

Un poco de jazz en Nueva York

Un increíble recorrido por la noche de "la ciudad que nunca dueme" para disfrutar de "la música de los hijos de los esclavos"

Domingo 11 de Marzo de 2018

Ronny Whyte, micrófono en mano, en impecable traje gris topo, camisa blanca y corbata azul, aclara su garganta. Tiene el pelo cano, una cuidada cirugía le ha borrado de la cara las arrugas más importantes y su sonrisa de galán de los años sesenta acompaña sus gestos. Este cantante y pianista al viejo estilo es el presentador de las sesiones de jazz que todos los miércoles a la una de la tarde se desarrollan en Saint Peter's Church, una iglesia luterana al 619 de Lexington Av en plena Nueva York. De por sí, ni la hora ni el lugar sugieren ser los adecuados para presenciar una sesión de jazz, sin embargo el programa viene desarrollándose desde 1982 con singular éxito.
   Quien se aproxime a la esquina de Lexington y 54 encontrará una moderna estructura de cemento que forma parte de uno de los complejos edilicios más importantes de la ciudad. Se puede ingresar por la puerta al nivel de la calle, pero aconsejamos descender por las escaleras que dan a un patio de invierno, para tener acceso directo a la sala que no es otra cosa que la nave del templo. Allí disfrutarán de cómodas gradas de madera clara con almohadones al tono, dispuestas en forma de anfiteatro. Deberán pagar sólo 10 dólares de entrada, que no es obligatoria. No se extrañen por el público. Todos retirados que disfrutan del servicio de almuerzo a precios muy módicos que la congregación da diariamente a mayores de escasos recursos. Para ellos la entrada es libre. Ronny anuncia el número de esta semana: Danny Bacher. Un cantante y clarinetista, acompañado por piano y contrabajo. Asegura que ha actuado en los lugares más importantes de la ciudad. Este es el secreto de St. Peter's: siempre convoca a artistas que, para verlos en otro tipo de show, habría que disponer de entre cincuenta y cien dólares.
   Afuera el frío invernal se ha retraído. Un sol tibio traspasa la facetada cúpula que deja ver la mole de cemento, acero y cristal que nos circunda: son más de sesenta pisos de oficinas de importantes bufetes de abogados y reconocidas empresas internacionales. Adentro, música de primera. Danny Bacher, mucho swing, a nuestro gusto, luce más como clarinetista que como cantante. En una ciudad frenética, esta mañana en St. Peter's la melodía saca un empate con el ritmo.
   Forma parte de los propósitos de un clásico turista presenciar algún espectáculo en New York. La mayoría prefiere los musicales de Broadway: no se necesita tener buen inglés para entender la historia, las melodías siempre son agradables y pegadizas, los bailarines cumplen, la escenografía e iluminación no decepciona. Se pasa un buen rato. Algo parecido sucede con los amantes de la ópera. En esos espectáculos la inversión garantiza un medido rédito de goce. Muchos creen que el jazz es música para entendidos, o al menos para oídos entrenados. Algo de eso hay, no sólo con el jazz, con cualquier género, también con las formas más simples, pero con el jazz en Nueva York el riesgo de fracaso se diluye al mínimo. Son tantos los sitios y tan alta la calidad de los intérpretes, que hay que tener mucha mala suerte para que una cita a ciegas termine en decepción. Cualquier página de internet ofrece un amplio espectro de clubes. A estos fines antes de viajar sugiero un aterrizaje en la de Time Out.
Experiencias personales
Comparto mis experiencias sin que ello signifique un seguro de disfrute ni pretender resultar totalmente comprensivo. Si no hay intenciones de salir del centro, intenten en Birdland en plena Avenida 42. Los espectáculos son de buen nivel; se puede encontrar a John Pizzarelli y los domingos a Chico O'Farril con su orquesta de fusión de jazz con música afro-cubana. Ambos a precio razonable. Geográficamente un poco más abajo, sugiero Jazz Standard (al 116 East de 27), que siempre convoca a artistas de primer orden, y más al norte, el icónico Jazz at Lincoln Center. Allí la calidad es altísima y los precios aceptables para lo que se obtiene. Esté atento porque no son pocas las veces que recibe a Wynton Marsalis y su orquesta, y en otras a los estudiantes de Juilliard, una de las mejores escuelas de música del mundo.
   Si deciden ir para el sur, a la zona del Village, ese es el reino del famoso Blue Note, tantas veces visitado por el rosarino Gato Barbieri. Se denomina a sí mismo la Capital Mundial del Jazz. Un clásico, pero es difícil encontrar un espectáculo nocturno de fin de semana sin gastar menos de cien dólares. A principios de febrero estuvo en cartel Rachelle Farrell, una de las cantantes más notables de los últimos años. Los domingos, se puede intentar con los "brunch" donde podrá almorzar y escuchar buen jazz por bastante menos. Muy cerca de ahí, en la calle 3, se ha puesto de moda Zinc Bar. Todavía no fui.
