Tras los pasos del agente más famoso de Hollywood alrededor del mundo
 Son muchos los motivos por los que se puede tomar la decisión de hacer un viaje. Seguir las aventuras del agente secreto británico James Bond alrededor del mundo es uno de ellos y vale la pena. 

Domingo 02 de Diciembre de 2012

Por qué un lugar y no otro, o debería decir, como se dice en la industria del turismo, un destino y no otro, que es lo mismo pero suena profesional, entendido. Por qué esa mañana de domingo, después de bajar a las cansadas la pendiente del morro da Gloria, después de un breve, brevísimo viaje en subte, ¡sí, en Río hay subte!, los pies van solos, sin que nadie se los mande, como si tuvieran vida propia, separada del cuerpo, caminan, rapidito, como si el tiempo fuera dinero, hacia ése lugar y no otro.

Y se detienen frente a la boletería, sin importar la cola, ni cuánto cuesta el ticket y mucho menos el sol, que es radiante como en una espléndida jornada deportiva, como en un día peronista, pero no, no se mueven nerviosos, no van de un lado para otro, dando cortitas sacudidas eléctricas, como si bailaran en el cemento caliente del Sambódromo, como si esperaran que se abran las puertas del Maracaná el día, la tarde, el glorioso momento en que el Flamengo y el Fluminense pisen el verde césped.

Para nada, fueron hasta donde querían ir, como autómatas y una vez ahí subieron uno, dos, tres peldaños y se dejaron llevar hasta bien alto, más allá de donde nunca antes habían estado y lo disfrutaron locamente, con miedo, claro, ya que, para alguien acostumbrado a andar en la llanura, en la Pampa, que es ancha y ajena, como le gusta decir al bueno de Don Inodoro, alejarse del suelo, mucho, poco, no importa, es cosa seria. Pero ahí estaban, donde querían estar, en el teleférico que sube hasta la cima del Pan de Azúcar.

Otros pies, los de Roger Moore, se animaron a lo inimaginable, a quedar colgando en el vacío, una locura, que solo un agente con licencia para matar, que aunque la franquicia no lo diga, es también una licencia para morir, se atrevería a hacerlo, y lo hace, en “Moonraker”, en la feroz pelea con Richard Kiel, el villano con los dientes de metal, que está decidido a matarlo de la peor manera posible: dejándolo caer de las alturas ahí donde los turistas, los reyes de los paseos hacia la nada, sacan fotos con sus cámaras digitales.

Por qué van a ese lugar, perdón, a ese destino y no a otro, es un misterio. Como cuando se cruza en bicicleta el Golden Gate y al mirar hacia lo alto no se puede evitar entrecerrar los ojos para intentar imaginar qué se sentirá allá arriba, donde las columnas de hierro macizo se confunden con las nubes, y el mismo James Bond, el viejo Roger Moore, un poco menos atlético pero igual de glamoroso, se trenzó en otra pelea mortal con Max Zorin, el asesino psicótico que encarnó Christopher Walken en “Panorama para matar”.

Como en Nueva York, donde no se puede resistir a la tentación de buscar el negocio de artículos vudú adonde James Bond finge comprar una serpiente de plástico para distraer al vendedor y así poder colarse por la puerta secreta que esconde los misterios del Dr. Kananga, en “Vivir y dejar morir”. Es inevitable perderse en las calles de Harlem, que desde que Bill Clinton se instaló en el barrio ya no es marginal ni peligroso, caminando detrás de un sueño, el restaurante Fillet of Soul, y de la enigmática Solitaire.

Es hermosa, pero también, y eso la hace más inquietante, es vidente. Puede leer el futuro, como la Cassandra de “La casa dorada de Samarkanda” del Corto Maltés, que solo predice desgracias. Lo que no puede es saber por qué un destino y no otro, por qué se elige un destino, si es que los destinos se pueden elegir y no son ellos los que, como debería ser, tienen la última palabra, esa que empuja a cruzar el desierto en coche, por esa ruta que es una cicatriz perfecta en la piel de Nevada, el estado de la “ciudad del pecado”.

Lo correcto sería llegar en avión, al aeropuerto internacional McCarran, el que recibe a los visitantes con un coro de máquinas tragamonedas que, por si a alguien le quedó alguna duda, le dan la bienvenida a Las Vegas, la capital de los juegos de azar de Estados Unidos. Lo correcto sería llegar con un cadáver repleto de piedras preciosas como único equipaje, como lo hace el bueno de James Bond en “Los diamantes son eternos”. Bond, James Bond, en la piel de Sean Connery, el primero que pidió un Dry Martini “batido pero no revuelto”.

Por mucho que se lo lamente, la mayoría de los escenarios donde transcurre la película ya no existen. Construir y destruir la historia acaso sea el mayor talento de los creadores de la ciudad de Las Vegas, además del lavado del dinero, de la mafia o de quien sea, porque los negocios sucios que necesitan una buena lavandería, en el mundo de hoy, no los inventaron Al Capone y sus muchachos, pero dejan buenas ganancias. Como levantar grandes edificios y después hacerlos volar por los aires con toneladas de explosivos.

Hoy el Sands, el Mint y el hotel Internacional solo existen en el imaginario de Hollywood, poco y nada queda del esplendor de aquella ciudad de pioneros en la que el agente 007 desbarató el plan malvado de construir un cañón de rayos láser instalado en un satélite con el que Blofeld, el villano de turno, pensaba amenazar a las grandes potencias y así conquistar el planeta. Solo la Freemont, la vieja calle de los casinos de Bob Siegel, queda en pie, alejada del Strip y los grandes resorts de las cadenas multinacionales.

Ahí es donde los U2, con Bono con el pelo largo y The Edge con sombrero de cowboy cantan “I Still Haven’t Found What I'm Looking For”, en un video que ya tiene las imágenes gastadas, de ese amarillo cansado que los que saben llaman sepia y luce antiguo, como los carteles que yacen en ese cementerio de viejas novedades que es el Museo del Neón, como las escenas de acción de las películas de James Bond, de todas menos las de Daniel Craig, que ponen los pelos de punta y facturan millones.

La partida de póker de “Casino Royale”, que devolvió la vida a la saga, sucede en Montenegro, a miles de kilómetros de Vegas y, sin embargo, tiene su espíritu. Cada carta, cada apuesta, es de vida o muerte, como en las mesas privadas, esas que se reservan para los apostadores fuertes, los que llegan en jets privados, los que se juegan en una mano lo que a un simple mortal le llevaría una vida ganar y no les tiembla el pulso, y que están debidamente ocultas de las miradas indiscretas en los hoteles de lujo.

El porqué del destino podría ser ése, seguir los pasos de un agente secreto al servicio de su Majestad, o cualquier otro. Podría ser dar el “sí” en una de las tantas capillas que están abiertas las 24 horas, vestido con el traje de luces de Elvis Presley. Podría ser el amor o el dinero, qué importa, lo cierto es que es inevitable, como esos pies, que tienen vida propia y caminan presurosos detrás de ese hombre de smoking negro y mirada de hielo que es capaz de todo, incluso de matar a sangre fría, para salvar al mundo.