Turismo

Un laberinto medieval

Firme y posicionado en la Plaza del Comercio de Lisboa, aunque la actitud suene rígida e inconveniente en un viaje de placer, con el río Tajo a nuestra espalda y el Arco del Triunfo al frente, otorgando gloria bélica a la vista, podríamos referir, casi sin equívocos, los puntos cardinales de las cosas que interesan en la capital de Portugal, no todas por supuesto, pero sí aquellas que alegran cualquier estancia.

Domingo 13 de Abril de 2008

Firme y posicionado en la Plaza del Comercio de Lisboa, aunque la actitud suene rígida e inconveniente en un viaje de placer, con el río Tajo a nuestra espalda y el Arco del Triunfo al frente, otorgando gloria bélica a la vista, podríamos referir, casi sin equívocos, los puntos cardinales de las cosas que interesan en la capital de Portugal, no todas por supuesto, pero sí aquellas que alegran cualquier estancia.

A la derecha de la gran plaza, diseñada por el marqués de Pombal como remedio a un desastre telúrico, y limitada en su perímetro por edificios oficiales pintados de amarillo, se erigen el castillo de San Jorge, la catedral de Lisboa y el monasterio de San Vicente, todos situados en el entorno de la Alfama, célebre barrio donde el medioevo perpetúa su vigencia mediante calles con vocación de laberinto.

Difícilmente olvide lo que encuentra quien incursiona por primera vez en esas callejuelas estrechas, y difícilmente podrá reprimir el entusiasmo quien lo haga por segunda o tercera vez, al revivir la atracción que regalan casas que parecen pobres, balcones y ventanas de los cuales penden ropas y telas como si fuesen aditamentos escenográficos y paredes pintadas con colores vistosos, que hacen honor a los tonos llamativos.

Empedrados que suben y bajan, cuestas, escaleras y metal forjado que le ponen arte y barandillas al caminante necesitado de ayudas, el mismo que se detendrá a la vista de azulejos y referencias con reminiscencias árabes, cultura protagonista de gustos y costumbres durante cinco siglos, y que al marcharse dejó como regalo el nombre que evoca a una fuente (Alhama) o a la población (Aljama), según sea el especialista en etimologías que defina el asunto.

Probablemente sea la Alfama el barrio más célebre de Lisboa, aquel que ha sido sublimado en creaciones por muchos artistas, a través de fados que consiguieron proyectar notas y sentires hasta hacerse universales. Muchos la consideran el rincón más auténtico, el más querido por el pueblo, aquel que sin grandes riquezas ni monumentos impresionantes que ofrecer brinda flores y olores que se perciben desde lejos, incluso cuando se está llegando a su cercanía a bordo de tranvías convertidos en símbolos escaladores de colinas, que a pesar de lustros de idas y venidas, subidas y bajadas mantienen su traqueteo metálico incansable.

Algunas líneas pasan cerca de la Alfama, aproximándose también al castillo de San Jorge, a sus murallas y jardines, desde los cuales se tiene una de las vistas más bonitas de la capital, tan atractiva como la que se realiza a partir del Mirador das Portas do Sol, con forma de plazoleta, que permite contemplar el horizonte fluvial y su puerto.

A pocos minutos de distancia está la Sé, iglesia románica milenaria con pasado de mezquita y hoy catedral de Lisboa, construida por orden de Alfonso Henriques o Alfonso I de Borgoña, primer rey de Portugal.

Casco histórico

Abusando de mirada, aquellos que todavía continúen "posicionados" en la Plaza del Comercio con el Tajo cubriéndoles la retaguardia, podrán encontrar a su izquierda el Barrio Alto, sumergido en un casco pleno de historia, donde teatros, cafés y establecimientos con solera hicieron y siguen haciendo las delicias de la gente.

Su nombre se explica porque está situado al norte del Barrio Bajo o Baixa Pombalina, y para llegar hasta él hay que ascender por una de las siete colinas de la ciudad, dejando atrás otro enclave imprescindible: el Chiado. Su morfología reconoce diferentes etapas constructivas, épocas de esplendor y gloria mezcladas con otras de tristeza y destrucción, como la acontecida después del terremoto que asoló la capital en el año 1755, que entre otros desastres produjo la muerte de más de 40.000 lisboetas.

En el barrio se mezclan casas residenciales, comercios, palacios, iglesias, museos, conventos y embajadas, en una mixtura arquitectónica donde se entreveran los mejores estilos. Lisboa es una ciudad, a pesar de las pendientes, que exige caminatas tranquilas. Ellas permitirán descubrir, más allá de curvas y requiebros, superficies donde tráfico y urbanismo se disciplinan en cuadrículas, nacidas tras el dolor gracias al esfuerzo de titanes e inspiración importada de Francia.

Podría sorprender encontrar en un perfil ciudadano casi caótico un centro donde las calles están trazadas con reglas, el paralelismo parece cosa de geómetras y la armonía una virtud para ser mostrada. No obstante la historia lo aclara, fue el fruto de la reconstrucción.

Quienes todavía permanezcan en la Plaza del Comercio habrán constatado, en el centro del gran rectángulo, la presencia del rey Joao I montado en su caballo de bronce. Parece estar controlando la obra que iniciara y concluyera gracias al Marqués de Pombal, "¿Qué vamos a hacer ahora?", se dice que preguntó el monarca a su subordinado tras el incendio que sobrevino al terremoto. La respuesta se valora al ver el renacer de la metrópoli: "Majestad: cuidar a los vivos, enterrar a los muertos".

 

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