   Para quien le interese conocer una verdadera cueva de jazz recomiendo Smalls. También en el Village. Precios populares y espectáculos de altísima calidad. Genuino jazz. La música de la libertad, de la libre creación, de la improvisación más asombrosa y llamativa, de la emoción más sincera. Sin luces que distraigan, ni personal emperifollado. Música que se puede tocar con las manos. Smalls es un sótano, sin embargo uno cree estar en el cielo. Los músicos ahí nomás, compartiendo mucho más que el aire. No se necesita reserva. Usted hará una cola. Los espectáculos se suceden hora tras hora. Tres o cuatro por noche. Todos buenos, puros. Jazz genuino. Sólo tragos. Nada de cena show. ¿Qué es eso de masticar mientras se escucha una trompeta que atraviesa el espacio? Al salir, la zona dispone de abundancia de restaurantes de todos los gustos, nacionalidades y precios. Llevar efectivo, en algunos sitios, no aceptan tarjetas. Del mismo estilo y en el mismo barrio, Village Vanguard. Son 75 años de jazz. Aseguran que en algunas noches las almas de John Coltrane y Bill Evans pueden darse una vuelta. Nunca tuve esa suerte.
   Si lo que pretenden es encontrarse con Woody Allen desafinando de manera atildada, dispongan abonar entre 120 y 210 dólares (según la ubicación) cualquier lunes en Café Carlyle, en el 35 East de la calle 76. Si hay algo que no tiene que ver con el Jazz es el barrio donde toca el señor Allen. Aun así, vale la pena caminarlo, al barrio. Tomar Madison por ejemplo, y subir desde 57 hasta 90. Todas las tiendas y joyerías más caras del mundo están ahí. Está claro que Nueva York no participó de la impronta del jazz en sus primeros años como lo hicieron Nueva Orleans y Chicago, sin embargo ha sido la que le dio el impulso internacional que hoy tiene. Aquí se hicieron las primeras grabaciones y fue con el resurgimiento del Harlem, a partir de 1919, y más precisamente cuando se instaló allí la famosa "369 Infantry Band" formada con músicos negros que habían participado de la Primera Gran Guerra, que la música de los hijos de los esclavos (como la llamaba Gary Vila Ortiz) comenzó a "abrirse camino sin más ley que la esperanza". Ese espíritu no está en el Carlyle, menos aún en las calles que lo rodean.
   En el otro costado de la isla, en el Upper West, en contraste, brilla Smoke. Un poco más formal que Smalls, pero mucho menos "armado" que los clásicos. Esta bueno darse una vuelta por el barrio, en mi criterio, el más puro de la ciudad para terminar en alguna de las sesiones de Smoke. No falla ni la música ni la comida, los precios son inferiores a los de Argentina (¿dónde no?) y el lugar acogedor. Algo más al norte, el Harlem. Allí el sitio perfecto era Farafina. Lamentablemente cerró. Pero queda el mítico teatro Apollo en calle 125, que ha dejado de ser un lugar exclusivamente de jazz para convertirse en el centro de uno de los espectáculos más populares de la ciudad: todos los miércoles a las 7.30 P.M. "Amateur Night". Imperdible con entradas entre U$S 21/33.
   Para un saludo y reconocimiento al más grande músico de la ciudad, lléguese hasta 110 y Quinta Avenida, allí podrá ver la estatua del gran Duke Ellington, y si pretende conocer cómo vivió Louis Armstrong tómese el metro hasta Corona Plaza, en Queens. Allí el trompetista pasó sus días de Nueva York desde 1943 hasta su muerte. Dicen que Satchmo conoció a su cuarta mujer en el famoso Cotton Club, donde para ser bailarina había que tener la piel ligeramente más clara que una bolsa de papel madera. Fue ella la que compró esta pequeña casa, porque el hombre se iba de gira diez meses por año y la dejaba sin lugar dónde estar. Los fanáticos encontrarán decenas de historias como ésta. Y recuerden la admiración de Satchmo por el tango: revise sus intentos con "Adiós Muchachos" y "El Choclo". Valen la pena.
   Busque sin enloquecerse: encontrará más de 30 lugares donde escuchar buena música, y si sólo dispone de un dólar, camine por el Central Park. Allí comparten espacio brillantes músicos de jazz clásico. Con algo de suerte, podrá cruzarse con Ralph, que tiene su parada en el Mall, la amplia avenida arbolada que conduce a la Bethesta Terrace. Cuando llego, está improvisando con "Desafinado" y después irá hacia "La Calle Donde Tu Vives". Concurre al Central Park con su saxo tenor desde 1994. Vive de eso y de tocar en clubes y en distintos grupos. Dejo la propina y continúo. En la recova de Bethesta siempre hay grupos musicales. En ese lugar techado la acústica es perfecta. Son cinco voces y un contrabajo que hacen gospels y negro spirituals. Otro pequeño lujo. Si decide visitar la gran manzana después de mayo, los músicos se multiplican con el calor, y no olvide: en Bryant Park, en 42 y Quinta, detrás de la Biblioteca, al mediodía hay conciertos de piano-jazz. Imperdibles.


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